Los padres quieren lo mejor para sus hijos, por eso hacen lo imposible para darles una educación “integral”, que incluya un sinfín de clases y cursos que no les dejen un minuto libre. Así, cuando llega la noche caen redonditos, sin dar batería. Conste, todo eso lo hacen por el bien de sus adorados vástagos.
Quiero creer que la intención de mis papás era buena y sólo pretendían darme una adecuada formación escolar, pero les voy a contar lo que sucedió. Estaba en primero primaria y empecé a estudiar en una escuela pública, donde daba clases mi tía. Yo era muy feliz allí; no dejaban muchos deberes, las niñas eran mis amigas y los niños nuestros enemigos, como corresponde a esa edad.
De pronto, sin mayores explicaciones, mis papás me sacaron del paraíso y me mandaron a un colegio bilingüe, de esos que ofrecen educación integral y dan las clases en inglés, con libros de los Estados. Yo no encajaba en aquel lugar extraño.
No todo fue malo, lo reconozco. Una de las profesoras, Mrs. Elizabeth, era una señora amable que de tan buena que era, nadie le hacía caso y sus clases eran la prolongación del recreo, un barullo bestial que ella intentaba apagar con su voz suavecita, aventurando frases en un español menos que elemental: “¡orejas para mi boca, please!”, “¡ojos al pízaro, please!” Nadie la oía, ni miraba lo que había escrito en el pizarrón, excepto yo, que siempre fui reacia a la anarquía.
Para equilibrar el universo estaba Miss Helga, que daba miedo, parecía la guía espiritual de Hitler. Me atravesaba con sus ojos felinos asegurando que para aprenderlo bien, yo tenía que pensar en inglés. Y me esforzaba muchísimo en eso, lo juro. En cuanto ella entraba con paso marcial al salón, yo empezaba a repetirme: “Debo pensar en inglés, debo pensar en inglés, debo pensar en inglés”.
De pronto, mi mantra se interrumpía cuando me daba cuenta de que todos en general, y Miss Helga en particular, me miraban como esperando algo. Ella me había hecho una pregunta, cuya respuesta yo ignoraba, claro está. Entonces montaba en cólera y soltaba una jerigonza en inglés que yo solía interpretar correctamente: ¡váyase a la dirección ahora mismo!
A mí me aterraba ir a la dirección, eso era para los rebeldes, los anarquistas y los proscritos, no para mí. Pero tenía que cumplir la sentencia. Entonces salía del salón con el corazón bailando tap, las piernas temblando, y repitiendo en mi mente: “debo pensar en inglés, debo pensar en inglés, debo pensar en inglés”.
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