La conocimos hace quince años, cuando nuestro camino se cruzó con el de su mamá para forjar una estrecha relación familiar. Somos muy afortunados y estamos muy agradecidos con la vida, que nos dio el privilegio de tejer esta profunda amistad, que nos llevaría a mi esposa y a mí a llegar a querer a su mamá como una hermana más. Hemos estado cerca por tres lustros, compartiendo penas y alegrías. Ello nos permitió verlas crecer a ella y a su hermana, hasta convertirse en la mujer que pronto enfilará hacia el altar. La tengo presente cuando la conocí, siendo apenas una alumna de primaria, corriendo de un lado al otro del condominio en que vivían. Vimos cómo la niña dio paso a la adolescencia y esta última a una joven universitaria y luego a la profesional en que se ha convertido. En una de esas transiciones apareció un patojo, con quien luego de varios años de noviazgo, intercambiará votos mañana. Da gusto ver la gran ilusión con que juntos emprenden esta nueva etapa.
Pensando en ello hace unos días, la imagen que llegó a mi mente fue la de una mano extendiéndose hacia la de su pareja a medianoche, para entrelazarse. Ese movimiento espontáneo se da simplemente porque uno siente la urgente necesidad de hacerlo, pues aunque esa mano pertenece a otro ser humano, es tuya y te hace falta. Es la de tu mancuerna, la de la persona que amas, la de tu mejor amiga y compañera de camino. Esa mano que sabes a tu lado es la que ilumina tu existencia y te complementa y a quien hablas con elocuencia, sobre todo cuando te cuesta expresarte con palabras. Te inspira a vencer los obstáculos, baila junto a la tuya en los momentos de alegría, te reconforta cuando estás desconsolado, te da fortaleza cuando debes seguir adelante, te alerta cuando debes detenerte, te libera cuando debes volar, te sostiene cuando tambaleas, te anima cuando flaqueas y te ayuda a levantarte cuando has caído. Esa mano que siempre encuentras a tu lado es la que deseas, la que te comprende y con la que compartes lo importante, a la que te has aferrado para tomar las decisiones más trascendentales de tu existencia, la que acaricia a tus hijos y la que Dios envió para estar armoniosamente a tu costado, entrelazada con la tuya. Por todo ello, le pido al Señor que les permita que siempre que extiendan la mano a medianoche encuentren la de su pareja, y que les conceda construir juntos una vida plena y feliz.
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