“No puedo entender qué he hecho o qué haría en esta ciega y amarga tierra”.
El caso de Irlanda es, sin embargo, paradigmático. El Reporte sobre la arquidiócesis de Dublín, concluido en julio de 2009, estableció la manera como las autoridades de la Iglesia y del Estado manejaron las denuncias de abuso sexual de niños. Se trata de las denuncias que involucran a miles de niños abusados, o que se sospecha que fueron abusados, entre 1975 y 2004, en instituciones dirigidas por órdenes y congregaciones religiosas en la arquidiócesis de Dublín. El resultado fue apabullante, doloroso; cargado de frustración. A uno no le queda sino un sentimiento de ira e ignominia. De acuerdo con el reporte, “las preocupaciones de la arquidiócesis de Dublín en cuanto a los casos de abuso sexual de niños, al menos hasta mediados de los años noventa, fueron mantener el secreto, evitar el escándalo, proteger la reputación de la Iglesia y preservar sus bienes. Toda otra consideración, incluyendo el bienestar de los niños y la justicia para las víctimas, estuvo subordinada a estas prioridades. La archidiócesis no implementó su propios preceptos y se esforzó para evitar cualquier aplicación de las leyes del Estado”. Dermot Ahern, el ministro de justicia irlandés, declaró públicamente, luego de conocer el reporte, que tenía un “creciente sentimiento de repugnancia e ira. Repugnancia por los horrorosos y perversos actos cometidos en contra de pequeños niños; ira por la manera como esos niños tuvieron que enfrentar los abusos y por cómo, con frecuencia, los abusadores continuaron libres para seguir abusando…”
Diarmiud Martin, el obispo de Dublín, quien recientemente pidió perdón en nombre propio, admitió que, aunque sentía vergüenza, sabe que unas palabras de disculpa nunca serán suficientes. Según el reporte, en el siglo XX dos diferentes documentos para tratar con el abuso sexual de niños fueron promulgados por las autoridades del Vaticano, pero sus reglas fueron escasamente cumplidas en Dublín. Colm O’Gorman, abusado por un cura cuando era niño y hoy director ejecutivo de Amnesty International en Irlanda, dice que el punto de vista de la sociedad irlandesa era que la Iglesia estaba por encima de la ley. La Iglesia, que ha tenido una política de encubrimiento y de engaño para proteger su autoridad y su dinero. Pero más allá de Irlanda, el significado del reporte —agrega O’Gorman— es que demuestra que, a nivel mundial, la Iglesia católica no está dispuesta a reformarse, a cambiar y a dar prioridad a la protección de los niños por encima de sus propios intereses. “Querida mía —dice Yeats— no puedo entender qué he hecho o qué haría en esta ciega y amarga tierra”.
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