Hay un lugar que a lo mejor no sabemos dónde queda ni cómo llegar, pero todos lo anhelamos. Es lo más lindo que tiene el ser humano. Una cosa pequeñita e inmensa. ¿Cómo describir la libertad?
Una imagen dice más que mil palabras. En un mundo conmovido por imágenes, y en un país donde las mayorías no saben leer ni escribir, el cine es un arma poderosa. Tan poderosa que parecemos conmovernos más por lo que miramos en la pantalla gigante que por lo que le sucede (o no) al vecino.
Con todo y lo socarrón, “puesta en escena para entretenimiento” o publicidad para el Mundial 2010, que puede resultar para muchos el último film de Clint Eastwood, Invicto. Hay en esta historia sudafricana, en la que Morgan Freeman se entrega en cuerpo y alma para dotar de vida a Nelson Mandela, pistas y lugares imprescindibles para nosotros los chapines en los que merece la pena detenernos aunque sea un poquito.
El montaje da cuenta del espíritu de perdón y reconciliación con el que Mandela sale de la cárcel, después de 27 años. Un tiempo marcado por el constante rechazo del Gobierno de Sudáfrica para ser puesto en libertad, a pesar de que Mandela ya era un símbolo de la lucha contra la opresión negra en el mundo.
Y es que no podemos estar en paz con nuestro presente si no estamos en paz con nuestro pasado. Para sanar una herida hay que saber perdonar. Para ver hacia el futuro es imprescindible la reconciliación. Hay algo que los guatemaltecos no hemos terminado de entender y es que para liberarnos del fantasma del terror que es vivir en un país dividido, polarizado donde unos no nos sabemos reconocer en otros, debemos aprender a perdonar. Nelson Mandela lo tuvo muy claro. Para liberar al país había que crear un código común y oportunidades para todos.
En su libro El largo camino hacia la libertad, Mandela escribió: “cuando salí de la cárcel esa era mi misión: liberar tanto al oprimido como al opresor. Hay quien dice que ese objetivo ya ha sido alcanzado, pero sé que no es así. La verdad es que aún no somos libres; sólo hemos logrado la libertad de ser libres, el derecho a no ser oprimidos. Ser libre no es simplemente desprenderse de las cadenas, sino vivir de un modo que respete y aumente la libertad de los demás”.
Uno no es uno, sino es el mundo que representa para los otros. Por ello en nuestra sociedad es común el escuchar cómo algunos españoles son rechazados sólo por representar lo que sus abuelos podrían haber hecho a los nativos hace más de 500 años. Algunos intelectuales mayas y no mayas creen que es necesario tomar el poder para hacer a los “blancos” lo que ellos han hecho a los indígenas durante más de 500 años, pero esto no libera una lucha. Esto sólo reproduce una lógica que no nos emancipa. Y para que un solo ser humano sea libre, todos deben serlo. ¿No somos conscientes que el juego no se trata de que unos dominen a otros, sino de que nadie sea dominado?
Mandela construyó una nueva Sudáfrica con un proyecto común y de reconciliación, en el que nunca más el poder de un hombre se haría en base al dominio de otro. Dijo Mandela: “He peleado en contra de la dominación blanca y de la dominación negra. He apreciado el ideal de una sociedad democrática y libre, donde todas las personas conviven con igualdad de oportunidades. Representa un ideal por el cual vivo y espero alcanzar. Un ideal por el cual estoy dispuesto a morir”. “Si no puedo yo cambiar cuando las circunstancias lo demanda, cómo puedo esperar que los demás lo hagan”.
¿Estamos acaso aún a tiempo de reconciliarnos unos con otros?, ¿comprenderemos lo que comprendió Mandela que una nación no debe juzgarse por cómo trata a sus ciudadanos con mejor posición, sino por cómo trata a los que tienen poco o nada?
A más igualdad de oportunidades más confianza en los otros, a más confianza y elementos en común más capacidad de imaginar y construir entre todos un proyecto de nación interétnico, interclasista e intercultural. Uno que nos ayude a caminar y a vivir lo que sintió el alma invicta de este hombre que pasó 27 años en prisión: “soy el amo de mi destino y el capitán de mi alma”.
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