• elPeriodico
  • Deportivo
  • laTarjeta
  • Foto Blog
logo-elperiodico

Guatemala, domingo 30 de mayo de 2010

  • Boletín
  • Especiales
  • Multimedia
  • Portada
  • País
  • Economía
  • Opinión
  • Deportes
  • elMundo
  • Cultura
  • Ciencia & Tecnología
  • Investigación
  • Suplementos
  • Obituario
  • Domingo
OpiniónCartaslaColumna
CulturaelAcordeón
Hi-TechCienciaSalud
GenT & MásSwitchEspacios
ObituarioFunerarias del día

Más en esta sección

  • El discreto encanto de la mujer en la cocina
  • La (r) evolución del celular
  • elPeladero: El opositor sin memoria
  • Shish Kebab
  • Falafel
  • El allanamiento en el Súper Frontera
  • El General en su laberinto
  • La diseñadora de las novias
  • elPeladero:“La Doña” sigue
  • Berenjena Baba Ghanoung

Ranking

  • Más comentado
  • Más leído
  • Más enviado
  • Así matamos a Monseñor Romero
  • Colom: Tormenta más fuerte que “Mitch” o “Stan”
  • Estragos en Patulul, Suchitepéquez
  • Los 370 niños que viven en el limbo
  • Ríos furiosos, inundaciones y derrumbes: “Agatha” llegó
  • Lo que nos deja Agatha
  • Pecados de mi padre
  • El peladero: De caricatura
  • “Agatha” aisla a comunidades alrededor del lago Atitlán
  • ENCUENTRO CON LA MAGA
  • ¿Empleados hambrientos?
  • Natalia Jazz Quartet
  • Simposio arqueológico
  • La figura del mozo colono que se niega a desaparecer
  • Fonseca es clave
  • “Querido Líder” de Corea del Norte padecería de cáncer de páncreas
  • Cheney pudo haber violado la ley con plan secreto antiterrorista
  • (re)Elección de Torres
  • Cambiar el patrón de conducta
  • Torpe decisión

Domingo:

Así matamos a Monseñor Romero

El mayor Roberto D’Aubuisson fue parte de la conspiración para asesinar a monseñor Romero, aunque el tirador lo puso un hijo del ex presidente Molina, dice el capitán Álvaro Saravia. Treinta años después, él y otros de los involucrados reconstruyen aquellos días de tráfico de armas, de cocaína y de secuestros. Caído en desgracia, Saravia, arde en el infierno que ayudó a prender aquellos días cuando matar “comunistas” era un deporte.

Carlos Dada

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
Ampliar imágen EP Foto:  Edu Ponces
Más fotos
EP EP EP
Comienza a leer despacio, en voz alta: “Algunos años después de asesinar a monseñor Romero, el capitán Álvaro Rafael Saravia se quitó el rango militar, abandonó a su familia y se
mudó a California”. En la mano sostiene varias páginas con la impresión de una nota periodística publicada hace cinco años. Se reacomoda los lentes –dos grandes vidrios sostenidos por un alambre–. Tiene las uñas rotas y sucias, y los ojos muy abiertos y agitados. Alertas. Vuelve a leer el primer párrafo. “Algunos años después de asesinar a monseñor Romero, el capitán Álvaro Rafael Saravia…”. Hace una pausa y repite ese nombre, que no ha dicho en mucho tiempo: “El capitán Álvaro Rafael Saravia”.

 

Levanta la cabeza y me mira fijamente.

–Usted escribió esto, ¿verdad?

–Sí.

–Pues está mal.

–¿Por qué?

–Aquí dice, “Algunos años después de asesinar a monseñor Romero”. Y yo no lo maté.

–¿Y quién lo mató?

–Un fulano.

–¿Un extranjero?

–No. Un indio, de los de nosotros. Por ahí anda ese.

–Usted no disparó, pero participó.

–30 años y me voy a morir perseguido por eso. Sí, claro que participé. Por eso estamos hablando. 

 

Tiene las manos gastadas por la miseria y el trabajo del campo. Unas manos que nada tienen que ver con las de aquel piloto de la Fuerza Aérea convertido en lugarteniente del líder anticomunista salvadoreño Roberto D’Aubuisson, y después en repartidor de pizzas, lavador de dinero para la mafia colombiana y finalmente en vendedor de autos usados en California. Ahora ya no es nada de eso. Perdió un juicio al que no asistió, en el que fue encontrado culpable del asesinato de monseñor Romero.

–Cuénteme cómo fue.

–Se lo voy a contar todo, pero despacio. Esto es largo.

 

***

 

En 1979, Saravia, un indisciplinado capitán de aviación, querido por todos sus compañeros pero demasiado inclinado por el alcohol y las reyertas, terminó convencido por el mayor Roberto D’Aubuisson de trabajar con él en la formación de un frente anticomunista. Lo convenció en las visitas que D’Aubuisson, un mayor del Ejército experto en inteligencia contrainsurgente, hacía a los cuarteles de la Guardia Nacional para reclutar a los oficiales para su lucha.

El mayor D’Aubuisson fundó un par de años más tarde el partido ARENA y se convirtió en el máximo líder de la derecha política salvadoreña. Fue también el presidente de la Asamblea Constituyente de 1983 y prominente miembro de la Liga Anticomunista Mundial.

El capitán Saravia aún recuerda cómo, sentados en la arena de una playa salvadoreña y con una botella de ron entre ambos, D’Aubuisson lo terminó incorporando a su movimiento. Se perdió 15 días con él, se fueron a Guatemala, y le pusieron sueldo, un carro y lo demás que necesitara para cumplir el encargo del mayor: “Me vas a llevar unas cosas a mí, particulares”.

D’Aubuisson murió en 1992 de cáncer en la lengua, tras haber llevado a su partido a la presidencia de El Salvador y poco después de la firma de los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la guerra civil. Para entonces, el capitán Saravia ya vivía en Estados Unidos, se había librado de un juicio en El Salvador por el asesinato de monseñor Romero y de otro en Estados Unidos por lavado de dinero. Se mudó a Modesto, una pequeña ciudad en el centro de California, y ahí vendió carros usados hasta 2004.

En octubre de ese año comenzó a huir de sí mismo, cuando el Centro para la Justicia y la Rendición de Cuentas (CJA), una organización no gubernamental con sede en San Francisco, California, le metió un juicio civil que lo encontró culpable del asesinato de monseñor Romero y lo condenó a pagar US$10 millones a los familiares. Saravia desapareció poco antes del juicio y ahora vive oculto. Ha vuelto a un país en el que se habla español.

De él me dijo alguna vez un viejo arenero con fama de duro: “Saravia estaba loco. Te veía con un dolor de muelas y te preguntaba qué te pasó. Le decías que un dentista te jodió y al siguiente día el dentista estaba muerto”.

El capitán Álvaro Rafael Saravia fue un activo miembro de un grupo señalado como responsable de asesinatos y torturas, un escuadrón de la muerte. “Un psicópata”, lo llama Ricardo Valdivieso, uno de los fundadores de ARENA.

El Archivo Nacional de Seguridad de Estados Unidos consigna información de la embajada de ese país en San Salvador, notificando a Washington el secuestro y asesinato de Carlos Humberto Guerra Campos en 1985. Su familia pagó el rescate, pero él nunca apareció. Según la embajada estadounidense, los secuestradores fueron el capitán Álvaro Saravia y “Tito” Regalado, el hombre que posteriormente sería jefe de seguridad de la Asamblea cuando D’Aubuisson asumió la presidencia del Órgano Legislativo.

Saravia vivió rodeado de secuestradores y asesinos, pero niega su participación en este u otro asesinato. “Yo no dirigí nunca una operación para ir a matar a nadie. Se lo digo francamente”. Se le olvida que estamos sentados aquí precisamente porque participó en el asesinato más trascendente de la historia de El Salvador.

