Semanas atrás me invadieron los rusos. Uno detrás de otro, desde Cuba y la celebración de la feria del libro dedicada a Rusia...
Semanas atrás me invadieron los rusos. Uno detrás de otro, desde Cuba y la celebración de la feria del libro dedicada a Rusia, los apellidos de Trubetskoi y Shaumián, Jakobson, Tyniánov, Shklovski, Eijenbaum y Tomashevski, Vinográdov, Zhirmunski, Propp y Bogatyriov, Kolmogórov, Popova y Rodchenko, Freidenberg, Florenski, Eisenstein, Asáfiev, Výgotski, Lósev y Mamardashvili arribaron como términos indescifrables o imposibles pendientes de estudio. Las obras de muchos de ellos han desempeñado de maneras directas e indirectas un extraordinario papel en el surgimiento y desarrollo de la teoría literaria moderna, el estructuralismo lingüístico, literario y antropológico, la semiótica de la cultura y muchas otras disciplinas y tendencias de las ciencias humanas mundiales del siglo XX. La verdad es que, desde estos territorios, de tristes experiencias académicas y tendientes a lo primario, apenas puede digerirse tanta densidad.
Permítanme ser trivial para explicar la frustración. A inmediaciones de los sesenta y un poco más, los medios norteamericanos transmitieron a varias generaciones una forma de comprender lo ruso y la estética rusa como extensión. Los rusos podían ser come niños o, según la NASA, monstruos alienígenas con nombres como Yuri Gagarin. Laika, la perrita astronauta dentro de su cápsula robusta, fue el epíteto de la incomodidad y la nueva aparatología de tortura. Los inexpresivos detectives de KAOS, organización archienemiga del Agente 86 y emulación de la KGB, dirigían submarinos en misiones secretas para invadir el estrecho de Bering. Eso versus las delicadas matrioskas, fueron algunos de los signos que resumieron la noción de lo ruso en tiempos de la guerra fría, y justificaron los anticomunismos recalcitrantes y sus más delirantes caricaturas. Los rusos buenos que venían a América se llamaban desertores. Los otros eran los enemigos, los demonios rojos, antípodas y antagonistas de los norteamericanos y, por servil correspondencia al imperio, de nosotros también. En la carrera hacia la Luna lo peligroso de los rusos es que mientras América dormía ellos estaban despiertos.
Pero nada fue tan delicioso como los frutos que ese síndrome paranoico produjo y diseminó a lo largo y ancho de la producción de cine de la época. Los fantasmas del comunismo se explicaron a través de tramas perfectas como Nuestro hombre en la Habana, dirigida por Carol Reed y basada en el libro del escritor británico Graham Green. Esta era una comedia sutil e irónica sobre las decisiones anodinas de Jim Wormold, un simple vendedor inglés de aspiradoras que habitaba en La Habana de Batista. Para costear los estudios de su hija decide servir de espía a los servicios secretos británicos y, ante su evidente falta de destrezas, inventarse los informes. Wormold dibujaba planos y esquemas de proyectos ficticios, de plantas nucleares y bombas que los rusos nunca instalaron en el lado oscuro de la isla. Tanta paranoia cabía en sus informes como agradecimiento de parte del servicio secreto de Su Majestad, aún sabiendo que Wormold tomaba los apuntes de las sombras proyectadas de sus aparatosas aspiradoras.
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