No hay vuelta de hoja: la energía eléctrica va a subir en los próximos días. Acabo de revisar la tabla publicada por la CNEE y el aumento en mi casa será del 30 por ciento, a pesar de que varios de mis electrodomésticos funcionan con gas.
Alguna estrategia tendremos que desarrollar con mi familia para evitar que me dé un infarto cuando llegue la próxima factura y supongo que lo mismo hará el resto de afectados: poner más bombillas ahorradoras, desconectar aparatos y fustigar a quienes dejen la luz encendida.
Mientras nosotros desarrollamos un plan, sería bueno que el país hiciera lo mismo. De hecho, más que generar diagnósticos y estrategias, porque ya existen, deberíamos ser coherentes y aplicarlos de manera sensata, en vez de comportarnos como esquizofrénicos a merced de intereses particulares que no aportan al bien común.
Nos estamos lamentando ahora, con el nefasto énfasis de siempre, del incremento a la energía, que va a castigar a la clase media urbana y a las pequeñas y medianas empresas. En la situación económica actual, este cambio bien puede significar la muerte para muchos comerciantes y empresarios (que ahora sobreviven con márgenes raquíticos) y el empobrecimiento para mucha gente (no hablemos ya de capacidad de consumo y menos de ahorro).
Lo más triste de esta situación es que mientras no cambiemos la matriz energética del país, este patrón no hará más que acentuarse. Prácticamente la mitad de la energía que utilizamos en Guatemala proviene de combustibles fósiles, especialmente del petróleo.
No necesitamos ser expertos para saber que el precio de esta mercancía ha registrado una pronunciada tendencia al alza. En el año 2008, el barril de petróleo se llegó a cotizar a más de US$140 el barril. Es cierto que ese incremento estratosférico fue empujado por una burbuja especulativa que al estallar desinfló el precio a US$30. Sin embargo, de eso hace poco más de un año y ya el barril de petróleo se cotiza otra vez a cerca de los US$85.
Quizá falte un buen trecho para que volvamos a ver números que ponen a babear en serio a los productores de petróleo, pero en guerra avisada no debería haber muertos y ya sabemos que ese combustible sólo promete precios altos.
A ello agreguen que la extracción, transporte y uso de hidrocarburos produce daños ecológicos graves. Y para poner la cereza en el pastel, el control de este tipo de recursos ha demostrado ser un dolor de cabeza geopolítico, origen de incontables guerras, dictaduras demenciales y pobreza.
Yo estoy convencida de que el mundo, y Guatemala, estarían mucho mejor si lográramos reducir nuestra dependencia del petróleo. Ahora bien, ¿es eso posible? ¡Desde luego! Existen otras fuentes de energía: el sol, el agua, el viento. El reto es aprovecharlas buscando el mejor equilibrio posible entre los recursos naturales disponibles, las necesidades energéticas, la eficiencia económica y la conservación del medio ambiente.
Guatemala cuenta con muchos ríos donde hace sentido construir hidroeléctricas de todo tamaño, pues con ello reduciríamos nuestra dependencia del petróleo. Además, con el marco jurídico y la supervisión adecuados, se generarían incentivos para conservar e incrementar los caudales y por ende, los bosques.
Todo uso de la naturaleza provoca cambios que habría que analizar, controlar y compensar. Pero dadas las circunstancias del país, la energía hídrica se plantea como el camino más razonable para desplazar a la generada por hidrocarburos.
Lástima que la lógica suele ser impopular en Guatemala. Y ahí va la gente a protestar contra la idea misma de las hidroeléctricas, como si cada uno de los manifestantes fuera dueño de un boyante pozo petrolero.
Lo más curioso es que después de hacerle la guerra a la energía hídrica también protestan contra el petróleo y el alza a la energía eléctrica, como si no hubiera relación entre los ámbitos.
A mí me cuesta entender qué quieren y es ahí cuando uno se empieza a preguntar cuáles serán los verdaderos intereses que impulsan y financian ese movimiento para frenar cambios en la matriz energética y mantener el statu quo.
Vea www.dinafernandez.com.
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