Pasó la efemérides del 11 de marzo, una vez más, sin pena, ni gloria. La fecha –es triste reconocerlo, pero tal es la realidad– fue borrada –y desde hace mucho tiempo– de nuestra historia. ¿Una sencilla explicación de lo ocurrido? La verdad de las cosas es al triunfo de los liberales en 1871 –tal y como lo dijera don Clemente Marroquín Rojas se borró de tajo toda la historia conservadora, habiendo quedado vilipendiadas sus grandes figuras, lo que también ocurrió, después, con las figuras liberales–.
Renegamos de nuestra historia y somos incapaces de reconocer méritos en nadie.
La gesta del 11 de marzo de 1920 no podía ser la excepción. El 25 de diciembre inmediato anterior había aparecido en todos las casas, deslizada por debajo de las puertas, el acta de los tres dobleces, así llamada por estar doblada en tres, y que venía a constituir, además, un auténtico desafío al entonces Presidente, sabiéndose que abominaba de la unión de Centroamérica.
El acta aquella propugnaba abiertamente por la unión y venía a constituir el inteligente grito de combate, pero dentro del estricto marco de la ley, de ese “estado de Derecho formal” de que el dictador hacía gala.
Ni siquiera el doctor Juan José Arévalo Bermejo escapó de la descalificación del adversario que tanto daño nos ha hecho y, así, llamó “residuos” a todos aquellos que no avalaban su mandato.
Suprimida, en su momento, toda consideración en cuanto a la grandeza de las culturas que fueron encontradas por el español a su llegada, se ha tratado, posteriormente, de negar toda grandeza a la colonización y la conquista.
Negándolo todo, nos negamos a nosotros mismo y, descalificándolo todo, nos descalificamos…
Todavía recuerda Francia su resistencia a los romanos, pero jamás maldeciría de la cultura greco romana que hizo parte de su ser y es ella misma
El 11 de marzo de 1920, ya maduro el movimiento, el unionismo se echó a las calles y determinó el fin mismo del tirano.
Todos los personajes y movimientos tienen sus luces y sus sombras: En el Unionismo de 1920, por ejemplo, nos encontramos, de una parte, con sus altísimos ideales pero, también, por otra, con los abominables linchamientos –la negación misma de todo cuanto quiso y cuanto era–.
¿Que por qué no recordamos la manifestación del 11 de marzo de 1920? Porque, la verdad de las cosas, es que no recordamos absolutamente nada. ¿Que por qué no la exaltamos? Porque lo negamos todo. ¿Qué por qué estamos cómo estamos? Porque ¡increíble pero cierto! nos hemos dado, sin descanso, a la destrucción de nuestra Patria, jamás construida, y a la conversión de Guatemala en un simple lugar, espacio propio, entonces, de narcotraficantes y de maras…
Tratado todo como escoria, en escoria se convierte.
Si carecemos de conciencia, incluso del presente, ¿qué conciencia podríamos tener, entonces, del pasado?
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