Hayun pasaje en La Rebelión de las Masas que me quedó martillado en el cerebro. En ese libro, el filósofo español José Ortega y Gasset afirma: “El Estado comienza por ser una obra de imaginación absoluta. La imaginación es el poder liberador que el hombre tiene. Un pueblo es capaz de Estado en la medida en que sepa imaginar”.
La idea me gusta por muchas razones, pero para comenzar porque se origina en una época similar a la nuestra. Ortega y Gasset inicia La Rebelión de las Masas entre 1927 y 1929, en un momento de profunda crisis en España y en el mundo entero: antes de la Gran Depresión, antes de la guerra civil española, justo cuando los movimientos nacional socialistas de Mussolini y Hitler están haciendo ebullición.
El filósofo español presiente los horrores por venir, pero pronuncia estas palabras con esperanza en la capacidad humana de imaginar un entramado político y jurídico que haga posible la convivencia de grupos distintos, de esa mezcla de “sangres y lenguas”, tan propia de España como de Guatemala.
Si en diversos momentos de la historia, la humanidad ha sido capaz de crear las reglas adecuadas para generar riqueza y para convivir con libertad y justicia, existe la esperanza de que nosotros también podamos imaginar las propias, las que funcionen para nosotros, y construirlas.
Qué más quisiera yo que esa idea de Ortega y Gasset estallara en nuestras mentes como un chispazo generador, una suerte de Big Bang político. Lástima que las brillantes ocurrencias de algunos políticos locales dejen parqueada a la filosofía política en el arranque.
¡Ayyyy! La imaginación también produce esperpentos: los hay estremecedores, como las obras supremas de maldad, y los hay simplemente vulgares, el kitsch de los pillos.
Ustedes deciden en dónde clasificar a los nuestros, pero una de sus últimas “gracias” atenta precisamente contra esa idea orteguiana de crear –con lucidez y tesón– un sistema político que nos permita trascender como personas y como sociedad.
Sabemos que gran parte del problema actual de Guatemala estriba en la pésima calidad de los partidos políticos que se han desarrollado desde la apertura democrática de 1985.
Previo a ello, los partidos políticos podían ser criticables por un millón y medio de razones, pero al menos la Democracia Cristiana, el Movimiento de Liberación Nacional y varias organizaciones de la izquierda revolucionaria (que toman las armas por la prohibición constitucional de volverse partidos) eran instituciones perdurables, con ideas claras y liderazgos establecidos. Se dedicaban a formar cuadros, a pregonar su ideología y a pensar en la estructura del Estado y en la idoneidad de las políticas públicas que cada cual defendía.
Esa seriedad política ya no existe hoy y las consecuencias las estamos pagando caro. Desde 1985 hemos asistido a la muerte de los partidos históricos y al surgimiento de vehículos electorales que nacen y mueren como hongos, alrededor de figurones con ínfulas de caudillos, arropados por intereses corporativos.
La sociedad política debe entender que ese ADN es nefasto: conduce irremediablemente a la propia muerte de los partidos, a la defenestración de los liderazgos y peor aún, al debilitamiento de la democracia en sí misma. Si los políticos y sus representantes más señeros, los diputados, actuaran con sentido común buscarían reformarse para erradicar esos males.
¿Pero qué hacen los más prolíficos de ellos? Aprueban una reforma a la ley electoral donde se equipara la actividad política con la cacería y se criminaliza a quien intente trabajar en ella “fuera de temporada”, es decir, cuando no está rugiendo la campaña electoral.
Craso error. Los partidos políticos deben promover lo contrario: un debate político permanente, enfocado en los grandes temas, no sólo en la coyuntura, capaz de atraer a las personas que se apasionan por las ideas, por los cambios, por la creación institucional del Estado, no por el botín que significan posiciones, presupuestos y negocios.
Es de esperar que la Corte de Constitucionalidad corrija ese adefesio. Mientras tanto, a nosotros nos corresponde responder al llamado de Ortega y Gasset, superar nuestras taras históricas y darle una respuesta seria a ese grito: “¡la imaginación al poder!”, tan vigente en las barricadas como en las elites.
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