En un país con tanta injusticia, violencia e impunidad, la producción de libros es más que una locura, una necesidad.
Hace poco le enviamos a la diseñadora el listado de títulos y autores de Ediciones del Pensativo, pensando en un nuevo catálogo con los últimos publicados, el más reciente, Los zopilotes y Su segunda muerte, de Luis de Lión, el profesor de San Juan Obispo secuestrado por los paramilitares en 1984. Era una obra de sus inicios, con cuentos que hablan de la vida de la gente pobre y de esta Guatemala de mis dolores, como decía el título del libro de fotografías de Andrea Aragón. El domingo pasado agarró fuego la bodega donde almacenábamos los libros que empezamos a publicar en 1989, con Ejercicios para definir espantos del maestro Carlos Navarrete. Calculamos que entre todos había más de 10 mil volúmenes de literatura guatemalteca y la mayoría se consumió.
No sabemos qué provocó el incendio. Todo parece indicar que fue un corto circuito. El resultado es que perdimos no sólo los libros de papel, sino los relatos, los conocimientos de quienes los escribieron. Y el esfuerzo de cuidarlos, editarlos, distribuirlos. Cuesta creer que ya no van a poder seguir circulando, abriendo caminos, diciéndonos cosas. En otra oficina quedaron los ejemplares de El pájaro sobreviviente del Tecolote. Como decía, estoy tratando de descifrar qué significado tiene este hecho fortuito.
La portada del libro sobre Alaíde Foppa se miraba triste entre las cenizas y el papel achicharrado que fue a parar al basurero. Me despedí con lágrimas de Mario Payeras, El trueno en la ciudad y Fusiles de octubre, así como de La revolución guatemalteca de Luis Cardoza y Aragón. Una foto de Edgar Ruano, autor de Comunismo y movimiento obrero en la vida de Antonio Obando nos hizo recordar el tiempo que pasa antes de que un libro salga a luz.
La historia escrita por Lorena Carrillo sobre la participación política y el trabajo de las mujeres del siglo XX era uno de los que yo más apreciaba, y lo recomendaba como una obra imprescindible. La Colección Nuestra Palabra tenía también Mujeres de la alborada de Yolanda Colom y Ese obstinado sobrevivir, de Aura Marina Arriolla, ambas protagonistas de luchas por transformar el país.
Es una pena que se hayan quemado los poemas de Carolina Escobar, Ruth Piedrasanta, Johana Godoy y Aída Toledo. Y que los cuentos de Rodrigo Rey Rosa y Horacio Castellanos hayan sucumbido en el fuego. No era ese el final para el que se hicieron.
El cariño y la solidaridad que hemos recibido, así como el apoyo con trabajo de tantas personas entrañables son un alivio y un estímulo. Estoy segura que Chito, Vero, Tita, Milo y Silvia están padeciendo por todo el trabajo, el tiempo y el esfuerzo de más de 20 años que se fueron en un chispazo. De corazón agradezco la solidaridad de tantas personas, convencida que leer nos hace más libres.
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