Salvador Efraín Salazar Arrué nació el 22 de octubre de 1899 en la ciudad de Sonsonate, en El Salvador.
Salvador Efraín Salazar Arrué nació el 22 de octubre de 1899 en la ciudad de Sonsonate, en El Salvador. Al principio quiso ser pintor, y se marchó becado a Estados Unidos, para retornar 3 años después a redescubrir su tierra y costumbres. No consigue empleo de pintor y se convierte en periodista, donde empezó a firmar como “Salarrué”. En 1926 publicó su primera novela, El Cristo negro, novela que se ha quedado en la memoria como primer ejercicio del autor de los Cuentos de barro, obra que lo convirtió en el autor salvadoreño más relevante del siglo XX. La novela ha sido reeditada a manera de recuperación por el Estado salvadoreño, y las copias empiezan a circular también en nuestro país, porque tal novela primeriza contiene un drama que se desarrolla en nuestro país, ambientada en los tiempos de la Colonia, como siguiendo las enseñanzas de José Milla, autor de novela histórica cuando aún no estaba de moda tal ejercicio, y que bien supo ganarse el gusto de los lectores, porque se continúa leyendo con interés y gusto por cuanto habla de nuestras raíces.
El Cristo negro es una novela que relata el mito de la manera como Quirio Cataño concibió la imagen oscura y dolorosa del Cristo negro de Esquipulas. La acción se sucede en el siglo XVI en La Antigua, denominada Santiago de los Caballeros, y en Jutiapa. Es la historia de Fray Uraco, un personaje que jugaba entre Dios y el diablo, que fue impulsado por las circunstancias a la herejía, y a quien el pueblo castigó por haber destruido la imagen del Cristo crucificado de Jutiapa, obligándolo a experimentar en carne propia la pasión de Jesús. En procesión es conducido al Calvario e inmolado. Jugando el papel de Cirineo, Cataño trata de ayudarlo. Allí se inspira para poder cumplir con la misión que le habían encomendado. El mito se resuelve y explica, por eso el sufrimiento de la imagen, porque en realidad corresponde al mismísimo Fray Uraco padeciendo el dolor más profundo de la tierra, el que siembra la culpa y la miseria de morir linchado.
Una obra interesante que nos atañe, por cuanto se refiere al imaginario nacional, contada con la inocencia del autor del país vecino que mejor logró describir las costumbres de nuestros pueblos provincianos, tan iguales y tan próximos, que no tiene sentido constituirse como naciones separadas. Y es lectura propicia en estos días de Cuaresma, entre procesiones, aroma de corozo, incienso y música tradicional.
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