Por esos azares inexplicables de la genética, resulta que yo tengo una hija deportista.
A resultas de ello, me encontraba yo el sábado pasado a las siete de la mañana en los graderíos de la Dirección General de Educación Física, en la zona 11, en el torneo nacional de taekwondo.
Para mí fue aquello una experiencia inédita con aspectos muy positivos, como la convergencia de niños provenientes de diferentes medios y lugares del país, todos hermanados en la disciplina y la competición. El gimnasio estaba abarrotado de familias que llegaron a prodigar su apoyo a los jóvenes atletas. Un coro de abuelitos, papás, hermanos y amigos le hizo sentir a los niños que no estaban solos en el esfuerzo.
Por todo eso, cien puntos. Lástima que lo bueno se vio empañado por una serie de circunstancias que quiero compartir, porque desnudan nuestras taras sociales y la lamentable situación del deporte.
Para comenzar, las competencias se demoraron casi una hora. Yo no soy la madre de la puntualidad, pero tampoco me disparo atrasos de ese calibre. No sé si la única causa del retraso fue la ausencia del representante del Comité Olímpico, pero lo cierto es que cuando entró corriendo Sergio Camargo al fin empezó el asunto.
Espero que este señor no haya tenido una emergencia de vida o muerte ni que se le haya olvidado la disciplina militar y sobre todo… que los atrasos de una hora no sean la norma del Comité Olímpico, pues son una falta de respeto y un pésimo ejemplo para los niños, que así aprenden a abusar en función de su autoridad.
El discurso de inauguración del torneo, a cargo también de Camargo, estuvo bastante aceptable y se le aplaudió con entusiasmo. Yo no hubiera tenido nada que señalar si no es porque al cabo de un rato, me puse a platicar con una pareja, abuelos de un competidor de la juvenil, y ellos me indicaron que entre los árbitros del torneo estaba Heidy Juárez.
Me la mostraron y sí… ahí estaba en el piso, regulando el combate de un par de pulgas pertenecientes a la categoría de los más chicos. Me impresionó la actitud de servicio de la campeona, que amorosamente detenía la pelea para amarrarle el peto a los mini combatientes, componerles el casco y darles instrucciones. Era obvio que la medallista estaba ahí con gusto, con alegría y con amor a su deporte.
Desde que la vi arbitrando, sin que ninguna autoridad mencionara siquiera su presencia, siento una gran indignación. Vemos ahí el germen de esa actitud mezquina que tiene en el abandono a Teodoro Palacios Flores y a los atletas en general, que no reciben los beneficios de las millonadas dedicadas al deporte.
Hasta la una de la tarde, cuando yo me retiré, nadie dijo pío acerca de Heidy Juárez, cuando lo correcto hubiera sido que Camargo la llamara al frente al momento de empezar, que pidiera un aplauso del público, que recordara sus victorias en los juegos panamericanos, en los campeonatos mundiales, en las olimpiadas y les dijera a los niños que si trabajan duro, si son disciplinados y se sacrifican, pueden llegar tan alto como ella.
¿Por qué nos negamos a reconocer a nuestros valores? ¿Por qué ese vicio de ignorarlos, de no darles el lugar que se merecen, de no creer que la gloria existe, que tiene nombre, que está a nuestro alcance?
Qué más puedo decirles… Heidy Juárez hizo su trabajo en silencio y luego se fue como cualquiera, como si todo lo que logró no contara… No valiera.
Me resulta incomprensible esa vocación nuestra para admirar a cualquier macaco con carro de lujo, a gastarnos las rodillas en reverencias al poder y al dinero, mientras nos vale madre el verdadero coraje.
Yo bajé las gradas entre el gentío para llamar a mi hija hacia la reja y mostrarle que ahí estaba la máxima figura del taekwondo, la que le abrió el camino a Euda Carías y Gabriel Sagastume. La niña le repitió la información a sus compañeros porque luego no le quitaban los ojos de encima, pero nadie se atrevió a ir a saludarla, a estrecharle la mano. A nadie se le ocurrió gritar “¡Heidy, Heidy!” desde las gradas. A mí tampoco. Vayan estas líneas para corregir una omisión imperdonable: ¡Salud, campeona! Vea www.dinafernandez.com
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
23 comentarios: