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Guatemala, domingo 21 de marzo de 2010

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elAcordeón:

¿Y dónde se encuentra la salsa de tomate? Pregunté con aire de inocencia

Ana María Rodas

Fuente menor Fuente normal Fuente grande

Sentada en el restaurante vi con ojos de desaliento aquellos restos irreconocibles que en el menú anunciaban a todo trapo diciendo que era bacalao a la vizcaína. La cosa reposaba en el centro de un plato blanco, inmenso de esos que utilizan ahora los cocineros posmodernos que se llaman a sí mismos chefs y que en realidad, en lo que se distinguen es en agregarle mango al chimichurri, arvejas secas y duras como canicas a una ensalada rusa, y echarle jugo de toronja al coq au vin, una de las especialidades francesas más populares.

 

Como no estaba dispuesta a meterle el tenedor, mucho menos el diente, a aquel amasijo coronado por dos colochos de chocolate blanco y varias ramitas de hierbas pavorosamente desconocidas, llamé al mesero quien puso cara de susto cuando le pedí hablar con el cocinero.  ¿El chef? me preguntó  con voz temblorosa.

 

No, le dije, en este restaurante no hay chef. Con el cocinero.  El pobre mesero tragó saliva, la manzana de Adán le subió y bajó varias veces y por último, con la bandeja casi arrastrada por el suelo se perdió entre las mesas en dirección a la cocina.

 

Mis acompañantes me miraron con aquel rostro de quien espera, en la puerta de la sala de un cine, un espectáculo interesante.  Yo, mientras tanto y porque al hambre hay que hacerle caso, comí pan con mantequilla, eché un chorrito de aceite de oliva sobre un montoncito de queso parmesano y  bebí un poco de vino. Hasta este momento no he llegado a averiguar qué hacía el queso parmesano en una mesa donde todo el mundo había pedido el famoso pescado que en Guatemala se come en Semana Santa.

 

Frente a mí se situó de pronto un hombre vestido de blanco impoluto, con el delantal que le llegaba a los tobillos y un gorro almidonado que brillaba como luz navideña.

 

¿Me llamaba madame? preguntó con un forzado acento francés, tratando de impresionarnos sin duda.  Sí, le respondí con la voz más dulce que pude modular. Para un pícaro, decía mi madre, otro mayor.

 

Hemos pedido, continué, bacalao a la vizcaína, pero creo que el mesero se equivocó de pedido y nos ha traído un postre. El chocolate y la… menta se ven muy bien, pero en realidad, queremos pescado.

 

El cocinero puso los ojos en blanco y volviendo aún más nasal la voz me respondió con exquisita y forzada cortesía: usted tiene enfrente, madame, el bacalao a la vizcaína más avant garde que se pueda encontrar.  Apenas hace un mes que he regresado de España y según el chef Mario, con quien tuve el honor de trabajar durante seis meses, esta es la receta más trascendental del bacalao.

 

Y se trata además, agregó, de un bacalao auténticamente noruego, no es un pescado atrapado en aguas canadienses. Personalmente me encargué de hacer el pedido desde España, para que nuestro restaurante pudiera ofrecerlo en esta temporada.

 

¿Y dónde se encuentra la salsa de tomate? Pregunté con aire de inocencia, derribando la torrecilla de dos pulgadas que quedó expuesta a la vista pública, con materiales desconocidos en los que sobresalían el marrón, el amarillo huevo y unos granitos arenosos negros que según yo, parecían caviar.

 

Pero madame, se escandalizó el chef, lo primordial en esta creación no es la antigua salsa de tomate que se usaba en las cocinas de la gente pobre. Aquí tenemos, como usted puede ver, trocitos de blueberry, como fondo primario, con notas ácidas sobre las cuales se coloca primorosamente las huevas de lobina que luego dan paso al bacalao propiamente dicho. El bacalao, desalado del todo y sumergido en un almíbar de azúcar rubia durante varias horas —y señaló un elemento que tenía aspecto de bocadillo zacapaneco— es inapreciable, fundamental, imprescindible, sin duda, pero su sabor inconfundible no sería apreciado del todo si no hubiera el contraste con el chocolate y esta hierba que no es vulgar menta, si me perdona, sino pasto de la Patagonia traído en avión especialmente para esta receta.

