La crisis de la deuda soberana, como la que ha implosionado en Grecia, que está contagiando a otros pasíses de la Eurozona, como Portugal, Irlanda y España, es muy similar a la que vivieron Argentina y México a finales del siglo pasado.
La crisis de la deuda soberana, como la que ha implosionado en Grecia, que está contagiando a otros pasíses de la Eurozona, como Portugal, Irlanda y España, es muy similar a la que vivieron Argentina y México a finales del siglo pasado. Los comunes denominadores son: un severo desequilibrio fiscal, la negación de la gravedad del problema por parte de los gobiernos y un factor detonante de cualquier tipo, que, en un período de tiempo corto o cortísimo, destruye la confianza de los agentes económicos (nacionales y extranjeros).
Los efectos de la crisis son devastadores: los flujos de capital se cierran, los intereses se elevan hasta niveles impagables y, ante la inminente suspensión pagos (quiebra), países con fortaleza financiera, como los EE.UU. (en el caso de México en 1995) y Alemania (en el caso de Grecia en 2010), entran al rescate.
Por supuesto, no hay almuerzo gratis y, finalmente, los costos tienen que asumirse. En los países europeos con vulnerabilidades fiscales los costos ya se están manifestando: encarecimiento de la deuda soberana, congelación de pensiones, recorte de salarios a empleados públicos, más impuestos para la clase media y el mayor ajuste social desde los años veinte, excluyendo los periodos de guerra y posguerra.
En una reciente entrevista, Yorgos Papandreu, primer ministro de Grecia, cuyo país ocultó la verdadera realidad fiscal, plagada de derroche y corrupción, a sus socios europeos, no tuvo más que reconocer la gravedad de la situación.
Dijo Papandreu, socialista, quien ya ha enfrentado 5 huelgas generales contra el ajuste social, que deben hacerse grandes cambios en Grecia: “recortar la burocracia, un sector público demasiado grande, no porque estuviera destinándose a ayudas sociales, a sanidad y a educación, sino porque era demasiado clientelista”. También se pronunció a favor de la supresión de los favores políticos, del combate contra la evasión de impuestos y de la erradicación de la corrupción. Asimismo, Papandreu acotó que “la combinación de todo esto hizo que el sistema, el sistema económico, no fuera viable (…) Así que de lo que estamos hablando aquí es de una mala gestión (…) Pero al final son los ciudadanos los que tienen que pagar”.
En la última oración lapidaria se resume todo: “Pero al final son los ciudadanos los que tienen que pagar”. El costo de la mala gestión pública, del despilfarro, de la burocratización, de la corrupción y del clientelismo lo tienen que pagar los ciudadanos. ¡Ni más ni menos!
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