No niega la participación de su jefe, el mayor Roberto D’Aubuisson, en operativos clandestinos para matar a seres humanos, pero alega que esto lo hacía mediante contactos en otros cuerpos de seguridad.

En su agenda, que le fue capturada en la finca San Luis pocos días después del asesinato de monseñor Romero, están consignadas varias listas de armas y el teléfono de un hombre llamado Andy. Andy del Caribe. Un traficante de armas estadounidense que traía desde su país, por tierra, camionetas llenas de armamento que disfrazaba bajo revistas “Playboy” que regalaba gustosamente a los agentes de aduanas en todas las fronteras. Esas armas, dice Saravia, eran para su uso personal y para armar a los miembros del Frente Amplio Nacional, el FAN, que lideraba D’Aubuisson antes de fundar ARENA.

De su rompimiento con el mayor al que servía hay dos versiones. Una es la suya, según la cual se cansó de esa vida agitada y no sentía ya la confianza de D’Aubuisson, por lo que partió a Estados Unidos. Otra es de Ricardo Valdivieso, fundador de ARENA y ahora director del Instituto Roberto D’Aubuisson: un día, durante las largas temporadas que pasaban en Guatemala conspirando, les llamaron de una cantina en Izabal para decirles que el capitán Álvaro Rafael Saravia estaba peleándose con varios hombres. Cuando lo fueron a traer, Saravia golpeó también a D’Aubuisson, y ahí acabó la relación.

Del asesinato de monseñor Romero, Saravia alega que él no participó en la planificación, y pretende probarlo asegurando que el día del crimen él no llevaba más armas que las dos que portaba siempre. “Si usted mata es porque va a tener… anda con un machete aunque sea en la mano, un cuchillo, una gillette, un tenedor, cualquier cosa, lo que le vaya a meter, un lapicero, pero usted no me viene a mí a decir fijate que necesito un carro…”. 

No hay órdenes de captura en contra del capitán Saravia, salvo en Estados Unidos, donde lo buscan para deportación. Pero no importa porque no está ahí. Hace algunos años habló con el periódico estadounidense “The Miami Herald” para adelantar que había pedido perdón a la Iglesia y que contaría todo en un libro. No dijo que donde vive ni siquiera hay papel y que el vecino más cercano que sabe leer y escribir vive a 20 minutos de su casa. A falta de libro, quiere contar todo en una entrevista.

Nos citamos la primera vez en un pequeño hotel, de un pequeño pueblo, al que llegó después de cinco horas en las que combinó la caminata a campo traviesa, el aventón en pick ups y dos buses. Yo lo recordaba como aquel hombre gordo, con relieves en la papada, el bigote y el cabello rubio que aparece en el cartel de “Se Busca” que publicó el Departamento de Migración y Aduanas de Estados Unidos en 2004, “por sospechas de violaciones de derechos humanos”. Esa foto, en la que el cuello y el torso se confunden adentro de una camisa hawaiana, adornó mi refrigerador durante más de un año, mientras lo buscaba en California. Así esperaba encontrar a uno de los asesinos de monseñor Romero. Gordo, bronceado y con una camisa hawaiana. Me topo en cambio con un anciano demacrado, flaco, con la piel marchita y lacerada; el rostro oculto detrás de una barba canosa y silvestre, y con un profundo olor a rancio. Qué pequeño se ve.

 

–¿Y por qué quiere hablar ahora?

–Por mis hijos. Es que hasta ellos me ven como Hitler.

 

Por primera vez desde que empezamos a conversar, Saravia agacha la cabeza. Aprieta la boca. Está solo en esta mesa en la que también estoy yo. Y soy yo quien rompe el silencio.

 

–¿Hace cuánto no habla con ellos?

–¡Uffff! ¡Uffff! ¡10 años! Me recuerdo de ellos todos los días. Aunque hasta miedo tengo de hablarles yo.

