Una de las principales empresas de seguridad privada del país ha acuñado como su eslogan de promoción, el lema: “la seguridad es un estilo de vida”. Ciertamente le habla a sus potenciales clientes: la clase social contagiada por esa dudosa preocupación por cultivar un estilo de vida y que, además, puede pagar los altos costos de la seguridad privada. Ahora bien, ¿qué puede resultar tan chic de ese particular estilo de vida?
Ante el desafío de la inseguridad, los guatemaltecos hemos venido adoptando una mentalidad que implica cuestionables acciones. Para empezar, parece que el país entero quiere armarse. Basta observar las largas colas en el Departamento de Control de Armas y Municiones (Decam) esperando turno para tramitar una licencia de portar armas. Ello, sin contar con que, en el floreciente mercado negro, es más barato comprar un arma que un celular. En días recientes, un muchacho adolescente mató a su ex novia y a su nuevo enamorado, en plena calle, sin más trámite. La tragedia quizá no hubiese sucedido si el tráfico de armas no hiciera posible que un muchacho tan joven tuviera tan fácil acceso a una pistola.
Los vecinos se organizan para proteger a sus comunidades: colonias, aldeas o municipios. Los resultados de esta organización son un tanto espeluznantes. Para empezar, se dictan normas que prohíben transitar las calles después de las 10 de la noche, luego se ve con ojos sospechosos los tatuajes, los pelos largos o cualquier actitud no tradicional. En muchos lugares se ha prohibido el expendio de licores o las reuniones informales de jóvenes en las calles. Así, las comunidades prefieren suprimir las sencillas libertades ciudadanas en aras de conservar una seguridad basada en el temor.
El resultado final de toda esta estructura mental y estos paradigmas sociales que conlleva, es la constante violación a los derechos humanos: las ejecuciones extrajudiciales por motivos de limpieza social, o los linchamientos, acontecimientos que hemos permitido que se conviertan en un asunto normal. Si continuamos cayendo por esta pendiente, ciertamente le estaremos dando vuelo a esa parte tan fascista de nuestra idiosincrasia y tirando por la borda todo el esfuerzo por construir un país basado en las libertades ciudadanas.
Resulta claro que estas deformaciones tienen mucho que ver con la debilidad del Estado, que no cumple con su función primaria de organizar un sistema de seguridad confiable. Pero también tenemos que asumir nuestra propia responsabilidad y no caer en la trampa que tan fácilmente parece seducirnos: renunciar a nuestras libertades, renunciar a la defensa de los derechos humanos, renunciar a la civilidad, todo en aras de un estilo de vida restrictivo y temeroso. Ante el desafío de la inseguridad, el único camino que puede llevarnos a un destino claro es construir un Estado fuerte, libre de corrupción y democrático. Esa es la tarea pendiente.
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