Estamos en una época en la que el temor nos invade, como consecuencia del sesgo que ha tomado la humanidad para vivir en medio de una actitud licenciosa, carente de valores que se han extraviado por falta de aplicación y por falta de enseñanza y de testimonios valederos. Los hechos que se registran diariamente nos llevan a la orilla de un camino en el que transita la incertidumbre, la falta de confianza y seguridad en sí mismos y a ello se suman los acontecimientos naturales como la falta de lluvias, hambruna, caos y terremotos en Haití, Chile, Taiwán y Turquía, enfermedades como el dengue hemorrágico y la influenza A1H1, Rotavirus.
Sentimos miedo por lo que sucede en nuestro alrededor y muchas veces por esa misma incertidumbre sufrimos antes de que un acontecimiento llegue a nuestra vida. Sucede con los temblores, sucede en el trabajo, sucede con nuestra salud cuando aparece un síntoma lo relacionamos con algo muy grave, hasta llegar al sufrimiento total. El castigo de anticiparnos a los sucesos nos ha llevado a construir una cultura de duda. La palabra temor tiene su origen en huir y eso es lo que sucede que nos alejamos de la realidad.
Vivir atemorizados es sufrir sin que conozcamos los efectos, se está viviendo con dolor y angustia antes que llegue el problema y el conflicto, se está tendiendo el puente que une con la desesperación. Un ejemplo del castigo es el de la madre que no duerme pensando los peores acontecimientos que pueda estar sufriendo su hijo que muy avanzada la noche aún no se presenta al hogar, por estar trasnochando. Claro que es consecuente vivir con ese sobresalto que dan las actuales circunstancias y el sensacionalismo de algunos sectores que aprovechan el río revuelto o que se aumenta por el chismógrafo popular. En una calamidad unos mueren por el efecto directo y otros por miedo.
El miedo que experimentamos por variedad de estímulos externos, puede dejar una secuela de trastornos de la conducta y del funcionamiento psicofisiológico de las personas y convertirlas en inseguras y ansiosas. Generalmente se recomiendan soluciones de tipo psicológico para el tratamiento. Empero, más allá de cualquier solución científica, la única forma de vivir con paz y tranquilidad es vivir en el perfecto amor que aleja todo temor, confiar como hijo en su padre, confiar como padre en su hijo, en su cónyuge, en su círculo de amigos, esto es tener confianza que no permite asumir el castigo de la angustia por lo que suponemos nos pueda pasar. Es sobre todo, la seguridad en uno mismo por la presencia de Dios en nuestra vida, porque ahí es donde hemos sido perfeccionados en el amor, para echar fuera todo temor, aún en aquellos momentos en que pareciera que hemos sido alcanzados por las circunstancias.
Tengamos presente que por el temor que sufrimos no nos deja crecer como personas en nuestro desarrollo material. Muchas veces no compramos un auto de determinadas características, aún teniendo los recursos económicos, por el miedo a que nos sea robado, Claro que las condiciones prevalecientes en el país contribuyen a elevar los niveles de incertidumbre, pero si tenemos el perfecto amor que viene de lo Alto, que trasciende cualquier frontera estaremos en capacidad de echar fuera el temor, miedo e incertidumbre, haremos frente a la inseguridad y no solamente en lo espiritual estaremos fortalecidos, sino también tendremos buena salud y tendremos una vida de calidad tanto familiar, como laboral, porque eso nos da la paz y la tranquilidad que viene del cielo.
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