Sin más rodeos: me aterra la idea de pensar que lo poco que puedo aportar a mi país vaya a parar a mantas ultra preelectorales que subliminalmente van promoviendo la imagen de la esposa del Presidente: “Mujer ejemplo. Modelo de madre y esposa”, o a la desdichada alianza donde Torres “sería candidata”. Y aclaro que no es nada personal, simplemente quisiera, como todo ciudadano, supongo, que lo que me descuentan de mi salario no vaya a parar a toallas de playa solidarias. En cambio, espero ilusamente aportar a un libro de texto; a la indemnización de un anciano que sirvió al país durante toda su vida; al resarcimiento de una viuda de guerra; a un mejor policía; al tratamiento para un niño con cáncer; a la compostura del elevador del hospital Roosevelt que lleva toda una vida descompuesto o a un centro de capacitación para jóvenes en riesgo. Estoy de acuerdo con una reforma fiscal integral, justa y equitativa, de eso no hay duda. Pero cuando una campaña empieza año y medio antes, el país se queda en suspenso, atónito, pasmado y nuestros aportes van a parar a un sitio equivocado.
Circula la idea de que a este Gobierno se le esfumó el tiempo. Que ahora se dedicará a oxigenar la crisis. ¡Por Dios!, si falta todo este año y el próximo para entregar la batuta. Todo este tiempo de oro en el que, dicen, ya no pasará nada. Mi abuela me contó la historia de un enamorado a quien quiso en silencio: en una tarde de finca, el hombre la llevó a caballo a una gran ceiba que solitaria insistía en permanecer en medio de un extendido campo. La bajó del caballo y justo cuando iba a besarla contra el tronco milenario, ella sólo dijo con voz definitiva: “lléveme a la casa, por favor”. En el anecdotario de su larga vida, siempre reconoció que ese beso que jamás dio, la marcó más que todos los que dio durante su vida. Cuento esto, porque jamás debemos olvidar que lo que dejamos de hacer también nos marca el corazón.
Al parecer seguiremos pagando las consecuencias de lo que este y tantos gobiernos han dejado de hacer. Educación se debilita de una manera brutal, ahí no está pasando nada y eso, en nuestro contexto, es fatal. El sistema de salud pública ha colapsado y la seguridad está en trapos de cucaracha. ¡No más pelotas ni pititangas! Lo poco que puedo contribuir fiscalmente debe de llegar a puerto seguro. Me niego a seguir de brazos cruzados y pagar campañas precoces. Crudas. Crueles.
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