El cerebro humano permite realizar tareas de una complejidad extrema. Ha producido sistemas de pensamiento, de Gobierno, tecnología revolucionaria y una serie casi interminable de posibilidades: la comunicación con cualquier parte del mundo es inmediata, la medicina avanza a pasos acelerados, nada parece imposible.
Todo lo anterior podría llevarnos a pensar que pertenecemos a una raza inteligente. Sin embargo, ¿es esto verdad? Desafortunadamente, la raza humana está acercándose al peligro máximo: procurar su propia extinción. Aparte, ha generado un sistema de explotación y administración de los recursos que no puede sino calificarse de perverso: 20 por ciento de la población mundial controla y consume el 80 por ciento de los recursos naturales; con el avance “civilizatorio” la mitad de las grandes selvas se ha perdido y miles de especies de seres vivos se extinguen cada año; estamos llenando de agentes químicos tóxicos nuestras fuentes de agua, el suelo y el aire que necesitamos para preservar nuestra vida.
Las anteriores observaciones nos llevan a reflexionar. Si bien somos una raza privilegiada por una inteligencia excepcional, no hemos sido capaces de generar una visión de la realidad que nos proteja de la autodestrucción. Ello implica la necesidad de un cambio de visión del mundo y la adopción de una ética radical de transformación de un sistema destructivo en el cual hemos navegado más como ovejas que como seres autodeterminados, permitiendo a los poderosos manejar el destino de nuestras generaciones por venir a cambio de un puñado de dulces.
Según el premio Nobel de economía, Joseph Stiglitz, “el legado de la crisis económico-financiera será un gran debate sobre el futuro de la tierra”. Ciertamente este debate es urgente y todos debemos hacerlo nuestro, tanto en el foro público como en el ejercicio de nuestra cómoda vida privada.
Al respecto, me gustaría terminar estos pensamientos con una cita del teólogo brasileño Leonardo Boff: “Vivimos tiempos de urgencia. El conjunto de las crisis actuales está creando una espiral de necesidades de cambio que, si no son implementadas, nos conducirán fatalmente al caos colectivo, pero que si son asumidas, nos pueden elevar a un estadio más alto de civilización… En vez de dominar la naturaleza, nos sitúa en el seno de ella en profunda sintonía y sinergia. En vez de una globalización niveladora de las diferencias, nos sugiere el biorregionalismo que valora las diferencias. Este modelo procura construir sociedades autosostenibles dentro de las potencialidades y de los límites de las biorregiones, basadas en la ecología, en la cultura local y en la participación de las poblaciones, respetando la naturaleza y buscando el “vivir bien” que es la armonía entre todos y con la madre tierra”.
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
8 comentarios: