Sobre la ingente necesidad de un amplio bloque intergeneracional de intelectuales críticos y radicales. Con mi abrazo solidario, al GI.
Apesar de haber producido una de las literaturas más ricas de América Latina (desde los textos precolombinos hasta el testimonio posmoderno, habiendo pasado por las vanguardias), nuestro país está constituido –gracias a su bruta oligarquía– por un pueblo iletrado y por ello incapaz de reconocerse en la obra de sus intelectuales. La elite culta, cooptada por la lógica del mercado, atiende al esnobismo que alardea de lo que ignora y no al conocimiento y difusión de su llamada “alta cultura”. Es por esto que nuestro imaginario no rebasa los contenidos pedestres de la industria cultural enlatada en la música ligera de ocasión, el espectáculo efectista del cine comercial, el simulacro tremendista del ‘reality show’, y el amarillismo morboso de los noticieros.
Aunque a estas alturas es imposible salirnos de las coordenadas del mercado y de su lógica cultural porque no hay un “afuera”, sí es posible consumir sus productos con una actitud crítica y radical; es decir, una actitud que resulte del ejercicio libre de nuestro criterio y de nuestra capacidad de ir a la raíz de los hechos para explicárnoslos desde su origen. Es en este sentido que nos hace falta un “bloque intelectual” crítico y radical, o conjunto de personas con la capacidad de orientar al pueblo hacia una nueva cultura, tal como Gramsci entendía esta actividad, a saber:
“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos ‘originales’; significa también, y especialmente, difundir verdades ya descubiertas, ‘socializarlas’, por así decirlo, convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral. Que una masa de hombres sea llevada a pensar coherentemente y en forma unitaria la realidad presente, es un hecho ‘filosófico’ mucho más importante y ‘original’ que el hallazgo, por parte de un ‘genio’ filosófico, de una nueva verdad que sea patrimonio de pequeños grupos de intelectuales”.
Esta es la tarea de un bloque intelectual crítico y radical: divulgar verdades comprobadas para tornarlas base de la acción organizada y elemento de coordinación intelectual y moral de nuestras masas iletradas, víctimas del consumo de la chatarra cultural de la industria del espectáculo y el simulacro. De aquí que la acción periodística escrita, radiofónica y televisiva de corte crítico y radical, sea primordial en una sociedad masificada por la ética consumista que difunden los medios masivos de comunicación, y en la que la actividad política obedece a la lógica cultural del mercado, en tanto se trata ya de espectáculo y simulacro, más que de acción social y veracidad. Es en estos mismos medios en los que la criticidad y el radicalismo deben volverse rentables para no ser silenciados.
Pero la divulgación de verdades comprobadas no agota el trabajo de un bloque intelectual, pues este tiene que deducir de su práctica con las masas un conocimiento único y específico de las mismas, el cual le permita concientizarlas, creando así una nueva cultura junto a ellas, la cual constituirá el factor central de su movilización política como resultado de su toma de conciencia de sí y para sí, y de su participación democrática en la lucha por el control del Estado. Institución esta que sigue siendo el único referente concreto para la movilización de un pueblo consciente y culto, pues sin Estado no tiene objeto alguno la lucha por la democracia.
Urge que un amplio bloque intergeneracional de intelectuales críticos y radicales asuma de inmediato esta tarea.
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