Treinta años después de haber superado los conflictos armados de carácter político, la Centroamérica “pacificada” es la región más violenta del mundo. La tasa de homicidios de la región es tres veces la tasa mundial y es un tercio más elevada que la del resto de Latinoamérica.
Tras salir de los aciagos años de la violencia política, Centroamérica adoptó el Tratado Marco de Seguridad Democrática, que representó un enorme avance conceptual de la seguridad y defensa del istmo basado en tres premisas: la seguridad requiere del afianzamiento de la democracia, sin derechos humanos no hay seguridad posible y sin la superación de la pobreza crítica es inviable una seguridad sostenible.
Este enfoque, muy influido por la resaca de los regímenes autoritarios y el período de post guerra fría, fue aplicado débilmente. En parte porque los postulados eran tan amplios que perdían capacidad orientadora de las nuevas políticas e instituciones. Y porque la transición ocurrió sin relevos doctrinarios y generacionales. Antiguos mandos medios de la seguridad autoritaria fueron puestos al frente de los nuevos aparatos. Cuando, por ejemplo, los agentes de policía recién graduados eran asignados a su comisaría, la bienvenida era: “olvídense de los manuales y los derechos humanos, esta es la Policía real”.
Pero el enfoque “mano dura” tampoco dio resultados. Fue como echar gasolina al fuego. Ha cegado decenas de miles de vidas de jóvenes provocando mayores daños al tejido social y a los valores de la convivencia. Degradó las instituciones, su moral y confianza social. Eso sí, tras esa mampara creció la corrupción. El ejemplo estatal de “mano dura” se reproduce en las iniciativas ciudadanas –ausentes de dirección de Estado– que procuran seguridad. Allí se practican con frecuencia sicariato, linchamientos y una modalidad novedosa: grupos secuestran al presunto delincuente y lo liberan a cambio de una paga.
Ayer estuve en Tegucigalpa participando en los trabajos deliberativos para instalar la plataforma regional de prevención de la violencia. Concluimos que uno de los grandes desafíos de esta época es actualizar el Tratado Marco de Seguridad Democrática, y a la vez desarrollar toda la cadena de la seguridad hasta lograr un producto distinto de policía relacionándose con su comunidad. No hay alternativa. Las nuevas visiones de mano dura que se dicen efectivas atropellando el Estado de derecho y sacrificando libertades, nos meterán en otro gran hoyo de bandos violentos, con presuntas justificaciones ideológicas.
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
8 comentarios: