Ahora que están de moda las audiencias en los casos más resonados de Guatemala, es interesante comentar algunas cosas. La primera es cómo una sala de audiencias se convierte casi en una sala teatral, en donde unos llegan a sufrir, y quizás alguno a gozar. Por supuesto, el que sufre generalmente es el imputado, pero también puede sufrir el abogado que no está realmente preparado para actuar en público. Y si la audiencia llega a prolongarse horas, como la del miércoles en el caso Portillo, pues el público presente, ya sea por curioso o por morboso, es el que padece la larga letanía de monótonas lecturas de leyes y argumentos muchas veces mal formulados. En pocas palabras, pocas personas gozan algo en una audiencia, no digamos los jueces, que les toca la grave responsabilidad de juzgar. Si los juicios fueran parte de las obras escénicas, serían siempre en el género de tragedia o drama. Aunque con comentarios como los que al parecer hizo Portillo en algunos momentos, podrían tener también algunas vetas de entremés.
La oralidad en los procesos exige de los abogados destrezas que hasta ahora, generalmente no se apreciaban mucho durante audiencias, pues no fue sino hasta hace poco que la enseñanza del Derecho empezó a enfocarse con mayor énfasis en el desarrollo de la argumentación lógica y de ciertas destrezas de interrogación. Un buen abogado, especialmente si ha de litigar, debe tener una gran capacidad retórica. Retórica entendida, por supuesto, como el bien decir, el dar al lenguaje escrito o hablado tal eficacia, que persuada a quien lo escuche o lee. Tener el arte de la persuasión, en resumidas cuentas.
Conste que distingo claramente entre retórica y sofisma. Esta última es la que quizá más se ha hecho presente en nuestros tribunales. Esas aparentes razones o argumentos con que se quiere defender o persuadir lo que es falso o indefendible. Por ejemplo, muchos de los amparos que se utilizan como parte del litigio malicioso, no son más que sofismas y quienes los plantean, sofistas, como mucho.
Pero regresando a las destrezas, la falta de las técnicas de interrogación a veces puede convertir a las audiencias en comedias. Se podrían registras algunos intercambios entre interrogador e interrogado como estos: “¿Sabe cuándo quedó embarazada?; el 9 de agosto; ¿en dónde estaba y qué hizo ese día?”; o bien, “era de complexión mediana, fuerte y tenía una barba espesa. ¿Era hombre o mujer?”.
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