Hay que tomar nota de una serie de eventos que ocurrieron la semana pasada.
La noticia que más espacio informativo recibió fue el hallazgo de rastros de metales tóxicos en la sangre de 23 vecinos de la Mina Marlin, dedicada a la extracción de oro en San Marcos. Luego, el Frente Nacional de Lucha llenó de banderas rojas el centro de la ciudad, muy a lo Venezuela, y presentó al Congreso una petición de nacionalización de la energía eléctrica respaldada por cien mil firmas.
Días antes, campesinos tomaron varios puntos de la ruta Interamericana. Los bloqueos ocurrieron en Sololá y Totonicapán y paralizaron durante 12 horas esa importante carretera. También se reportó que las organizaciones opuestas a la construcción de una planta de cemento en San Juan Sacatepéquez se retiraron otra vez de las negociaciones iniciadas con el Gobierno y la patronal.
Bienvenidos al nuevo escenario de la conflictividad en Guatemala. El tema ya no es la tenencia de la tierra. Al menos ya no es ese el que arroja gente a la calle, ni el que domina las consignas, ni el que se anuncia en blogs y páginas webs.
Ahora el grito de guerra se lanza en nombre de los recursos naturales, las industrias extractivas y los servicios públicos (en especial luz eléctrica, pero posiblemente también el agua).
Este nuevo escenario de protestas es complejo y requiere ser abordado con inteligencia y sensatez, pues el peligro de que las posiciones se radicalicen y estalle la confrontación no es remoto.
Después de una guerra de 36 años que dejó el país henchido de muertos, resulta frustrante constatar cuán fácil resulta caer en viejos patrones de polarización y violencia. El uso de los recursos naturales no tendría que provocar, por fuerza, este tipo de respuesta.
Eso sí, para buscar soluciones, habría que ponerse primero de acuerdo en un par de premisas. La primera, que los recursos de la naturaleza pueden ser aprovechados de manera inteligente y sostenible para el desarrollo integral de Guatemala; y la segunda, que los criterios para encontrar la mejor forma de hacerlo deberían tener un sólido sustento técnico, más que ideológico.
Bajo ese enfoque debería revisarse, por ejemplo, el tema de la minería. Negarse a la posibilidad de explotar la riqueza del país, especialmente en el contexto económico actual, no hace sentido. Ahora bien, eso no quiere decir que debamos permitir que se haga en cualquier parte, a la brava o por pingües centavos. Otros países en Latinoamérica, como Perú y Chile, han logrado desarrollar modelos exitosos. Valdría la pena conocer esas experiencias, analizarlas, discutirlas y evaluarlas, pero no en el aire, azuzando fantasmas, sino con apoyo de datos reales, sólidos y confiables.
En ese sentido, el estudio de la Universidad de Michigan abre un camino más promisorio para abordar estos temas que las medidas de hecho o el despliegue de masas que plantean preguntas sobre financiamientos y respaldos políticos.
La investigación recomienda que se haga un monitoreo exhaustivo y prolongado del área de Santa Catarina Ixtahuacán porque los resultados a los que ellos arribaron, después de tomar muestras de 23 personas en una semana, no son concluyentes. Además, según lo que yo pude constatar en las tablas de datos del estudio, los niveles hallados están por debajo de los indicadores considerados peligrosos.
Vale la pena que alguna institución independiente y con respaldo académico le dé seguimiento a este tema para saber con certeza cuál es la situación y sobre todo, para que se pueda debatir en torno a la actividad minera con información real, no con el petate del muerto.
Ahora bien, todo esto supondría que se quiere evitar la violencia, que nadie tiene la misión de patear hormigueros para generar inestabilidad política y que el auténtico interés es buscar opciones de desarrollo para nuestro país, donde se conjugue la protección del medio ambiente con la generación de riqueza. Esta podría derivarse de regalías o de mejorar nuestras capacidades para producir, competir, atraer inversiones y en suma, multiplicar oportunidades que incuben empleos dignos. Vea www.dinafernandez.com.
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