Es doloroso cuando se pierde a un ser querido, pensamos que somos los únicos, pero debemos saber que son esos momentos que, en la vida, experimenta todo ser humano. Todos, tarde o temprano, tendremos ese sufrimiento. Para muchos queda el remordimiento por no haber atendido en toda su dimensión a esa persona que ya partió para siempre, por eso debemos ser consecuentes con nuestra realidad y no dejar en lo intangible lo que pudo haberse hecho en vida, como nos dice la poetisa Ana María Rabatté, fallecida en Tamaulipas, México, en febrero pasado: “Si quieres hacer feliz a alguien que quieras mucho, díselo hoy, sé muy bueno. En vida, hermano, en vida. No esperes a que se mueran, si deseas dar una flor mándala hoy con amor… No esperes que se muera la gente para quererla y hacerle sentir tu afecto. En vida, hermano, en vida… Nunca visites panteones ni llenes tumbas de flores. Llena de amor corazones, en vida, hermano, en vida”.
Es grande el dolor que causa toda pérdida, tanto más de un familiar, como sucede en esta época en que la violencia está generalizada, mejor dicho, globalizada. Duele la pérdida de un negocio, como de un bien material. Muchos de estos casos producen varios estados de depresión, una enfermedad que afecta el estado de ánimo, la manera de pensar, dormir y concebir la realidad, se pierde la autoestima, en este caso se necesita de atención. Cabe decir que aparte es la tristeza, pero dejando su extensión puede llegar a extremos patológicos por el abandono en el que se cae.
Uno de los síntomas de esa dolorosa condición es la incredulidad que es el rechazo a aceptar, creer lo que está sucediendo en el entorno, la fuga geográfica o el encierro. Es un choque emocional y es en ese proceso cuando tenemos que acompañar a aquel que sufre, hasta que llegue el momento de la aceptación de la realidad, reconocer lo sucedido y que tenemos que vivir con esa pérdida.
Bíblicamente tenemos un caso que se recuerda con mucho énfasis en estos días de la Semana Santa. Los discípulos de Jesús se encerraron evitando la persecución a la que fueron sometidos después de la muerte de su maestro. Uno de ellos, Tomás, se apartó del resto y vivió momentos depresivos extremos, por eso no estuvo presente en la aparición del Señor y fue incrédulo del acontecimiento. Su actitud lo condujo a no aceptar la realidad y no creer en la aparición y condicionó la certeza hasta que viera la marca de los clavos y metiera su dedo en ellas. Y así como ese discípulo somos nosotros, no creer hasta no ver. Y por esa incredulidad de lo que nos está pasando, por el mucho dolor que experimentamos nos alejamos de los grandes momentos, los que perdemos por nuestra actitud hasta cierto punto derrotista, aunque totalmente humana.
Existe el conocimiento por los sentidos y el conocimiento por revelación. Estamos acostumbrados al conocimiento por los sentidos. En las universidades nos condicionan a pensar y a prepararnos para ver todo a través del método científico, a probar todo en el laboratorio. Pero el aire existe, ¿se ve el aire, el origen de la luz, el origen del movimiento, el pensamiento? ¿Podemos decir que el pensamiento, la conciencia tienen tal forma, tal color? Tomás creyó y fue fiel hasta el final, nosotros tenemos una creencia, a propósito de esta fecha, Jesucristo resucitó al tercer día de su muerte y ahora está sentado en el trono a la derecha del Padre nuestro que está en los cielos. Somos dichosos porque creemos sin haber visto. Sufrieron la muerte de Jesús, pero ahora en cambio nos gozamos de su resurrección, aceptamos la realidad. La mejor manera de evitar la enfermedad depresiva y tristeza profunda por la muerte de un ser querido es aceptar el suceso, confiar que nuestras paz viene de Dios. Es ver para creer, sino creer en lo que se manifiesta en nuestra vida.
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