Ya se tienen preparados los pañuelos y lamentos. Sin jefe el Ministerio Público (MP) habrá de fracasar y, una vez más, nadie será responsable de nada. Sin embargo, no todo resulta negativo –valga el sarcasmo– puesto que con un Fiscal General que quede sometido a los calores y colores del Consejo son muchas las ventajas para algunos: se hace de la institución el esbirro perfecto y se hace de esta el perfecto encubridor. ¿Entendemos ahora por qué es que les resulta tan importante que el MP no cumpla con la función primera que le corresponde? Dejada de cumplir esa función primera, ese velar por el estricto cumplimiento de las leyes, la impunidad se hace absoluta. Un Fiscal General sin mando hace las delicias de todo delincuente. ¿Qué más podría este pedir que un Fiscal sin mando? Otros grupos también se benefician. El fracaso de la institución les permite seguir medrando de sus quejas y lamentos. ¿Qué apoyo recibirían si las instituciones del Estado funcionaran? Si ya no hubieran bolos, ¿quién daría un centavo para combatir el alcoholismo? Si el MP cumpliera con excelencia sus funciones, ¿quién daría un centavo a los grupos de protesta? Maligno el juego, ¿no le parece? Un Fiscal General maniatado es la mejor garantía para que continúe inoperante el Ministerio Público y para que persista el fracaso del mal llamado Consejo Nacional de Seguridad, confundido en sus funciones. ¿Ha tenido jamás éxito alguno? El cáncer fue introducido en el MP tras aquellos 18 meses –marzo de 1991 a octubre de 1992– en que pudo entenderse –finalmente– para qué servía la institución que está llamada a ser el mismísimo motor del Estado de Derecho y el gravísimo peligro que representaba un MP, con absoluta independencia, sujeto tan sólo a la ley y no a autoridad alguna. Encontrándome suspendido en el ejercicio de mis funciones, la institución fue literalmente tomada por el Estado Mayor Presidencial de la época y su personal pasó –de un romplón– de 204 personas a 528. ¡Más del doble! El MP jamás había sido antes botín político y su personal, aquellos 204 empleados que encontré a mi llegada, en marzo de 1991, se había integrado a lo largo de varias décadas. Unos cuantos provenían de Ydígoras Fuentes y otros, de Peralta Azurdia y varios más, como Méndez Montenegro, de Arana, y así, sucesivamente. Se trataba de un personal formalmente correcto, pero poco motivado, abandonado, oprimido: un diamante, sin embargo, en bruto. Económicamente se tenía al MP a cuenta agotas y, así, la primera computadora se introdujo en mi mandato –el fax, por ejemplo, de uso ya regular para el GAM a esas alturas era desconocido por la institución representante del Estado. ¿Casualidad? Ninguna. Se quería un MP que fuera ineficiente. A aquel despertar de la institución vino la reacción. ¡Perversa! La que se presentó con vestido virginal y, así, con ese darle más personal y más recursos parecía actuar con la mejor de las intenciones cuando lo que buscaba era cargarla de espías. ¡No supera aún la penetración sufrida!, y sumergirla en corrupción incapaz como era de administrar los recursos que le daban. Los diputados depurables –que sufrieron el azote de un MP despierto, vigilante del estricto cumplimiento de las leyes– quisieron acabarlo para siempre y así la ley Orgánica de 1994 le quitó toda la autoridad que tenía al jefe de la institución, inventándose un órgano constitucionalmente inexistente. ¿En dónde eso en la Constitución y el Consejo del MP? Es órgano capaz de revocar sus decisiones integrado por contendientes del Fiscal. ¡Al acecho para sustituirle y por empleados de la institución capaces de revocar su disciplina! ¿Por qué no funciona el Ministerio Público? La razón es muy sencilla, y es esta: porque los diputados depurables la dotaron del marco jurídico que garantiza su no funcionamiento –acéfala y olvidada de sus funciones–, pero por lo visto esto es algo que no quiere entenderse, por lo que me permito concluir: en tanto ese marco persista descabezado el mando del Fiscal General y propiciado el incumplimiento de la primera función que le corresponde, fracasará llegue quien llegue.
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