En los últimos días nos sorprendió la noticia del fallecimiento repentino de Carlos Enrique Wer, cuando se encontraba en un evento en Cuba. El año pasado y estos primeros meses del 2010 estuvo en medio del huracán a raíz de haber asumido la Presidencia de la Asociación de Periodistas de Guatemala (APG) y haber aceptado, a propuesta de la APG, ser interventor en un diario con serios problemas entre sus propietarios, que alcanzaron a afectar los intereses de los trabajadores. Puede uno estar o no de acuerdo con la posición que asumió en ese conflicto, o no compartir algunas de sus opiniones estampadas en el diario La Hora desde su columna “La última milla”, pero no se puede dejar de reconocer su trayectoria revolucionaria y lo que representó en los momentos aciagos que vivió Guatemala por la entrega de oficiales del Ejército a intereses extranjeros; el papel digno que jóvenes cadetes como ‘Quique’ Wer, jugaron el 2 de agosto de 1954 sacando con las manos atrás a los mal llamados liberacionistas.
Pero ese gesto heroico de los jóvenes cadetes que apenas tenían 15 años, tal como lo plasmó en su libro Quique Wer, no sería suficiente para exaltar su figura, pues atrás de ese hecho histórico hay una trayectoria de vida entregada a la transformación del país pisoteado por elementos del Ejército de esa época y de la época reciente, y una clara y definida posición internacionalista, antiimperialista y anticapitalista que fue ejemplo para las juventudes de hoy. Muchos errores pudo haber cometido en su largo camino revolucionario desde 1954, pero nadie puede negar su entrega y su solidaridad manifestada en diferentes formas, ni ese amor al país y ese anhelo por la construcción de la otra Guatemala que se frustró con la invasión norteamericana.
Cuando se dieron las elecciones de la junta directiva de la APG, fui uno de los que apoyó su planilla y cuando algunos exigían su renuncia, fui de los que planteó la responsabilidad que tenía la junta directiva en pleno en los hechos que afectaron la unidad interna y que llevó a muchos a vilipendiarlo, tal como lo hicieron los miembros del Ejército después del levantamiento de los jóvenes cadetes que devolvieron la dignidad mancillada de la institución armada. Haciendo uso de mi derecho a disentir con el amigo, no compartí con él algunas de sus posiciones, como tampoco la de quienes se dieron a la tarea de denigrarlo, pero no puedo tampoco negar su coherencia y defensa de principios a lo largo de su vida, que tanta falta hacen en un medio como el nuestro. Nuestra solidaridad con la familia, con Oscar Clemente y con los compañeros de La Hora que pierden a un columnista destacado.
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