Circula por Internet un texto en Powerpoint intitulado La diferencia, que se pretende didáctico y asegura que somos pobres como país debido a nuestra falta de carácter para practicar valores como la puntualidad, el deseo de superación, la responsabilidad, etcétera. Y subraya que de estas y otras actitudes depende el éxito y la prosperidad de los pueblos, exhortándonos a adoptar comportamientos que han hecho que otros países lleguen a ser prósperos y admirables.
A mí me parece muy bien, muy bonito, muy certero, esto de practicar buenas actitudes. A una condición: que haya una entidad central, un “cerebro” institucional o sistema nervioso –por decirlo así–, que recopile, coordine, comunique y decida del funcionamiento de dichas actitudes, y de los diferentes componentes del sistema y subsistemas de la sociedad que también tratan de desarrollar actitudes “adecuadas”.
Doy un ejemplo en un terreno que es vital: ¿Quién va a hacer que la enseñanza del país esté a la altura y deje de producir analfabetas funcionales? ¿Quién va a ponerles parámetros altos y homogéneos a las escuelas para que dejen de contribuir a la producción de cretinos? ¿Quién va a hacer que los colegios y universidades dejen de funcionar como empresas privadas cuyo primer y a menudo único criterio es el beneficio económico, la rentabilidad?
Sin un Estado fuerte, con una alta vocación social (más fuerte que los intereses económicos particulares), sin un sistema político desarrollado, sin una instancia de control (prestada desde afuera, para empezar, puesto que desde dentro jamás la desarrollaremos nosotros solos), no podrán implantarse en el tejido social guatemalteco los “genes” de tan necesarias y deseables actitudes ciudadanas.
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