Cuando se habla de “pueblos indígenas” o de “género”, en muchos paisanos brota incomodidad y hasta rechazo. Seguramente porque enlazados a estos términos aparecen apelativos que les sacan una especie de urticaria: racismo y machismo. Estos últimos, nos guste o no, han sido motores que dinamizan la hegemonía histórica del poder. Al retroceder en el tiempo, encontramos cómo las primeras Asambleas Constituyentes que fundaron nuestro Estado, estaban integradas únicamente por hombres, ladinos y capitalinos. Sus discusiones en torno a mujeres e indígenas eran plenamente paternalistas. ¿Se seguirán las mismas dinámicas, sólo que ahora con mejores disfraces?
Ya sentados cómodamente en el Siglo XXI, encontramos que la mayoría de las mujeres indígenas siguen siendo pobres; un gran porcentaje de ellas únicamente ha completado el cuarto grado de educación primaria y son las más desfavorecidas: matrimonios precoces, educación interrumpida, analfabetismo, embarazos frecuentes, aislamiento social y opciones de vida limitadas. Todas las mujeres en Guatemala corremos constante riesgo de ser víctimas de violaciones y feminicidio (una cada 12 horas muere asesinada). ¿Será casualidad? Seamos claros: en esta situación hay una enorme dosis histórica de racismo y de machismo que se refunda una y otra vez.
Sin duda, hay que transformar las estructuras sociales en vías de la inclusión y la paridad, porque hemos sido educados para la homogeneidad, cuando lo que tenemos es diversidad.
La aceptación de la paridad se da con el intercambio de formas de entendimiento, desde el corazón del sistema, ¡desde la ley! No se debe seguir gobernando con la fotografía del actual gabinete en nuestra conciencia (100 por ciento hombres). Hasta la fecha hay bajos aprovechamientos de las políticas compensatorias (acciones afirmativas, cuotas) que realmente son necesarias e indispensables para no seguir promoviendo una ciudadanía de tan baja intensidad. No olvidemos que ignorar necesidades ¡es reproducir discriminación!
Debemos formar sujetos de derecho capaces de desarticular las bases socioculturales de la discriminación y el machismo. Y eso se logra con una ciudadanía capaz de comprender la paridad. Alentadora de la empatía y con la suficiente capacidad para ver que la participación política de más mujeres e indígenas es una urgente necesidad. Si no, entonces la palabra democracia nos queda muy floja, ¡bailando!
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