¿A qué sociedad se parece más la guatemalteca? ¿A la eterna víctima que requiere ser tutelada o a la sociedad responsable?
Sia cualquiera de nosotros lo pusieran a elegir, preferiría vivir en Chile en comparación con Haití, no sólo a la hora de un cataclismo, sino en general, para afrontar la vida.
Respecto a Haití puede señalarse, al estilo de Eduardo Galeano o de Sandra Torres, a todas las potencias circundantes por cuanta desgracia les ha tocado vivir, por el expolio y la esclavitud, por el sometimiento y la discriminación. Pero tarde o temprano cualquier persona intelectualmente honesta viene a chocarse con una realidad incontestable: la sociedad haitiana no se asume como responsable de sí misma. Protesta, exige, reclama, pero en general, su actitud es poco más que la de un niño que se proyecta incapaz ante las dificultades. Sus líderes se paralizan o se muestran dispuestos a convivir con la corrupción y la ineptitud.
Con ocasión del terremoto en Puerto Príncipe, circuló en internet un texto atribuido al escritor uruguayo que hablaba de la bárbara actitud de las potencias colonialistas, Francia y luego Estados Unidos, que coartaron a Haití en su libertad. Decía que a la democracia haitiana apenas se le había dado una oportunidad hace muy poco tiempo y mencionaba a Jean Bertrand Aristide como un demócrata desterrado con la aquiescencia de los sátrapas de Washington y sus transnacionales desalmadas. Hasta donde yo recuerdo, una vez entronizado en el poder, Aristide se volvió un loco que se creía El Mesías, tan pagado de sí mismo como corrupto, que no se diferenciaba demasiado de Baby Doc.
Por supuesto que no pueden soslayarse la esclavitud, el colonialismo y un modelo de mercado que hace más difícil a cualquier nación subdesarrollada competir como sea por unos ingresos magros. Pero en concreto, los haitianos se muestran ante sí mismos y ante los demas como niños. Y el mundo les hace un flaco favor al tratarlos como minusválidos que requieren de su tutelaje para salir adelante.
Chile posee una actitud distinta. Menos sometido a los dictados de la ideología y por tanto menos preso de la cárcel que supone la defensa de los colores de una camiseta, su sociedad se muestra sensata y madura. Lo cual no la exime de reflejar el caos, como el que se traduce en saqueos después del terremoto de Concepción, pero que logra controlar relativamente rápido gracias al patrullaje del Ejército. Los muertos chilenos son muchos menos, pese a que la fuerza del terremoto y el tsunami fue mayor, en comparación con el de Haití. Y eso se debe a unos rigurosos códigos de construcción y a que la responsabilidad de los ciudadanos reduce el espacio a las corruptelas.
Es motivo de admiración que la presidenta Bachelet haya preferido evaluar primero los daños antes de aceptar cualquier ayuda externa y reparar con sus propios recursos las vías de acceso para socorrer a los necesitados.
Los chilenos pagan bastante más en impuestos que los haitianos y los guatemaltecos. Su Estado no se endeuda más que para proyectos productivos como los de infraestructura. Enfrentan la corrupción de sus autoridades con severidad. Invierten con éxito en políticas de combate a la pobreza (por cierto, entregan transferencias condicionadas) y alientan a muchas personas pobres a integrarse al sector productivo. Los gobiernos luchan con denuedo por abrir nuevos mercados y sus empresarios colocan mercaderías chilenas en todos los confines del globo. La rentable explotación del cobre se mantiene estatizada sea que gobierne la izquierda, la derecha o incluso los trogloditas militares. No gastan todo lo que producen. Ahorran. Y a la hora de un terremoto como el del 27 de febrero, se muestran sabiamente humildes para aceptar la ayuda internacional, pero también dispuestos y capaces de sufragar la mayor parte de los gastos de reconstrucción.
Ser responsable supone mucho trabajo, pero otorga mucha dignidad, confiere orgullo propio e inspira respeto.
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