Anomia es lo que padece esta sociedad. La anomia se manifiesta en una cadena de desajustes sociales: ausencia de ley, degradación de normas de convivencia, pérdida de la palabra, o sea, incapacidad de llamar las cosas por su nombre.
Ausencia de ley no es carencia de reglas codificadas. Están escritas, pero marchitas. Nuestra conciencia no les da vida. No hay autoridad que las haga valer y al aplicarlas no se manifiestan justas, por tanto, carecen de legitimidad. Eso deriva en la degradación de los lazos de convivencia. Así, la orientación en la polis queda reducida a los grupos próximos de referencia: familia, amigos, gremios, credos. Cada cual califica lo justo, los valores y la moral.
Sin embargo, vivimos todos bajo la sombrilla del régimen republicano. Lo dice nuestra Constitución y, en coherencia, los tratados, convenciones y acuerdos internacionales adoptados como leyes internas. Advertía el vicepresidente Rafael Espada, en un foro la semana pasada, que los guatemaltecos aceptamos en voz alta que somos corruptos. Luego el presidente del Congreso, Roberto Alejos, anotó que por eso pedimos ayuda internacional.
Esa ayuda sirve si afirma los principios republicanos y los derechos humanos de la Constitución. Es indeseable si reedita al viejo parlamento inglés o al monarca de “la silla estrellada”, lanzando acusaciones a conveniencia, a veces a espaldas de la víctima, decidiendo ipso facto su culpabilidad y castigo. Para frenar esas arbitrariedades fue justamente que se inventaron las constituciones, estableciendo el debido proceso.
Cuando la meta es el Estado de Derecho, como dice la ONU, no se puede castigar al inocente ni perdonar al culpable bajo el pretexto de ahorrar males mayores. Se debe calificar el delito aunque sea justificado en varios sectores sociales; sea limpieza social o sicariato, linchamientos o violencia contra la mujer. La justicia va asociada a las amenazas a la seguridad pública y así se jerarquiza su política. Las prioridades de la política penal deben contribuir a soldar los lazos de convivencia, de lo contrario no son legítimas ni crean seguridad.
La sociedad de la anomia es la sociedad del trastorno. Muchos transgreden las leyes o las amañan, y son los primeros en exigir el castigo a otros. Quieren ser jueces, aunque sean parte. Por eso la sociedad de la anomia es violenta y resentida. Se salva solo por la ley justa y transparente. Se acaba de hundir por el juicio arbitrario y opaco.
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