Cada Semana Santa regreso a la casa del Centro y a los recuerdos más profundos y sentimentales de la niñez. No importa en qué lugar me encuentre, mi mente reconstruye espacios y tiempo. La radio está encendida y la música de fondo que acompaña la escena es de marcha procesional: todo se mueve a ritmo de marcha, la escoba que barre las flores secas del patio, el batido de huevos para el almuerzo, el florero de azucenas que coloca mi madre frente a la imagen del Nazareno como si fuera altar de sagrario. Mi padre reza el Vía Crucis en su cuarto a puerta cerrada y ha pedido a todos que nadie le interrumpa el rezo. Desde lejos se oyen una tras otra las letanías. Mi hermano está en el patio y da los últimos toques a su procesión en miniatura. Ya terminada, pega de gritos para que formemos filas. La servidumbre en pleno encabeza el cortejo. Los ciriales y el tenedor de madera que levanta los alambres del alumbrado público para que la procesión pase sin problema son una escoba y dos palos de un trapeador. Dos toallas amarillas amarradas a un palo son los estandartes. La procesión circula por toda la casa y es acompañada por los acordes de una banda que sale al aire a través de un pequeño radiecito de transistores. El perro jiotoso que duerme debajo de la silla ladra al paso del cortejo. Todos vamos muy serios en la procesión y, esta vez mi hermano decidió vestirse de Nazareno con una túnica morada que le cosieron a la medida. Lleva a cuestas una cruz de madera que mi madre mandó a construirle con un carpintero de Gerona. Mi tía Lucita riega el patio para que pase el cortejo. Han tocado la campana que anuncia que la comida está lista. La mesa está nítidamente servida en blanco, con mantel y servilletas tiesas gracias a la yuquilla. Esperamos sentados el caldo de frijoles y la tortilla de huevo para guardar la abstinencia que demanda la Iglesia. El menú es siempre frugal y nunca faltan las empanadas, las que para mi siempre tendrán sabor a Viernes Santo. Mi padre baja las gradas, ha terminado el rezo y anuncia que después de los oficios pasará a recogernos para ver el cortejo del Santo Entierro de Santo Domingo, el mismo cortejo que miraba él de niño desde lo alto de un ventanal. “Él mismo”, afirma, “que mi madre y la madre de ella miraban pasar para estas fechas”. Las marchas procesionales inundan con su ritmo pausado y sentimental la hora del almuerzo. Pienso en el prodigio de lo sagrado y en la procesión del Señor Sepultado de Santo Domingo recorriendo las antiguas calles de la ciudad de Guatemala, la misma imagen que veneraron mis antepasados.
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