¿Se puede llamar vida a una situación donde niños que deberían de estar jugando se encargan de llevar a sus amigos heridos a una emergencia y sobrevivir a una balacera en plena calle?
¿Se puede llamar vida a una situación donde niños que deberían de estar jugando se encargan de llevar a sus amigos heridos a una emergencia y sobrevivir a una balacera en plena calle?
El bus del colegio Alemán iba reventar. Transitaba a las 3 de la tarde por El Trébol, aun sin hacer las paradas de rigor, cuando los vidrios empezaron a estallar. Los ‘chayes’ cayeron en la cara de los niños, retumbaron los disparos, los gritos y el caos no se hicieron esperar. Más de 30 escolares entre los ocho y diecisiete años corrían espantados en el pasillo del bus o se tiraban al suelo. La histeria colectiva se hizo presente cuando ríos de sangre comenzaron a impregnar la ropa, bolsones y loncheras de los colegiales… “dos de secundaria estaban bañados en sangre”, me relató una niña de quinto grado.
Un tiroteo entre policías y delincuentes se producía a media calle y las balas que amenazaban a los chicos provenían de fusiles AK-47, capaces de estallar a un elefante.
Un pequeño grupo de jóvenes heroicos de secundaria tomó el control del bus, junto con la monitora. Ordenaron a todos permanecer en el suelo, recostaron a los dos heridos de quinto bachillerato en el sillón. Una jovencita cuyas esquirlas de bala destrozaron su cara y a su acompañante de asiento, a quien rozó una bala en el brazo, estaban heridos. Se armó un operativo para que los pequeños que llevaban celulares avisaran a sus padres, quienes, según me cuentan, vivieron los momentos más terribles y angustiosos de sus vidas, con gritos, llantos e histeria de sus hijos como telón de fondo. Mientras tanto, los jóvenes dirigían al chofer a la emergencia del hospital Las Américas, el más cercano en ese momento.
Estos jóvenes héroes, despejaron las calles, se pararon frente al bus para dirigir su entrada a la emergencia y sacaron por la puerta de atrás a los heridos. Luego algunos prosiguieron la ruta del bus, con los más pequeños que no podían quedar varados en el hospital.
“Han sido los momentos más horribles de mi vida. Tengo pesadillas. No quiero ir en bus. Tengo miedo. Creí que nos iban a matar. Ya no quiero vivir en Guate… ¿Y si vuelve a pasar?”, son las voces de más de cinco niños con los que he hablado y ahora transcribo.
Este es el saldo de la violencia en Guatemala. Una jungla donde según UNICEF y la Oficina del Procurador de los Derechos Humanos, 46 menores mueren cada mes por armas de fuego.
Este país ya no es viable. La impunidad nos conquistó; y mientras tanto, vemos al presidente Álvaro Colom con políticas de seguridad erráticas, donde los ministros de Gobernación rotan cada seis meses y lejos de brindar seguridad se alían con delincuenciales y crean estructuras de narcotráfico y crimen organizado adentro de las fuerzas de seguridad.
Yo no sé en qué burbuja vivirá Colom y su familia que progresa cada día más y es custodiada por ejércitos de guardaespaldas pagados por nuestros impuestos. Pero sí le quiero dejar claro que, para quienes estamos viendo crecer a nuestros hijos Guatemala se está convirtiendo en un infierno, imposible para vivir.
Anteayer mis hijas de siete, once y trece años me preguntaron por qué algunos de sus amigos del colegio Alemán habían sido baleados en el bus. No tuve más que sentarme frente ellas, con un nudo en la garganta y viéndolas de frente me vi obligada a darles una cátedra de sobrevivencia, una que contradice la libertad y los derechos fundamentales del niño, pero que se torna urgente de dar a conocer en este país de salvajes… “¿Qué harías tú si vas por la calle y te roban el celular? Entregarlo. ¿Qué harías tú si vamos en el carro y escuchamos una balacera? Tirarnos al suelo. ¿Qué harías si vas en un bus y alguien dice ‘al suelo’, olvídate de tu lonchera, bolsón y todo… sólo reza y obedece. Siempre activa un número de emergencia en tu celular, para llamar y pedir ayuda”, fueron algunos de los consejos que les di.
En estos momentos no nos queda más que doblar rodillas y pedir protección a Dios, la Virgen María y a nuestros Ángeles para que nos concedan el milagro de salir de casa y regresar vivos.
Ahora, mientras escribo esta nota pienso, ¿qué tipo de infancia les estamos dando a nuestros hijos?, ¿se le puede llamar vida a una situación donde un jovencito que debería de estar jugando se encarga de cuidar a sus amigos heridos y llevarlos a salvo a la emergencia de un hospital.
Cuando yo tenía la edad de mis hijas sólo pensaba en perseguir a ‘Tono’, mi hermano pequeño, con un chipote chillón del Chapulín Colorado, en subirme al techo, en jugar tenta electrizada y un, dos, tres chiviricuarta… Ahora nuestros hijos piensan en sobrevivir a las balas. Esto, no es vida.
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