Llegó solo al Gobierno y así se quedó. El vicepresidente Rafael Espada pareciera luchar sin armas en una batalla en la que lleva todas las de perder.
En más de una reunión con periodistas, el presidente Álvaro Colom ha reconocido la dificultad que ha tenido para integrar a su equipo al vicepresidente Rafael Espada. Lo ha dicho con dejo de culpa, sin entrar en detalles y con el cuidado de usar el término adecuado: “poco integrado”, en vez de los que le insinúan los interlocutores: “marginado”, “relegado”, “apartado”.
Públicamente el mandatario nunca ha admitido la notoria división que existe entre su gestión (y la de su esposa Sandra Torres) y el papel que juega el vicepresidente en este Gobierno, que para algunos se resume en una palabra: ornamental.
Lo dicen no solo los funcionarios cercanos a la pareja presidencial. Concuerdan los diputados de la bancada oficial. Los de la oposición. Los miembros de la UNE. Los analistas políticos. Los políticos de administraciones pasadas. El vicepresidente, refieren, es un accesorio en este Gobierno. Una figura que fue útil durante la campaña electoral para captar el voto capitalino y granjearle al partido la confianza de las élites económicas, pero que se tornó en un personaje al margen del núcleo de poder, con poca incidencia política y escasa libertad de acción.
Hay varios elementos para juzgar el papel que juega el vicepresidente en esta administración. Por ejemplo, a Espada se le ve nada o muy poco en las noticias oficiales que el Ejecutivo pauta en la franja nocturna de los canales nacionales. La prensa ha dejado de cubrir la mayoría de sus actividades públicas por ser de poca relevancia nacional. Las comisiones que preside perdieron quórum. Y cuando protagoniza una noticia de amplia difusión se le vuelca en su contra, como a principios de este año cuando anunció que le había entregado a Carlos Castresana el listado de los mil grandes evasores de impuestos de este país.
“Prepárense porque los siguientes son ustedes”, cuentan que le cantó a un grupo de empresarios que celebraba la captura de Alfonso Portillo. El sismo fue tal que los aludidos, acusados de sobrefacturar y subfacturar, amenazaron con levantarse de la mesa de negociación de la reforma fiscal y el secretario privado de la Presidencia, Gustavo Alejos, corrió disparado a ofrecerles disculpas en nombre de Colom. Las aguas se calmaron después de varias reuniones y de que Espada aclarara que no era una “lista negra”, sino recomendaciones de una organización estadounidense para luchar contra la corrupción.
No ha sido la única aclaración que ha tenido que hacer el vicepresidente. La más reciente fue este mes, cuando criticó que el sistema de prepago del transporte público, que costará US$35 millones al Estado, no se licitó. Por la tarde cambió el sentido de sus declaraciones: dijo que instruyó al Ministerio de Finanzas para que informe sobre las condiciones del convenio y exigió el buen manejo de los recursos. La razón del matiz: una llamada. La más dura y subida de tono que ha recibido de la esposa del Presidente, según se quejó el propio Espada con sus allegados.
A finales del año pasado la señora también le habría enmendado la plana luego de que declarara a la prensa que los datos de los beneficiarios de Mi Familia Progresa debían ser públicos. Una llamada de Torres con la indicación: “no se meta con mis programas”, habría sido suficiente para que las declaraciones del vicemandatario bajaran de tono. Después dijo que los datos debían ser públicos pero que él apoyaba las acciones de Colom pues estaban dentro de la ley y no quería entrar en conflicto con él. Ni una sola mención a la señora.
A sus 66 años, Rafael Espada es un hombre muy ocupado. Fue su agenda llena la que impidió que concediera una entrevista para esta nota. A cambio remitió la memoria de labores de la Vicepresidencia de 2009, la cual amplía sus atribuciones mostradas en la página electrónica: presidir el Gabinete del Agua, de Turismo y el Socioambiental, la Comisión Nacional de Transparencia, el Consejo de Ciencia y Tecnología, la Franja Transversal del Norte, el Plan Trifinio, la Secretaría contra la Explotación Sexual, entre otras.