 

Mis compañeros de mesa, persuadidos por la verborrea del francés nacido en Masagua (como averigüé después en el restaurante de enfrente, mientras comía un plato del bacalao de pobres) le entraron a aquellas inmundicias y más tarde tuve que llevarlos de emergencia al hospital porque no cesaban de vomitar. No cabe duda, no todos nacemos para la comida fina.

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3 comentarios:

  1. Luis Paz : (2010-04-04 13:53:33 horas)
    Pondríamos comenzar aprendiendo, por ejemplo, la diversidad de platos que cada región de Guatemala ofrece, en lo que arte culinario respecta. Pero nos queda calo que un guatemalteco de su clase, no tiene en su “amplísimo” bagaje cultural la certeza necesaria para ver mas allá de esa espesa tela internacional, con la que solemos comparar lo nuestro. Lamentable es señor, si se le puede llamar así, que usted carezca de la madurez intelectual y sobre todo literaria, que todo lector de categoría requiere como herramienta indispensable, para comprender los contenidos que cuales ejes transversales recorren las letras de la SEÑORA Ana María Rodas. Como clara consecuencia de su distinguido sello personal. Lamentable es señor, que usted mismo se contradiga, puesto que la siempre -postura abierta- que dice tener, se hace absurda ahora que critica basándose en elementos meramente ideológicos. Mas aun cuando ellos no convergen dentro del presente texto, y sobre todo cuando usted mismo se esta posicionando precisamente en tan singular perspectiva. Lamentable lo suyo señor, pero se agradece el claro ejemplo que nos da, de esa decadencia de valores que ha hecho de nuestra sociedad el lugar común, donde habita el irrespeto. Me parece más loable que aprenda algo más sobre la aculturación y transculturación, si es que queda espacio para ello en su dicotómica e innecesaria postura. Tal vez así pueda darle a nuestra Guatemala el lugar que se merecen las infinitas manos que día a día hacen de la cocina esa delicia que recorre el paladar de propios y extraños. Con el arte que solo saben dar las manos guatemaltecas. Manos como la de la SEÑORA Ana María Rodas, que con gran precisión continua delineado nuestras realidades, para los ojos que aun insisten en ver hacia afuera, cuando la verdadera riqueza sigue estando ¡DENTRO!
  2. Hector Medina: (2010-03-28 20:21:57 horas)
    Es lamentable leer articulos de esta naturaleza cuyo cometido sin lugar a dudas limita la naturaleza humana de crecer y degustar nuevos conceptos en el mundo del arte culinario. Yo soy guatemalteco y muy orgulloso de ello, he tenido la dicha de viajar por muchos paises del mundo, conocer sus culturas y con ello sus riquezas gastronomicas. He mantenido siempre una postura abierta y disfutado de platillos exoticos que invitan a esa palabra magica llamada "compartir" Paises como Vietnam con mas de 500 platos nacionales, China y su riqueza culinaria, nuestros vecinos del norte, Mexico, para citar algunos, ninguno de estos limita sus recursos para ofrecer una extensa gama gastronomica. Y donde queda la comida guatemalteca? en ningun sitio. Guatemala no cuenta con una riqueza gastronomica como en otras partes del mundo. Creo que tenemos mucho por aprender. Nuestra comida se ahoga en corrientes ideologicas como los de la señorita Ana Maria Rodas.
  3. Flor de Maria Perez: (2010-03-22 15:38:31 horas)
    Me encantó su escrito Ana María, se nota que usted es una persona auténtica. La felicito y me uno al grupo que "no nace para la comida fina".
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