Nuestra Constitución dispone que en Guatemala los seres humanos deben guardar conducta fraternal entre sí, lo que significa que deben fraternizar, es decir unirse y tratarse como hermanos.
La unión equivale a juntarse, aliarse, con el propósito de afrontar un destino común; recorrer un mismo camino, asumir determinados desafíos o compartir causas o luchas. Asimismo, un tratamiento fraternal es reconocerse y aceptarse como si todos fueran hijos de los mismos progenitores.
De suerte que guardar una conducta fraternal entre sí, implica que las personas se traten con la amistad y el afecto con que se trata a un hermano. Por tanto, bajo el supuesto de la fraternidad no se admite el engaño, el odio, la envidia ni la hipocresía. Más bien se asume el fortalecimiento de un sentido de pertenencia y el afianzamiento de los lazos de confianza, camaradería y cooperación.
Sin embargo, en la realidad nuestra sociedad no es fraterna. Por el contrario, es una sociedad fragmentada, desconfiada, individualista y sin ideales compartidos. La gente no se compromete, no se arriesga espontáneamente no abraza causas de beneficio común ni se atarea en el servicio público. Es una sociedad abatida, abusada, humillada, espoliada, susceptible a ser oprimida.
Las personas tienen temor a que los poderosos les hagan daño o les pongan el ojo encima. Por ende, tratan de volverse invisibles, de echarle la culpa a otros para que les dejen tranquilos o de someterse a los designios de la autoridad arbitraria. Lo peor que le puede ocurrir a uno es que lo señalen o lo persigan, porque nadie está dispuesto a mover un dedo en su favor. El estado de indefensión perpetúa la vulnerabilidad y la amenaza. Luego, la huida es siempre la mejor opción, aunque sea una solución precaria y temporal. Todos estamos aislados en esta pseudo organización social. Nadie se hace responsable por nadie. Nadie apoya, defiende o aboga por nadie. Se apuesta al sálvese quien pueda. Por tanto, los poderosos siempre encuentran terreno fértil para imponer su voluntad y abusar. ¡Ay de los caídos en desgracia!
La fraternidad, que por cierto fue una de las 3 divisas de la Revolución Francesa (1789), es el germen del espíritu nacional, del sentido de pertenencia, del patriotismo, de la fuerza moral y de la realización del bien común. Es también el origen de la conciencia cívica y política, del autogobierno democrático, de la resistencia contra la opresión, de la autocrítica, así como de la efectiva consecución del desarrollo económico y del progreso social. Sin unión y hermandad no habrá genuina organización social ni futuro promisorio alguno.
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