 

Durante las siguientes jornadas el capitán Saravia confesará también otros motivos para hablar: de todos los involucrados, es el único juzgado y el único que vive escondido. Amado Garay, el chofer, también vive oculto, pero en condición de testigo protegido de Estados Unidos. Pero es preciso subrayar algo: la primera condición para vivir escondido es estar vivo. Otras cinco personas involucradas en este crimen, o en su ocultamiento, no pudieron esconderse. Una murió decapitada, otra se suicidó, otra desapareció, a otra la mataron en un retén en la carretera. Otra terminó en pedacitos. En Guatemala. Eso dicen. Pero de esta última no hay nombre ni certificado de defunción.

Es cierto, Saravia es el único que vive escondido. Ha intentado, en reiteradas ocasiones, comunicarse con algunos de sus antiguos compañeros de lucha, pero nadie le ha respondido. “30 años han pasado y sigue la misma mierda. Ya no tengo nada que ocultar. ¿Para qué? Ya más hecho mierda de lo que estoy, cómo voy a estar. ¡Nada! A mí se me hace que hay una conspiración de que no quieren saber quién putas mató a Romero”.

Él mismo ha sido parte de esa conspiración, pero ahora está solo. Su único amigo es un hombre que tiene un viejo pick up y una pequeña propiedad rural. Ahí hay una cabañita de madera, parecida a la del Unabomber, compuesta por cuatro paredes con una ventana que protegen un piso de tierra y nada más. Ahí vivió Saravia más de un año, hasta que se metieron los ladrones y le robaron un cincho y una camiseta y un machete, que era lo único que tenía.

La segunda vez que nos vemos, en el mismo hotel, baja de su cuarto 15 minutos después de la hora convenida. Viene pálido.

–¿Qué le pasa, capitán?

–Acabo de verme en el espejo. Tenía cinco meses de no verme en un espejo.

 

***

 

Ahora comienza a hablar. Me deja sacar una grabadora y dice: “Dele, Carlitos, que esto se va a poner bueno”. Quiere mencionar nombres. Solo hace una solicitud: “Que los capturen. ¡Que les peguen una apretada de huevos como hacían antes, a ver si no cantan!”

El juicio en su contra se basó principalmente en dos elementos: uno, el testimonio de Amado Garay, el chofer que condujo al asesino hasta la iglesia en la que monseñor Romero daba misa el 24 de marzo de 1980; y dos, la agenda que el Ejército le capturó en marzo de ese mismo año, en la que se consignaba un operativo llamado Operación Piña cuyas características coinciden con las del asesinato. “No he visto esa agenda desde que me la quitaron”, admite Saravia. “Yo no podía andar en la cabeza todas mis cosas, así que las anotaba en una agendita, era natural que las anotara. Ahí estaba la Operación Piña, que la habíamos llevado desde hace tiempo, que recogíamos unas granadas en la frontera con Guatemala”.

Le enseño una fotocopia de su agenda y el capitán recibe un golpe del pasado. La observa detenidamente. La Operación Piña incluye un tirador. Extraño porque no se necesita un tirador para ir a recoger granadas a la frontera. “Sí, eso es cierto”, admite. Sigue observando esa paginita, con el título Operación Piña y, de pronto, el capitán Álvaro Rafael Saravia tiene una epifanía. “Esa no es mi letra. Esa es la letra de Roberto”.

La letra, efectivamente, es distinta a la que aparece en las demás páginas de la agenda. ¿Por qué habría consignado Roberto D’Aubuisson la Operación Piña en la agenda de su lugarteniente? Saravia no lo sabe, pero hay alguien que sí. 

En 1980 el coronel Adolfo Arnoldo Majano era miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno y uno de los últimos militares que aún creían en una salida negociada al conflicto. Fue él quien ordenó la captura de D’Aubuisson y sus seguidores en la finca San Luis, de Santa Tecla, y quien primero tuvo acceso a la agenda Saravia y a su contenido.

