Mehamacaba en la oscuridad y el jardín era un museo de esculturas negras. Pensaba en lo difícil que es ir creciendo. ¿Por qué a la luna le resultará tan sencillo?
De pronto, oí un par de golpes secos seguidos de chillidos. Alcancé a escuchar: “¡Sos una reverenda puta, puta, puta! ¡La gran puta que sos!”
Se me aguadaron las piernas, temblorcito nervioso, un chorro de bilis golpeó la boca de mi esófago. Los gritos no eran de mi vecindario inmediato, venían un poco más lejos. Sin embargo, escuchaba la pelea como si se estuviera dando en mi propio jardín. El viento Norte traía rescoldos de insultos, puñetazos contra la pared, enojo derramado. Desde la seguridad de mi casa, sentí miedo, pena por ella. La van a matar.
Y de pronto balazos en el aire: pum, pum, pum. Me cagué. ¿Serán o no serán? Ni saldo para llamar la Policía. Entré al dormitorio a ver a los niños. Tan tranquilos.
Volví a salir al jardín, agudicé el oído: sólo los perros parecían entender el peligro, ladraban. Me senté en la oscuridad con el corazón aceleradísimo.
Yo también pude ser ella, puedo ser ella, podría ser ella. Será sólo una estadística más para engrosar los casos de violencia contra la mujer.
Un día antes, en Sololá, nos topamos con una ambulancia en el momento justo en que los bomberos atendían a una señora presuntamente macheteada. Un día después las portadas de los periódicos muestran a Nineth Montenegro amenazada por hacer bien su trabajo. Y los análisis de violencia que nos ubican a la par de los rusos en términos de machismo. Y la historia de Candelaria Acabal Alvarado clavándose en mi corazón.
¿Cómo se celebra el día de la mujer así?
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