Una víctima de Los Sierras narra las dos semanas que convivió con sus secuestradores y cómo ellos le confiaron sus penas e historias.
Ese viernes, el día de mi secuestro, yo fui a pagar la planilla de mis empleados. Estaba sentado en una piedra haciendo cuentas, al lado de mi picop, cuando llegó un carro y se detuvo. Era un Nissan Sentra polarizado. Se abrieron las puertas y se bajaron tres hombres con escuadras. Dos me encañonaron y otro se quedó afuera. Pensé que iban a asaltarme, ni siquiera me dio nervios. Pero en vez de pedirme el dinero me dijeron “Parate hijo de las tantas”. Y ahí fue cuando sentí miedo. Me subieron al sillón de atrás del carro. Eran cuatro tipos. Uno me gritó: “¿Qué me estás viendo?” y me pegó en la cabeza con la cacha de la pistola. Me amarraron un pañuelo en la cabeza y le subieron todo el volumen al carro.
Arrancaron. En el camino hicieron una llamada para que les abrieran el portón. Yo oraba, le pedía a Dios que una patrulla les hiciera el alto. Pero nada. Llegamos a la casa. Uno de ellos llamó por teléfono y avisó: “Gracias a Dios ya estamos acá”. Y yo pensé, bueno, Señor, a su manera, ellos tienen temor de ti y eso me confortó.
Me llevaron un celular. “Te quieren hablar”. Era el jefe. “¿Aló?” –“yo soy el que te tiene hasta la eme, te tengo bien investigado y voy a pedir dos millones por vos. Quién me va a dar ese dinero?” Le hablé en el mismo tono: -“mirá, la cagaste, porque yo no soy el dueño”. –“Mirá hijo de las tantas, no me hablés así porque voy a llegar y te voy a quebrar”. “Pues la cagaste porque no lo soy. No te voy a decir que soy pobrecito, pero tampoco tengo tanta plata. Y si pensás que te la van a dar, mejor matame ya porque no la tengo”. –“Mirá, yo no soy nuevo en esto, te tengo bien investigado y sé que tu papá es accionista de (una empresa)”. Y como no es cierto, me armé más de valor para decirle “ya me tenés acá y mi familia te va a dar plata, pero no eso que pedís porque no lo tenemos. Haceme el favor de investigarme bien porque te estás cagando en todo”. Ya no me dejó hablar. Me pidió el teléfono de mi mamá. Le di el único teléfono de mi familia que sabía de memoria. Mi celular ya lo tenía él. Luego llegaron los muchachos con mi cena.
Esa noche le pedí a uno de ellos que llegara a platicar conmigo porque estaba aburrido. Llegó uno. –“Por qué decís que no sos el dueño”, me preguntó. –“Porque no lo soy”. –“¿Y cuánto creés que va a poder dar tu familia?”. –“Pues yo calculo, para que esto se acabe rápido, que unos Q80 mil”. –“Ah, pero aquel con cincuenta (Q50 mil) los da, de plano que vamos a terminar rápido, entonces”. Me explicó que ellos no tenían más de 7 días a la gente. –“Si tu familia se pone pilas yo calculo que para martes se está cerrando esto”, calculó. “Esto es un negocio. La intención no es matarte, quedate tranquilo”. Me puse a orar y a preguntarle a Dios por qué me había pasado eso. Me quedé dormido y, como cosa rara, esa noche dormí como bebé...
Abrí los ojos en la mañana, cuando comenzaron a hacer bulla. Era como una pesadilla al revés: cuando dormía descansaba y al despertar empezaba la pesadilla. Encendieron el radio, lavaban ropa en la pila. Me puse el pañuelo. Entró uno. -“Aquí le traigo un cafecito y un panito. ¿Qué tal durmió?”. –“Yo bien, pero mi familia seguramente que no”. Me llevaron un cepillo de dientes, usado, y una palangana. Por abajo del pañuelo vi que andaban descalzos.
Como a las 9 de la mañana llegó uno a platicar conmigo. Hablamos bastante. Le pregunté que cuánto tiempo tenía de estar en eso. Y me empezó a abrir su corazón. Me contó que sus papás le enseñaron a ser persona de bien, a trabajar, pero que su esposa lo abandonó y le dejó a los dos hijos con una carta. Se desestabilizó, se decepcionó de la vida y comenzó a tomar, se hizo de amigos que no le convenían. Empezó asaltando buses de turistas y robando en casas.
Al segundo día de cautiverio también llegó otro muchacho de los que me metieron al carro. “Esto no es lo peor”, me dijo. “Lo peor es ser sicario, eso sí, porque uno anda matando gente que no le ha hecho nada”.