“La Operación Piña coincide con los datos de lo que pasó”, dice Majano, “pero no estaba en la agenda de Saravia. Eso es un papel capturado a D’Aubuisson. El oficial del Estado Mayor que me ayudó a sacar las fotocopias lo juntó con las páginas de la agenda para que no se perdiera”.

La Operación Piña aparece escrita en un papel en blanco, sin impresiones de la agenda, y con un sello al borde de la página que corresponde a Mariscos Tazumal, una empresa pesquera fundada por D’Aubuisson y Fernando “El Negro” Sagrera.

Fue D’Aubuisson, y no Saravia, el autor de esa lista que, de acuerdo con la Comisión de la Verdad y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, corresponde al homicidio de monseñor Romero. Esta es la lista:

Operación Piña

1. Starlight

1. 257 Roberts

4. Automáticos

 Granadas

______________

1. Motorista

1. Tirador

4. Seguridad

 

El Starlight es una mira telescópica para rifles de precisión, necesarios para una operación de este tipo. De la calle al altar de la Iglesia de la Divina Providencia hay unos 35 metros, y el tirador necesitaba una mira telescópica.

El 257 Roberts es un rifle calibre 25 fabricado por la casa Remington, muy utilizado para tiro de precisión con mira telescópica. Es dudoso que haya sido el rifle con el que fue asesinado monseñor Romero. La autopsia revela que recibió un proyectil calibre 22 en el corazón. Pero el tirador no salió del equipo de D’Aubuisson, sino del otro conspirador: Mario Molina, hijo del ex presidente Arturo Armando Molina. Mario Molina aportó el asesino, el arma y el equipo de seguridad.

Los cuatro automáticos y granadas estaban en la lista como parte del armamento de los cuatro elementos de seguridad que acompañarían el operativo.

El motorista salió del equipo de D’Aubuisson, bajo la supervisión de Saravia. Amado Garay, un ex soldado oriundo de Quezaltepeque, condujo al asesino frente a la puerta de la iglesia y después lo llevó a un lugar seguro. Garay –hasta hoy el único de los participantes en la operación que había dado su testimonio– vive en Estados Unidos bajo el programa de protección de testigos.

El tirador es salvadoreño, ex guardia nacional y era miembro del equipo de seguridad de Mario Molina. El 24 de marzo, de un disparo certero, acabó con la vida del arzobispo de San Salvador.

Saravia solicita que los capturen. Hace una segunda solicitud al día siguiente. Me pide que lo lleve a la ciudad más cercana que tenga un Burger King. Cuando vivía en Modesto, California, cerraba la venta de autos y camino de su casa pasaba todos los días comprando una Whopper doble. Esta vez, aquí, me pide un favor especial:

 

–¿Me podría comprar dos?

–Tiene usted hambre, capitán.

–La otra es para mañana. Me la quiero llevar a la montaña.

–Pero de aquí a mañana se le va a podrir.

–Si yo todo lo que como está podrido, no se preocupe.

 

Para encontrar a Saravia hay que bajar al infierno. Hace varios kilómetros que se terminó el mundo y en este paraje sólo habitan gentes con deseos de despedazarse a machetazos y emborracharse para engrosar el número de viudas o al menos mitigar el dolor de las gusaneras. La hombría, aquí, se mide por muertos. Allá va Danilo, que ya mató a tres; Tomás acaba de regresar, andaba huyendo porque mató a su hermano.

El paisaje parece copiado de un cuadro naturalista del siglo XIX. Bosques de pino apenas interrumpidos por pequeños páramos en los que se alzan aldeas, verdes y hermosas si no fuera porque han sido levantadas por la miseria y el garrote. Los niños deambulan desnudos y las mujeres a los 30 años parecen ancianas, sin dientes, con las manos curtidas y los pechos caídos de tanto amamantar criaturas.

