No será blanca, ni mansa, ni de mirada cristalina de doncella —no. Nuestro costa pacífica es morena, ardiente y más que dejarse contemplar impasible, es ella la que nos ve a nosotros con ojos de un peligroso color de jade con largas vetas de blanca espuma. Para llegar a ella hay que pisar la brasa negra de las arenas volcánicas. Las fuerza de sus olas quiebra la playa y levanta brisa y salitre anunciando un temperamento fuerte e imbatible. Esta mar es, como saben quienes se bañan más allá del tumbo, mañosa y traicionera, dada a los alfaques devorahombres. Y es a ella, la del rumor nocturno de trueno, a la que buscamos con denuesto cuando sube el mercurio. Monterrico, San José, Chulamar, Sipacate, Champerico o Las Lisas, toma muchos nombres pero es sólo una, con amplitud de cadera.
El litoral pacífico se prepara para recibir a los visitantes de la temporada de la Semana Santa, la Semana Mayor del año para muchos, no creyentes incluidos. Los anunciantes han plantado ‘muppies’ (palmeras sería mucho pedir) cada 25 metros en la carretera del peaje. Los vendedores de bebidas carbonatadas, cerveza y otros licores yerguen vallas y ya preparan las tarimas para encaramar a las guapas animadoras del consumo y las grandes fiestas del Puerto. Las municipalidades de la Costa colocan talanqueras en la carretera para obligar a los vacacionistas a pagar el arbitrio y los locales aprovechan para las ventas de fruta bajo la sombra de un almendro. Desde la privilegiada perspectiva de un pelícano, debe verse una actividad de hormiguero, con tantos camiones descargando cajas frente a tiendas y trabajadores afanosos trenzando ranchos de palma.
Aprovechando el feriado largo, hay quien busca la voluptuosidad del incienso y las marchas fúnebres en La Antigua, con sus procesiones, cucuruchos y suntuosas alfombras de aserrín, y hay quienes se dejan seducir por el llamado de sirenas del que llamamos el Puerto y su oferta de bacanal, ceviche y una cerveza helada viendo esta mar tún tún engullirse cada tarde el sol como si nada.
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