Casi un centenar de personas, como laboriosas hormigas, van dándole forma a la alfombra.
Casi un centenar de personas, como laboriosas hormigas, van dándole forma a la alfombra. Decenas de manos y manitas, cientos de pequeños dedos y no tan pequeños, descabezan las flores que caen en canastas como cataratas de color morado, amarillo y blanco. Flores que dibujarán las grecas, los rombos, pájaros, mariposas y flores que engalanan cada año nuestra alfombra devocional en honor a Jesús de la Caída de San Bartolo de Antigua Guatemala. Todo sirve, todo es útil para darle vida a la alfombra: los pétalos, los troncos verdes cortaditos como ejotes y el esplendor del corozo, el cual inunda la cuadra con perfume cuaresmal. La hechura de la alfombra se hace a ritmo de marcha procesional y con paciencia de santo, todos obedecen la voz de mando, como que si se tratara de una orquesta, hasta que por arte de magia, los aserrines de colores, las flores y los corozos se convierten en una bella muestra de arte efímero, y para nuestra familia, una ofrenda devocional a Jesús Nazareno de la Caída.
El sol pica como pulgas en la cabeza y en espalda mientras elaboramos la alfombra, y sin embargo, nadie se detiene en la tarea. Grandes y chicos se arrodillan para terminar el último de los detalles, la última hilera hecha con estaticia morada y ramitos de corozo entrelazados en forma de alas de paloma.
La multitud inunda la calle. Los niños desenfundan las pistolas de agua para mitigar el calor del mediodía, mientras los gringos, con sus cámaras fotográficas, observan el paisaje a través de su lente. El bullicio de los algodones y las vejigas anuncia que la procesión ya viene cerca. Uno de los más chicos, quien se encuentra apostado como vigía en uno de los balcones de la casa, da la voz de alerta, “ya vienen los romanos, ya viene la procesión”. La vocecita de alerta corre por la cuadra como pólvora encendida. Rápidamente, se quitan los tendales de madera que protegían la alfombra y se entran a la casa los canastos, los guacales y los sacos de aserrín. La procesión aparece por la Calle de los Pasos. La cuadra enmudece. Todos los ojos están puestos en la procesión. Los hombres y los niños se descubren en señal de respeto. Jesús ha doblado la esquina y enfila hacia la calle que pasa enfrente de la iglesia de San Francisco el Grande. Lo llevan en andas los romanos en solemnísimo paso, a ritmo de los acordes de la marcha franciscana, Jesús Nazareno del Perdón. Jesús de la Caída pasa despacito frente a nosotros y entonces el corazón se nos encoge emocionados ante el inexplicable prodigio de lo sagrado. En ese momento la procesión hace una pequeña pausa dando tres pasos para atrás en honor a nuestra alfombra, el tiempo necesario para agradecerle a Jesús de la Caída el estar vivos y en familia. Agradecerle los favores recibidos y por aquéllos que nos brindaron su mano. Pedir por la patria, y para que nos colme de bendiciones y trabajo. Y esta vez pediremos al Nazareno, por la felicidad de Neto y Ana María, la primera de nuestras hijas, veterana en cargar procesiones y fabricar alfombras, quien hace poco nos anunció, feliz y contenta, que pronto habría boda.
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