Desde que un hijo se va alejando del piso; cuando ya dejó atrás el peligro de las paperas; cuando olvida la necedad de amaestrar a su mascota y los dientes de leche se mudaron con todo y su ratón. Cuando las trenzas se quedan en el olvido y ya no llora con tanta insistencia; cuando dan ganas de ponerle un ladrillo en la cabeza para que no siga creciendo, es entonces cuando enfrentamos el verdadero temor. Cuando los hijos salen solos a la calle, orgullosos, libres, soberanos e independientes (como debe de ser), dan ganas de encerrarlos entre rejas bien tupidas para impedir su emancipación. Entonces dan ganas de llorar: “Y si no vuelve, y si no llama”. Quedamos a merced de los rosarios, la veladora o el talismán. Repasamos los sueños por si se asoma algún augurio y recurrimos a la estampita del Ángel de la Guarda o del Cristo de Esquipulas. Nos amparamos en el hilo rojo en la muñeca, la pata de conejo, el cigarrito a maximón, el incienso “limpia males”, las agüitas benditas, las respectivas persignadas y el santito protector. Buscamos cualquier indicio sobrenatural, recurrimos al horóscopo, y de abrir un paraguas bajo techo ¡ni hablar! Si les pudiéramos colgar un collar de ajos en el cuello y una docena de escapularios ¡lo haríamos sin dudar! Lo que sea, con tal de protegerlos ante la barbarie que enfrentan allá afuera. Pero con tantos ruegos no dan abasto, y muchas madres, entrada la noche, hacen verdadero su presagio: y no vuelve, y no llama. La palomilla negra que se sentó en la esquina de la habitación se llevó la última sonrisa de quien ese día ya no alcanzó milagro.
La imagen de país que tienen los jóvenes es triste. Convivir con la violencia tan de frente, les deja secuelas justo en donde queda el corazón. Entonces, la indiferencia; entonces, la sobrevivencia; entonces, el miedo. Mucho se ha dicho, pero no lo suficiente, porque la vulnerabilidad en la que vive la juventud es altamente peligrosa. Hoy, la mayoría cree en la pena de muerte y aprueba los linchamientos. Su confianza en el Estado y sus servidores públicos es simplemente nula. ¿Qué podemos esperar si no se sienten ciudadanos? Urgen expertos en salud mental, en resolución de conflictos, epidemiólogos y sicólogos sociales, porque estamos ante una verdadera epidemia y es hora de aceptarlo: ¡caímos en cama! Y ojo, que la secuela más peligrosa de la violencia, es que muchos jóvenes ¡ya no quieren querer!
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
4 comentarios: