Allá por 1492, cuando las carabelas del Viejo Mundo desembarcan en las playas del Nuevo, la incertidumbre y la ansiedad se apoderan de los europeos. Eso, por la explicación que había que darles a los fieles sobre la aparición sorpresiva de una raza que para nada estaba en sus oraciones. Pero a pesar de que los desconocidos tenían una cabeza, dos brazos, manos, tórax, dientes, piernas y pies, surge la pregunta: ¿los verían como semejantes? ¿Como “prójimo”? ¿Serían capaces de reconocerlos como iguales o se obstinarían en implantarles rasgos fantásticos y deshumanizantes? La primera ola de pensamiento se basó en la absoluta imposibilidad de que los seres que habían aparecido en el mapa tan súbitamente, fueran seres humanos. ¿Cómo?, si según su juicio, sólo había tres razas en el mundo. (Ellas representadas en los tres reyes magos).
Las primeras imágenes de los indígenas de América Latina que arriban a Europa, tenían dos características: el canibalismo y la desnudez. Eso, obviamente los pintaba como todo, menos humanos y “civilizados”. John of Holywood, en 1498, describe así a los recién sorprendidos americanos: “Estos hombres no eran altos, pero bien formados… de color azul y de cabeza cuadrada”. Ya en 1505, como ilustración al relato del tercer viaje de Américo Vespucio, aparece el primer grabado con una leyenda que dice: “Son caníbales, pero viven en un estado de naturaleza en que todo es común, incluso las mujeres. Nunca se enferman y viven hasta los 150 años”. Luego siguen apareciendo imágenes de extraños personajes con cara humana y cuerpo de animal, otros peludos o sin cabeza (Giovanni Botero, 1602: “tienen los ojos en la nariz y la boca en el pecho y van al desnudo”). Se devoraban unos a otros y también tenían la piel roja. En fin, se hizo todo lo posible por desproteger su humanidad.
Siglos después, el racismo colonialista sigue en pie, y hasta se ha desparramado por el planeta como aguacero. La creación de mitos y estereotipos sigue manteniendo la posibilidad de que unos se crean más que otros. La nueva Ley Migratoria de Arizona es un ejemplo claro del derecho que unos creen tener de deshumanizar, machucar, humillar y martirizar a los que nunca han podido ver como prójimo. Ya los latinoamericanos no traen cola ni la nariz en el ombligo. Ya no son peludos, azules o de cabeza cuadrada. Ahora les llaman: migrantes.
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