El prestigio de dos influyentes ejes de poder –la Prensa y la Iglesia católica– se encuentra cada vez más en entredicho.
Merecidamente afectadas por el peso de sus acciones (tanto como por el de sus omisiones), las patadas de ahogado que hoy, mal y tarde, emprenden para rescatarse a sí mismas del rechazo popular no parecen ser suficientes ni siquiera para disimular el bochorno que ha de darles el verse señaladas de incurrir, de puertas para adentro, en las mismas prácticas que tan airadamente se han encargado de denunciar de puertas para afuera.
Decepciona bastante constatar la monumental hipocresía presente en el seno de instituciones tradicionalmente tenidas como referentes (y, más aún, como garantes) del recto proceder de la sociedad. Al advertir la cantidad de rodeos elusivos que dio (y el montón de años que, en su tentativa, demoró) el rottweiler de dios antes de denunciar frontalmente todos esos casos de pederastia clerical de los que ya tenía conocimiento desde antes de ser investido como sumo pontífice, lo que dan son ganas de vomitar.
No menos repugnantes son, asimismo, los baños de pureza que pretenden seguir dándose los principales medios de comunicación al hablar de “objetividad”, “libertad de criterio”, “periodismo independiente, honrado y digno”, “compromiso con la verdad” y demás sandeces del diente al labio, cuando está más claro que nunca que la función principal de la Prensa dejó de ser la de informar a la ciudadanía de manera responsable, centrándose ahora en entretener (con escandalosas “noticias” a menudo carentes de contexto) a un público cautivo al que consideran ya no como una heterogénea suma de seres humanos pensantes sino como una masa homogénea, manipulable y, ante todo, consumidora.
Tras el engaño, la decepción. Luego el rechazo y la estampida.
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