“Tengo un listado de 120 cosas que hacer”, resumió en una entrevista que concedió al diario La Hora hace seis meses. “Aquí (en Guatemala) somos piloto y copiloto, presidente y vicepresidente, no piloto y llanta de repuesto”, así describió su gestión en una entrevista que otorgó a la compañía de noticias de inversión Winnie, de Estados Unidos, en marzo del año pasado.
Pero en ese afán de demostrar, al menos ante la opinión pública, que tiene muchas actividades a su cargo y que es el segundo de a bordo de este Gobierno, el vicepresidente ha protagonizado incidentes penosos, como el que aún se recuerda en los corros de Casa Presidencial.
En febrero Colom debía recibir las credenciales de una embajadora centroamericana en el Salón de Banquetes del Palacio. Se trataba de un acto en el que sólo participarían él, la diplomática y el canciller Haroldo Rodas. Pero el vicepresidente Espada llegó sin avisar, sin estar invitado, y al canciller no le quedó más que explicarle que, de acuerdo con el protocolo, no podía estar presente.
Ha sido proporcional la disminución de las apariciones del vicepresidente en actos públicos con el incremento de sus reclamos y quejas entre las personas de su confianza. Casi todas las semanas se escuchan en Casa Presidencial y en el Palacio sus reproches de que no lo mantienen informado de las actividades de Colom, que el equipo de comunicación del Gobierno no le promociona sus actividades, que no le informan de lo que pasa en el Ejecutivo. Que no le dan su lugar.
Con la prensa los reproches también son constantes, a pesar de que mantiene relación cordial con los periodistas y siempre les atiende el celular o les devuelve las llamadas. “¿Para qué me toman tantas fotos si no las van a publicar”, reclama a veces a los fotógrafos. “¿Pero va a sacar algo de lo que le estoy diciendo?”, ha preguntado a algunos redactores. Espada ha asegurado que algunos periódicos recortan a propósito las fotos en las que aparece junto a Colom.
“¿Cuál vicepresidente?”, ríe aviesamente un empresario ante la pregunta de cómo evalúa la gestión del vicemandatario. El entrevistado pertenece al grupo de aquellos que vieron en la figura de Espada, durante la campaña electoral de la UNE, a un equilibrio de poderes, el nexo entre el Gobierno y el sector económico. Transcurridos dos años, dice, lo visualizan como una figura relegada cuyas funciones las ejercen principalmente, al menos hasta la semana pasada, Sandra Torres como coordinadora del Consejo de Cohesión Social, y Gustavo Alejos, como el hombre más cercano a Colom.
La figura del vicepresidente se creó en 1966. La Constitución le ordena, entre otras funciones, coordinar a los Ministros. Espada asegura que la cumple, pero los funcionarios del Ejecutivo aseguran que no es así. Antes, cuando el Presidente salía de viaje, Espada acostumbraba a llamar a los Ministros para que le rindieran informes, a veces durante horas. Entonces empezaron a rehuirle. No es a él a quien le rinden cuentas y se le cuadran firmes, cuenta una fuente muy cercana a Casa Presidencial. Es a la esposa del Presidente. Y Espada nunca ha sido del agrado de la señora.
Este episodio se ha escuchado de varias bocas: Cuando Rafael Espada fue invitado a participar en el binomio de la UNE, le pidió a Sandra Torres: “llámame Rafa”. Pero ella marcó distancia desde el inicio. “Para mí, usted es el doctor”. Y el doctor nunca se ganó su gracia. Torres de Colom no solo acaparó las funciones del gabinete social con los programas de Cohesión Social, sino que le impidió a Espada participar en ellos.
Los primeros meses son decisivos al inicio de un Gobierno. Se definen las posiciones de poder y se marcan territorios. Y Rafael Espada, un prestigioso cirujano cardiovascular que ha realizado más de 25 mil operaciones, que vivió 38 años en Estados Unidos alejado de los problemas de Guatemala, que nunca había participado en política partidista y desconocía las marrullerías de los que llegan al poder, llegó a la vicepresidencia casi solo. Y así se quedó.
Lo acompañaban apenas su asistente de toda la vida, Rose Baglia, la estadounidense que se rehúsa a hablar español; su amigo Juan Aguilar que dirigió la Secretaría de Seguridad Alimentaria hasta que los politizados brotes de desnutrición lo obligaron a dejar el cargo y el ex ministro de Salud Eusebio del Cid que dejó la cartera a los pocos meses de asumirla (él sí, por quebrantos de salud).
