Con todo, estamos ya habituados a que, como se dice en idioma chapín, nos metan la pacaya. O, en este caso, el pacaya. Ahora es el volcán del mismo nombre el que, con sus estertores incandescentes, su lava y su ceniza, viene a complicarnos la existencia y a cobrarse la vida de un osado (o imprudente) periodista.
Dejando a un lado las consecuencias dramáticas de semejante fenómeno natural, a mí se me antoja enigmático el que –como sucedió la noche del jueves–, salgas de tu oficina y te topes de pronto con una lluvia de arena negra cayendo del cielo. La arena lo cubría todo: las aceras, los autos, los techos, y hasta la imaginación. Me llevé las manos a la cabeza y descubrí que tenía arena hasta en el pelo, como si viniera de la playa.
Todo indica que los cielos de cada región escupen lo que pueden. En esta parte del globo, se trata de la macondiana arena oscura, áspera y rolliza. En Europa, son más bien copos de agua vaporosos y gélidos, los que tapizan las aceras, los autos, los techos de la ciudad, antes de volverse hielo y lodazales. Jamás olvidaré la expresión de salvaje americano que puse cuando por vez primera se me abrió ante mis ojos toda una ciudad pintada de blanco, como en los cuentos de hadas. Quedé deslumbrado.
Por lo visto, este año el planeta ha empezado sistemáticamente a cobrarse los crímenes que los hombres hemos cometido en su contra. Como si de un organismo inteligente se tratara, la Naturaleza va encontrando la manera de aliviar tensiones y de compensar malestares, incluso a costa de nuestra extinción como especie. Aunque bien visto, y si esto puede servir de consuelo a alguien, Pío Baroja afirmaba que la inutilidad del primer diluvio impide que se nos envíe otro. Pensamiento que yo comparto plenamente y sin reservas, por supuesto.
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