Vuelvo a decirlo con todas las letras. El señor de la CICIG no está haciendo el trabajo que se le encomendó para Guatemala. Y si por advertir que el rey va desnudo, él emplea en represalia los recursos con los cuales dispone (más los que se abroga indebidamente) para montar un patrón de persecución en mi contra, no me importa. Me atengo a las consecuencias por una razón de principio: son inaceptables sus desplantes de censura a la libertad de expresión o que criminalice el ejercicio del criterio.
Estos días ha sido diligente visitando directores de medios y oficinas que forman opinión pública para confiarles que un peligroso conspirador opera contra la CICIG, montando además un plan de desinformación para dañar a ciertas personas. Resumo en qué consiste la “conspiración” publicada y firmada en estas páginas desde el año pasado: decir que el señor tuvo que haber identificado y desmantelado Cuerpos Ilegales y Aparatos Clandestinos de Seguridad (CIACS). Que debió promover una estrategia de fortalecimiento de las instituciones del Estado de derecho. Que está echando por la borda una oportunidad irrepetible para Guatemala. Que si continúa por ese sendero nos va a dejar peor de como nos encontró.
¿Desinformación? Los periodistas saben. Es filtración de personal frustrado de la CICIG. Quizá lo hicieron porque las denuncias recibidas hace varios meses y sus propias investigaciones no fueron procesadas judicialmente.
Me importa que la CICIG tenga éxito porque es sano para el país. Soy corresponsable de su creación, pues en 2004 firmé con el Subsecretario General de la ONU el acuerdo de la CICIACS. En el encendido debate de 2006 y 2007 siempre defendí su pertinencia. En 2008 formé parte de una iniciativa para capacitar en periodismo de investigación sobre CIACS a 100 periodistas de todos los medios con énfasis en reporteros de provincia. Siempre fue un apoyo sin interferencia. Ahora es mi decepción y, a la vez, mi crítica leal a lo que considero traición al mandato de la CICIG escamoteo de la justicia y abuso del poder discrecional.
Mi sola crítica es insignificante ante el inmenso poder del señor de la CICIG. La desproporción la visualicé la semana pasada: sólo en mi carro, ante una marea de autos y motoristas cuya punta ya había atravesado el Periférico, y cuya cola aún no terminaba de pasar por la Reformita zona 12. Trato de adivinar en qué caravana camina la verdad y la justicia para Guatemala, pero entiendo que ya no está a bordo de esta.
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