También se hizo acompañar de Óscar Perdomo, el secretario privado que le costó tan caro. Se lo presentó Roberto Alejos durante la campaña electoral, cuando junto a Christian Boussinot (ahora diputado) coordinaron la campaña en la región metropolitana e iban de puerta en puerta buscando el voto capitalino que tanta falta le hacía a la UNE.
Perdomo, un abogado de 48 años, había desempeñado cargos públicos en distintos gobiernos. En tiempos de Óscar Berger Perdomo ocupó diversos puestos y asesorías, algunos al mismo tiempo. Esos vínculos con el Gobierno anterior generaron suspicacia en el Gabinete de Colom, confía un hombre cercano al presidente. “Daba la casualidad que se filtraba información ventilada en las reuniones donde participaba la vicepresidencia. Y por esa desconfianza hacia su equipo Espada perdió espacios”, asegura.
La sustitución de Perdomo se dio en diciembre de 2009, en silencio, pero en febrero una publicación del diario Siglo Veintiuno sacó a luz que la Contraloría General de Cuentas había detectado que el incondicional consejero del vicepresidente le debía al Estado Q296 mil por cobrar dos salarios, uno como secretario y otro como coordinador del Plan Trifinio y que 4 empleados más también tenían doble plaza.
Las arcas del Trifinio, un proyecto de desarrollo para la región fronteriza de Guatemala, El Salvador y Honduras, también fueron utilizadas para gastos como la compra de una pititanga roja y de pastillas para la disfunción eréctil, el pago de multas de tránsito, ropa y peluquerías.
A Espada, el funcionario que encabeza la lucha contra la corrupción de este Gobierno, se le criticó duramente por no ser capaz de poner orden en su propia casa. Él respondió con reclamos. “Yo esperaría una felicitación a la vicepresidencia por sacar algo tan negativo. Nosotros tuvimos el valor de sacarlo sabiendo que nos iban a criticar”. Pero era tarde. La noticia ya se le había volcado en su contra.
Si la presencia de Perdomo le restó confianza a Espada dentro del Gabinete, el caso Rosenberg la minó más. Sobre todo cuando se supo que el vicepresidente consideró acuerpar las manifestaciones que pedían la renuncia de Colom. El vicemandatario explicó a los periodistas que había recibido por mail más de 1 mil 500 invitaciones para participar en ambos movimientos (el que exigía justicia y el que apoyaba al Gobierno), pero que su equipo de Seguridad le recomendó que se abstuviera.
Un vicepresidente con malicia política probablemente habría sacado ventaja de un momento tan crítico como aquél. Pero el bienintencionado Rafael Espada quiso actuar honestamente ante Colom y las cosas no salieron bien. Un representante de los empresarios cuenta que “Rafa”, como le llaman, después de juntarse con algunos empresarios que al igual que él son amantes de las motocicletas, llegó a contarle a Colom que el sector privado le había ofrecido su lugar (el del Presidente) y que él, por la lealtad que le debía, se rehusó. “Colom se puso furioso y nos reclamó. Hasta que lo convencimos que no era cierto”, asegura la fuente.
En su intento por tener buenas relaciones con la prensa, el vicepresidente mandó construir un salón detrás de su oficina donde funcionó años atrás un cuarto de escuchas telefónicas del Ejército. Al inicio, los periodistas llegaban cada lunes a las 8:00 horas para conversar con él, pero poco a poco varios dejaron de ir cuando los temas a tratar no eran de la coyuntura nacional, sino sobre asuntos de interés del vicemandatario, como la ciencia y el arte, y que suponían poco interés periodístico.
Pasó algo similar en las reuniones de la Comisión Nacional de Transparencia que creó el vicepresidente. La instancia convocó a más de 25 personas, entre ellas diputados, ministros y directores y asesores de dependencias, pero no consiguió su participación. “Era demasiado burocrática e inoperante. Llegábamos a hablar de generalidades y a revisar planes de trabajo. A perder el tiempo”, explica Alejandro Urízar, director de Acción Ciudadana.
Esta organización optó por tratar los temas de combate a la corrupción directamente con el vicepresidente. Casos puntuales como nepotismo en alcaldías, el cabildeo de la Ley de Acceso a la Información Pública y la línea para denunciar corrupción caminaron bien con este método.
