El clero no tiene el monopolio de los abusos contra menores.
Charles J. Scicluna, promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una entrevista difundida para neutralizar un nuevo escándalo de pedofilia que toca al mismo papa Ratzinger, ha insistido en la interpretación que el Vaticano impulsa respecto de este delito contra la infancia.
En efecto, Scicluna retoma la definición acuñada en septiembre pasado, por Silvano Tomasi, el observador permanente del Vaticano ante la ONU. Tomasi, al responder a una denuncia presentada ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU (CDHONU) habló de diferenciar entre pedofilia y efebofilia. Esta última la precisó como “una atracción homosexual hacia adolescentes varones”, e indicó que “de todos los sacerdotes implicados en los abusos, entre 80 y 90 por ciento pertenecen a esta orientación y se involucran sexualmente con muchachos adolescentes de edades comprendidas entre 11 y 17 años”. Esta definición tiene al menos 2 implicaciones: la primera, que menos del 20 por ciento de los sacerdotes son, en sentido estricto, pedófilos; y la segunda, que el problema es la homosexualidad, la mayoría de sacerdotes hechores.
En la entrevista que hizo circular el Vaticano el pasado fin de semana, realizada por el diario Avvenire, de la Conferencia Episcopal Italiana, Scicluna dijo que de los 3 mil casos de abusos que investiga su oficina, “grosso modo, en el 60 por ciento de esos casos se trata más que nada de actos de ‘efebofilia’, o sea, debidos a la atracción sexual por adolescentes del mismo sexo; en otro 30 por ciento de relaciones heterosexuales y en el 10 por ciento de actos de pedofilia verdadera y propia, esto es, determinados por la atracción sexual hacia niños impúberes. Los casos de sacerdotes acusados de pedofilia verdadera y propia son, entonces, unos 300 en 9 años. Son siempre demasiados, es indudable, pero hay que reconocer que el fenómeno no está tan difundido como se pretende”.
De acuerdo. Y tal como dijo su colega Tomasi ante el CDHONU –es cierto que el clero católico no tiene el monopolio de la pedofilia– porque “el 85 por ciento de los que cometen abuso sexual de los niños son familiares, niñeras o niñeros, vecinos, amigos de la familia o parientes cercanos”.
Sin embargo, la diferencia quienes menciona Tomasi y un cura es que ninguno de aquellos pretende ser intermediario divino, o tienen voto de castidad, ni forma parte de una poderosa transnacional que los sustrae del alcance de la ley civil.
La homofobia de la iglesia católica les ha llevado a construir un vínculo automático entre homosexualidad y pedofilia: hay pedófilos porque hay homosexuales, es el dictum implícito en la declaración de Tomasi, reforzado ahora por Scicluna en su defensa de Ratzinger.
Al clero católico le iría mejor si, como sugirió la semana pasada el Arzobispo de Viena, el Vaticano cambiara sus ideas sobre la vida sexual. En ese sentido, aparte de reconocer el fracaso del voto de castidad y lo absurdo del celibato, también le convendría erradicar su homofobia.
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