Denunciamos el secuestro ese mismo viernes. Mis hijos se fueron a vivir con mi familia. Les dijeron que mi esposo y yo nos habíamos ido de viaje. Yo me instalé en la casa de la familia de él. Abría los ojos a las 4:00 de la mañana. Tenía una mezcla de sentimientos. Es como vivir una angustia más allá del límite. Sólo Dios me mantuvo fuerte. Yo fui la que habló con él, el negociador. Me decía que a mi esposo lo tenían en un pozo y que vomitaba todo. Que por cada día que dejaba pasar yo lo estaba matando. Tuve que ser fuerte. Me tenía que concentrar en decirle en los 30 segundos que duraba la llamada lo que quería que le contestara para que no le quitara ningún miembro, que no le hiciera daño. Pero cada vez era como esperar la llamada de Satanás. Y con él tenía que negociar. Pero él no creía que yo era la esposa. Siempre pensó que yo era una mujer policía.
Los 15 días de mi cautiverio los pasé con los mismos 4 que me secuestraron. En la tarde del domingo entraron todos asustadísimos a mi habitación. “Viene para acá El Teniente”, me dijeron. “Está loco porque dice que tu familia no le ha ofrecido nada. Dice que te quiere quitar una oreja. Pero no tengás pena porque los que quitamos somos nosotros. Y ya le dijimos que no te la vamos a cortar. Que si quiere que te la quite él. Pero él no tiene los huevos de hacerlo, entonces te va a sacar una grabación”, me explicaron. Me amarraron y seguí con los ojos vendados. Llegó El Teniente. Le dio todo el volumen al radio y a la tele. Ellos se quedaron afuera. “Por teléfono estabas bien brincón, verdad”, me gritó. “Es que la cagaste, mano, aceptalo”, dije yo. Me pateó. “Tranquilo, decime qué necesitás que haga y lo hago”, ofrecí. –“Si yo a quitarte la oreja vengo”, me dijo. Pero ellos me habían asegurado que no lo haría porque los vecinos se hubieran dado cuenta y ya estaban empezando a sospechar de los movimientos en la casa. Entonces cuando sentí que me agarró la oreja y me pasó el cuchillo, no sentí miedo. Tuvo mi oreja entre su mano, una mano como envuelta en una bolsa. Me rozó el cuchillo detrás y en el brazo. Pero se detuvo y se retiró. Me pidió una grabación para mi familia. La repetí tres veces hasta que quedó como él quería. “Voy a probar con esto”, dijo. “En 20 minutos los llamo y si no han dado nada le quitan la oreja a este hijo de la gran”. Ellos entraron los 4 asustadísimos: “vos, pensamos que te iba a volar la oreja!”, me dijeron. En la mesa había dejado los trapos y el café (molido) para que me frenaran la hemorragia. Pero no volvió a llegar.
No cerrábamos la negociación porque él quería más dinero del que le ofrecimos. Fuimos subiendo la oferta hasta que le explicamos que habíamos hipotecado una casa y que era lo último que teníamos. En ese momento él aceptó. Le pedimos la prueba de vida y nos la dio. Supimos que todo estaba por terminar.
Supe que iban a liberarme cuando me llegaron a pedir la prueba de vida. Que cómo se llamaba la perrita de la casa, me preguntaron. Al rato regresó uno y me dijo feliz: “Ya se acabó, ya vas a estar con tu familia, ya viste, yo te dije que Dios escuchaba tus oraciones”. Era casi final de la tarde. Pero la felicidad sólo me duró 20 minutos. El Teniente dio la orden de que me mataran porque decía que mi familia sólo había dado “una miseria”, lo cual, ahora sé, era mentira. Lo decía para quedarse con más plata. “No tengás pena, no te vamos a matar”, me golpeó la espalda el chavo con el que había hablado el día anterior.
Pensé que iban a matarme, aunque me habían asegurado que no lo harían. Oré para que no me dieran el balazo en la cabeza y que cayera sobre un terreno seco, para que cuando mi familia encontrara el cuerpo viera que me habían tratado bien todo ese tiempo. Me sacaron de la casa como a las 11:00 de la noche. Me dieron muchas vueltas. “Al fin se acabó, verdad, muchá”, les decía yo. Pero ya no me contestaban. Iban con la indiferencia de cuando me secuestraron. Después de dar varias vueltas en el carro, me pusieron 2 monedas de Q1 en la mano. Frenaron el carro. Abrieron la puerta, me bajaron. Agarré aire, esperaba el disparo, pero sólo sonó la puerta que se cerraba. Pensé que atrás tenía otro carro. Esperé. Me levanté el pañuelo y no había nada, todo oscuro. Estaba en una calle de San Miguel Petapa. Empecé a correr. Había un teléfono público. Marqué a mi casa, al único número que me sabía, “soy yo, estoy bien”. Del otro lado todos gritaron. Estaba bien. Estaba vivo. Todo se había acabado.
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