Pero otros temas prioritarios se quedaron estancados, como la prohibición de contratar ONG para ejecutar obra pública y la aprobación de la ley de fideicomisos públicos, enumera Rosa María de Frade, diputada de la Bancada Guatemala invitada en la comisión. Otros diputados como Boussinot simplemente dejaron de asistir al igual que los delegados de Cacif.
Al vicepresidente, lo describen quienes han tratado con él como “un tipazo”, un hombre honrado, trabajador incansable, con altos valores éticos y vocación de servicio. Ejemplo: a sus elementos de seguridad les compró trajes en Saúl E. Méndez, les da un vale de Q500 mensuales para comprar en el supermercado y compró una casa al lado de la suya en la zona 14 para que descansen cómodamente.
Su pecado, y su perdón, es su pobre conocimiento del quehacer político y la poca incidencia que ejerce en el Ejecutivo. Su capacidad de cabildeo en el Congreso es casi nula, al igual que dentro de la UNE, de la que no es miembro. Y si a eso se le suma el poco interés que ha demostrado el Gobierno en promover la transparencia del gasto público (Colom se resistía a la Ley de Acceso de la Información y su esposa negó hasta dónde pudo los datos del Mifapro), se entiende mejor por qué la Comisión de Transparencia, su bandera de batalla, está en impasse y la secretaría que la coordina va por el cuarto jefe.
Tiene que ver también, acotan varios entrevistados, en que el trabajo del Vicepresidente se ha dispersado en actividades aisladas y de poco impacto político (promueve el Día y Premio a la Transparencia, un programa escolar de “un Día con el Vicepresidente”, una fundación para discapacitados y convirtió su oficina en una galería de arte), crea instancias inoperantes y burocráticas y no ha sido constante con los proyectos que emprende. Otro ejemplo: el problema con el Lago de Atitlán lo asumió Sandra Torres porque Espada se demoró mucho en ofrecer soluciones.
Hay un proyecto de Espada que funciona y marcha bien. Es la Comisión Nacional del Trauma que ya ha capacitado al personal de 11 hospitales sobre la atención de urgencias traumatológicas, la primera causa de mortalidad y de gastos en el sistema de salud pública. La instancia ha captado fondos de Taiwán y la Universidad de Pennsylvania. No cuesta entender por qué sí funciona: Espada creó una similar en Houston, sabe de lo que habla, y los cuatro médicos que la integran en Guatemala trabajan ad honórem y pusieron manos a la obra desde el inicio.
El Vicepresidente, junto con Alejos y la asistente de Colom, son las únicas tres personas que entran al despacho del presidente sin anunciarse. Su relación con Colom es buena, aun cuando el mandatario ha salido a desvirtuar sus declaraciones sobre temas espinosos (como cuando Espada anunció precios topes, el incremento al impuesto al tabaco o la concesión de los aeropuertos).
Pero de eso a que sea parte del equipo Colom-Torres, hay una gran brecha. La semana pasada el “vice” provocó sonrisas en el Ejecutivo al sugerir que él debería ser el coordinador del Consejo de Cohesión porque la población confía mucho en él.
Varias personas que han conversado con Espada sobre su papel en el Gobierno, coinciden en que ha de ser difícil para el connotado cirujano retirado de los quirófanos, médico allegado a la familia Kennedy, distinguido defensor de los derechos humanos, honorable profesional con un alto concepto de sí mismo, ocupar una posición secundaria en una administración que suponía la cúspide de su realización personal, como servidor público.
Si Espada ha considerado renunciar al cargo, solo él, en un arrebato de franqueza, podría decirlo. Él ha asegurado en entrevistas que se siente “encantado” con la vicepresidencia y que su opinión “pesa, a pesar de no tener experiencia política”.
Un experto en lenguaje corporal podría precisar si ésa es la emoción que proyecta Rafael Espada en las actividades en las que se le ha fotografiado recientemente: un tipo de hombros caídos y mirada agachada, a veces con una mueca que insinúa la sonrisa. De momento, los simples observadores, lo último que podrían asegurar es que el prestigioso cirujano se está divirtiendo en la vicepresidencia.
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