Luego del colapso de las grandes ciudades del preclásico maya surgió un estado vecino al que S. Morley llamó Naachtún o “piedra lejana”.
Si los antiguos pobladores de las tierras bajas del norte de Petén hubieran observado esa especie de libélula gigante produciendo un ruido infernal y volando sobre sus cabezas, ¿hubieran pensado que se trataba de un dios?
Veinte siglos más tarde, sobrevolar en helicóptero los cien kilómetros que existen entre la pista de Santa Elena y el diminuto claro de bosque en el que se ubica El Mirador, atravesando la tupida alfombra verde que cubre la cuenca, no deja de producir una sensación de inquietud.
Como si en esos minutos que dura la travesía aérea se retrocedieran todos los siglos que nos separan de lo que los arqueólogos conocen como el período pre-clásico maya, mil años antes de Cristo, en los albores de la civilización maya.
Son los días del auge de metrópolis con nombres como El Mirador o Calakmul, que florecieron con gran poder en lo que se conoce como los bajos del norte de Petén y que constituyeron el Reino Can o de la serpiente.
Fueron los años previos a los del nacimiento de una ciudad más pequeña, descubierta en 1916 por un chiclero de nombre Alfonso Ovando y explorada superficialmente por Sylvanus Morley, quien la bautizó como Naachtún o “piedra lejana” hacia 1922. Le puso así por lo “lejos que estaba”, dice Ernesto Arredondo, arqueólogo director del sitio de Uaxactún, quien se inició en Naachtún a comienzos de esta década junto a especialistas de la Universidad de Calgary, Canadá.
En la época de Morley “sólo se conocían Palenque o Tikal”. Naachtún quedaba igualmente lejos de Yucatán, donde estaba Morley o del área central de Petén.
Fue probablemente su lejanía lo que hace que la ciudad quede olvidada por 70 años, recibiendo las visitas esporádicas de aventureros o de los infaltables “huacheros”, los saqueadores de sitios arqueológicos.
Carla Molina, de Especialistas en Ecoturismo y Aventura, visita el sitio desde hace 15 años y cuenta que guió a las pocas expediciones recientes al lugar, como la de la Universidad de Calgary, y la de la BBC de Londres que realizó el documental The Lost of the Maya. “Tengo 14 años de llevar gente a El Mirador. Naachtún es increíble, tiene estelas muy bien trabajadas, que tienen mucha información sobre el período Clásico Terminal”, comenta.
La ciudad del medio
¿Por qué se interesaron nuevamente los arqueólogos en esa “piedra lejana” después de casi un siglo de haber sido visitada por primera vez? En las discusiones teóricas que se sostenían durante los años noventa, cuenta Arredondo, había –y aún persiste- una gran duda sobre una ciudad misteriosa, invisible, que según las pistas “debía de haber existido”.
“En ese entonces la discusión sobre las guerras entre Tikal y Calakmul ganó mucha notoriedad. Se sabía que había existido un Estado que interactuó con estas dos ciudades en medio de la guerra. A veces a favor de Tikal, a veces con Calakmul”.
A esa ciudad se le conoce como Masul, y los arqueólogos supieron de ella por un glifo que aparece consecutivamente en un altar y una estela de Tikal; en otra estela de Calakmul y en unas “orejeras” o aretes en Río Azul.
¿Qué significaba el glifo? ¿Cómo lo relacionaron con la ciudad de Masul? ¿Es Masul acaso Naachtún? Una de las líneas de esta hipótesis, cuenta Arredondo, relaciona a Masul con gente pequeña. “No es que fueran cortos de estatura”, sino más bien “enanos”, “duendes”… “Entre los mayas antiguos los enanos estaban asociados a la vida cortesana, siempre aparecen acompañando a los reyes”.
La pista del glifo hizo al epigrafista alemán Nicolai Grube dirigir su mirada hacia Naachtún a comienzos de esta década. El experto dijo “haber encontrado el glifo característico de Masul, en Naachtún”, cuenta Arredondo. Grube creía haberlo distinguido en algunas estelas. Sin embargo, la Universidad de Calgary trabajó luego durante 2 temporadas, en 2004 y 2005, sin poderlo encontrar. “Por lo que pudimos ver en las inscripciones o en su arquitectura, Naachtún bien podría ser Masul, pero nos falta encontrar el glifo”, agrega Arredondo, quien participó en la investigación de los canadienses.
El apoyo de Francia
En 2002, el arqueólogo francés Philippe Nondedeo trabajaba en México cuando la embajada de su país en Guatemala comenzó a interesarse en desarrollar un proyecto que complementara el trabajo que realiza Richard Hansen en El Mirador.
La importancia de Naachtún, comenta Edgar Suyuc, subdirector de exploraciones de El Mirador, reside en que, tras el colapso de El Mirador en 150 d.C, se cree que los sobrevivientes “huyeron a Naachtún. Fue a partir de ahí, que florece esta ciudad”. Según el propio Richard Hansen, “es extraño cómo pudo sobrevivir Naachtún al colapso de El Mirador”. Aunque aún se busca la respuesta, para el estadounidense todo apunta a que se debió al menor tamaño de esta ciudad y su relación con el entorno. “No eran tan grandes como El Mirador, pudieron haber manejado mejor sus recursos naturales”.
Para seguir desentrañando los misterios en torno a esta ciudad, la Embajada de Francia, junto con el Gobierno de Guatemala, el Centro de Estudios de México y Centroamérica (Cemca) y el patrocinio de empresas como Bic, Perenco y la Fundación Pacunam, apoyan un proyecto que se extenderá los próximos cuatro años.
El trabajo más reciente duró apenas seis semanas, y en ese tiempo Philippe Nondedeo y su equipo trabajaron en “precisar la cronología y extensión” del sitio y exploraron superficialmente sus patios, explica el arqueólogo francés. “Uno de los objetivos del proyecto será entender cómo era la vida cotidiana de las elites”. Ya han sido identificados más de 40 patios rodeados de complejos residenciales donde las clases dominantes vivían, relata Nondedeo.
Por ejemplo, en una reciente excavación encontraron una gran cantidad de conchas, “que probablemente provinieron de un sibal”, una “aguada” cercana. Este hallazgo ha despertado la interrogante entre los arqueólogos sobre si las conchas eran para alimentarse o para elaborar artesanías.
Otro de los descubrimientos realizados en este proyecto, del Centro Francés de la Investigación Científica al que pertenece Nondedeo, doctor de la Universidad de París I, Panteón Sorbona, es “una gran cantidad de arroyos, unos naturales y otros hechos por el hombre” que, se presume, les permitieron regular el abastecimiento de agua durante las épocas secas.
Algunas de las rutas por las que Molina conduce a los visitantes de ciudades perdidas como Uaxactún, Nakbé, El Mirador o Naachtún son los restos de las milenarias calzadas que, según comenta Hansen, unieron a la cuenca de El Mirador, como lo hacen las modernas autopistas en EE.UU.
Eso era entonces. Ahora el camino para adentrarse al antiguo Reino Can, o de la culebra, es largo y serpentea durante días a pie por la selva para detenerse sólo brevemente en antiguos campamentos chicleros con nombres como el Yucatán o La Leontina. “Es como viajar en el tiempo. Esas aventuras no son para todo el mundo”, dice Molina.
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