Parece que para la mayoría las amenazas actuales más importantes para su bienestar personal y familiar surgen no de lo que hace el Estado, sino de lo que este deja de hacer. Mientras que hace unas décadas los ciudadanos de algunos Estados clamaban por liberarse de la represión estatal, actualmente claman por liberarse del crimen y la pobreza.
Mucho peor, cuando esas amenazas vienen por los dos lados. Es decir, no sólo por lo que deja de hacer el Estado, sino también por lo que este hace o permita que se haga. Por ejemplo, aparte de tenerlo cada vez más raquítico que ya no tiene ni para pagar sueldos en educación y salud, no digamos para invertir lo que realmente se necesita en justicia y seguridad, ¿no es también una amenaza la falta de lucha frontal contra la siempre floreciente corrupción y el narcotráfico? Esas omisiones son lacerantes.
Lo anterior me hace pensar en el caso de Guatemala: no es paradójico que el mismo Gobierno que celebró la firma de los Acuerdos de Paz, generó grandes expectativas sociales, fue quizá el mismo que más aceleró la anorexia de nuestro Estado.
En una conversación reciente sobre temas de justicia, especialmente sobre justicia transicional, nos preguntábamos con unos amigos por qué pareciera que los guatemaltecos padecemos de amnesia. Quizás es porque nos acostumbramos tanto a darle la espalda a lo que estaba ocurriendo durante el conflicto armado y lo que ocurre ahora, que paramos ignorándolo todo, pero intencionalmente. No es que lo olvidemos. Es que no lo queremos saber. Le damos la espalda y no sabemos de qué tamaño es el monstruo que hemos dejado crecer. Por eso, quizá Tito Monterroso inventó el cuento que se considera el más corto del mundo: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Pero en esa desmemoria que supuestamente nos caracteriza, ¿ya se nos han olvidado nuevas formas de represión, como la desgarradoramente denominada limpieza social o las ejecuciones extrajudiciales, que se han hecho presentes, con la vista gorda, muy gorda, de los gobiernos de turno? ¿Se recuerda usted del caso de Pavón, por ejemplo? (Febrero, 2007) ¿Quién habla o se recuerda de esos y muchos otros hechos de esa naturaleza? ¿Cuántos de los miles de muertos al año son producto de esas formas de justicia express? ¿Amnesia o indiferencia? Ya está claro: la indiferencia es el mejor caldo de cultivo de la impunidad.
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