Una de las estructuras de gestión cultural más criticadas y conflictivas de las últimas décadas son las bienales de arte.
Una de las estructuras de gestión cultural más criticadas y conflictivas de las últimas décadas son las bienales de arte. Desde las más antiguas a las más recientes producen el mismo escepticismo atribuido al fracaso de la modernidad y las instituciones relacionadas con el arte. Sin embargo, las bienales siguen emergiendo como hongos. Algunas han pasado por revisiones autocríticas para asumir modelos más novedosos. El signo de época es entrar en una especie de crisis de mediana edad para tomar conciencia sobre un pasado que ya no volverá y el sentimiento de vértigo que produce adentrarse en un futuro desconocido. Las bienales se incorporan como un asunto de fe.
En ese sentido, en pocos días seremos testigos de lo que ha significado la etapa de cambios para la Bienal de Arte Paiz en Guatemala. Durante la pasada Bienal –la de transición– el equipo de curadores invitados tuvimos la oportunidad de ver hacia las entrañas y comprender que los cambios no serían fáciles. Como suele suceder, el resultado no era todo lo que deseábamos, pero ese primer paso fue determinante para una de las organizaciones más estables de apoyo hacia el arte local. Lo cual, en este país de urgencias monumentales, no es poca cosa. En esta nueva fase, probablemente la gran pregunta del evento será: ¿estamos preparados? La respuesta será obvia pero no debe ser la única. El haber sobrevivido la bienal de tránsito coloca a los organizadores de la XVII Bienal en un momento crucial, donde pueden surgir las discusiones importantes, producidas con las preguntas y respuestas fundamentales, y como base para la formación del criterio profesional que estuvo ausente por muchos años.
El próximo 17 de abril nos encontraremos en el umbral de lo que será reconocido como la nueva época, tal vez como la definitiva. En medio de grandes expectativas aún saldrán a relucir los dilemas que caracterizan a nuestro contexto, relacionados con el vacío de la formación artística y el de opinión, las diferencias de valores y las formas clásicas de resistencia a los cambios. La buena noticia es que seremos testigos y partícipes de una propuesta que introduce de manera definitiva el espacio profesional, sustentado con prácticas más congruentes con el presente. Específicamente, el proyecto curatorial de José Roca, con la asistencia de Emiliano Valdés, Marivi Véliz y Miguel Flores, define que las exigencias a productores y espectadores serán mayores. El horror vacui vendrá junto con la ausencia de los premios y algunos extrañaremos –con nostalgia– las voces de los locutores de radio y los protocolos excesivos. Pero, para una bienal que apuesta al principio de “ver para creer”, la verdadera fiesta es reconocer que esta edición puede incorporarse como la que abrirá el espacio definitivo hacia el pensamiento antes que a la fetichización de los objetos. La fe puesta en la Bienal implica subvertir el presente para tener alguna incidencia en nuestro futuro.
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