El vicepresidente Rafael Espada afirmó: “nuestro país es hipócrita, mentiroso y corrupto, suena duro, pero es así, estamos viviendo en una verdad que tenemos que trabajar (…) Es la verdad, ustedes lo saben perfectamente, y esa es parte de la hipocresía, nadie quiere reconocer la verdad, que es tremendamente corrupto e hipócrita, reconozcamos la verdad y basémonos en la verdad, analicémonos nosotros mismos para resolver los problemas de nuestro país”.
Hipócrita es aquella persona que finge cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente tiene o experimenta. Es el farsante, que aparenta lo que no es, no siente o no tiene.
Mentiroso es aquél que dice o manifiesta lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa; induce a error; falta a lo prometido, quebranta un pacto, falsifica algo.
Corrupto es aquel ser humano que deja o se ha dejado sobornar, pervertir o viciar; aquél dañado, perverso, torcido.
Las apreciaciones personales de Espada contrastan con la percepción que tienen los guatemaltecos de sí mismos, recogida a través de encuestas y sondeos de opinión. Los chapines se ven a sí mismos como trabajadores, honrados, emprendedores, amantes de la verdad y la justicia; y, en general, buenas personas. Eso sí, ven a sus gobernantes y políticos como deshonestos, demagogos y simuladores, que se aprovechan de la cosa pública para beneficiarse o favorecer sus intereses personales.
En todo caso, generalizar de la manera que lo hizo Espada es muy arriesgado, porque, indudablemente, en Guatemala hay mentirosos, corruptos e hipócritas, pero no puede tildarse a todos de ser “malandrines” y “malacates”. De todo hay en la viña del Señor, dice el refrán.
Eso de generalizar en todos los órdenes podría llevar a decir que todos los funcionarios del actual Gobierno son incapaces y venales. Aunque el universo es más reducido, estamos seguros que más de algún funcionario capaz y honrado habrá.
No hace mucho, un decepcionado decía que en Guatemala todos, además de corruptos, eran cobardes. Lo de cobardes, porque eran pusilánimes, sin valor ni espíritu; indiferentes frente a la cosa pública; y, especialmente, aguantadores con los abusos y despropósitos de los gobernantes. ¡Sabrá Dios!
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