En noviembre de 2009, escribí la columna “15 Len”; hacía referencia al impuesto que el Ejecutivo propuso, gravando las –muy utilizadas por el pueblo– llamadas telefónicas desde celulares. El pasado miércoles, uno de los matutinos del país, informaba que el Ejecutivo retiró la iniciativa de los “quince len” y a cambio está pensando en desincentivar a quienes pagan el 5 por ciento de Impuesto Sobre la Renta (ISR), elevando este porcentaje –gradualmente– hasta el 7 por ciento.
Ante esta propuesta, calza bien el dicho: “una de cal y una de arena”. Ciertamente, el retiro del impuesto a los usuarios de celulares, aparatos que –ante la inseguridad inclemente del país– se han convertido en una necesidad y fruto de tranquilidad para muchos padres angustiados, sin importar su nivel socioeconómico, es positivo y además –hay que decirlo– “políticamente conveniente”, pues no es un secreto que la compra del celular ha superado –entre las familias guatemaltecas por pobres que sean– en prioridad a la otrora “fundamental” televisión. Ello se demuestra al ubicarse –nuestro país– entre las naciones con más teléfonos móviles per cápita en el mundo, lo cual también habla de avances tecnológicos sobresalientes, inversiones y empleo. Los usuarios de celulares pueden respirar tranquilos, sabiendo que su prepago o bien sus cuotas o precios por minuto permanecerán inalterables, o al menos no serán influenciados por un tributo absurdo.
Sin embargo, la otra parte de la receta propuesta por el Ejecutivo continúa siendo necia. El éxito alcanzado en la recaudación del ISR, con la fórmula del 5 por ciento sobre facturación, lejos de sancionarse debiera estimularse: 1.) Su control es tan sencillo como comparar la facturación de las empresas con el ISR que estas entregan al fisco, 2.) Su recaudación es expedita, recaudándose de forma mensual. 3.) Las empresas han incluido el impuesto como una parte cierta de sus costos. Al incrementar este régimen del ISR, el fisco reducirá sus ingresos, pues muchas empresas se verán estimuladas a cambiarse de régimen.
Otro complemento –para alimentar los ingresos del Estado– vendrá de más endeudamiento, pues el Gobierno emitirá más de cuatro millardos de quetzales de deuda, lo que quiere decir –para efectos prácticos– que se continúan endeudando a las generaciones venideras, quienes deberán pagar más impuestos o bien continuar con el círculo vicioso del endeudamiento hasta que el país ya no califique para más. El análisis fiscal es –en nuestro medio– superficial, se insiste en comparar cargas tributarias entre Guatemala y el mundo desarrollado. Lo que se olvida –trágicamente– es que los ingresos del fisco emulan a un tonel; si este –como ocurre en las naciones del primer mundo– no tiene –tantos– agujeros de corrupción y desperdicio, se llenará y alcanzará para abastecer y fortalecer la institucionalidad. Pero si no se resuelve –antes– la evasión, el contrabando y la transa, no habrá dinero que alcance y la economía informal irá en franco crecimiento. ¡Piénselo!
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