Una niña de cinco años se acurruca para defecar en el monte. El microcosmos que se apoderó hace tiempo de su sistema digestivo desecha los alimentos en forma de una diarrea verde, apestosa. No ha terminado cuando ya algunas moscas comienzan a invadir la escena. Al acecho, un perro espera a que la niña termine para alimentarse de esa plasta verde. Esta es la cadena alimenticia de la miseria. Aquí no se desperdicia nada.

Solo las moscas tienen la nutrición adecuada. Enormes y ruidosas, se aparean para después desovar en la espalda de las vacas, de los perros, de los niños. A los pocos días, la picadita se va abultando y adquiere vida propia. Es un tórsalo que comienza a moverse solo en la espalda de la vaca, del perro, del niño. Y pica, pica, pica con desesperación hasta que duele de tanto rasparse la espalda. Son gusanos que solo salen a pedazos, exprimiéndolos como una espinilla gigante, morada.

En esta tierra de morenos curtidos por el sol y disminuidos por el hambre y el trabajo del campo, vive El Gringo, un hombre blanco curtido por el sol y disminuido por el hambre y el trabajo del campo. Cuando llegó aquí, hace 3 años, pesaba 282 libras. Ahora pesa 165, come de lo que le regala una vecina y aprovecha las pocas monedas que gana cuando le sale trabajo para comprar alcohol trasegado que le permita recordar su nombre y olvidar de dónde viene y por qué está aquí. La única persona que le ha tendido la mano en este macondo recuerda cuando apareció por aquí: “Cuando vino ni siquiera sabía usar el machete”, dice, burlándose.

El Gringo vive en una pequeña casa de bahareque, con ventanas de madera sin vidrio y con apenas tres prendas de vestir colgadas de una pita que atraviesa el cuarto. Una colchoneta roída y sucia le sirve de cama. Vive aquí de prestado. La dueña de la vivienda barre, mientras le cuenta que alguien le quiere quemar la casa. “Le estuvieron tirando piedras pero ninguna cayó en la ventana, yo pensé que se la iban a destruir”, dice. Los atacantes son algunos de los 10 hijos que ella trajo al mundo y que amamantó y crió hasta cuando tuvieron edad suficiente para asesinar a su propio padre. “De los 10, cinco me salieron buenos”, cuenta. Una noche, hace tres meses, dos de los otros cinco se sentaron a beber en familia con su padre. La conversa terminó en reyerta, hubo gritos y amenazas. “Lo salieron a perseguir y le pegaron con un palo. ¡Ay no!, les dije, ya me lo mataron. Pero no me hicieron caso. Ahí quedó el viejo. Muerto”. Ella misma los fue a denunciar a la policía, que los capturó días después pero que los dejó libres hace dos semanas. Han jurado volver para matar a su mamá.

“Tenga cuidado”, le dice la anciana al Gringo. “Una de mis hijas le va a quemar la casa para quitármela”. Esta mujer no sabe que El Gringo es salvadoreño. Ni que se llama Álvaro Rafael Saravia. Tampoco sabe que es piloto de aviones. Ella nunca ha visto un avión. Tampoco sabe que El Gringo participó en el asesinato de un arzobispo. Pegada a su falda camina su nieta, huérfana de padre, que tiene una hermosa sonrisa y una infección en un ojo.

Treinta años después de asesinar a monseñor Romero, el capitán Álvaro Rafael Saravia está en el infierno.

 

–Claro, es un castigo. Todo donde estaba metido yo era una podredumbre, todos andaban detrás del dinero como sea. Los medios no importaban, pero querían dinero. Enriquecerse.

–Usted también.

–Yo también. ¡Claro! Vaya a verme ahora. He aprendido a vivir con lo que tengo. He vivido con la gente que realmente sufre. Pero sufre una calamidad espantosa. ¡La peor desgracia del mundo! ¡La pobreza! ¿Cómo no iba a ser guerrillero el hombre si estaba viendo que sus hijos se estaban muriendo de hambre? Y cuando iban a cagar cagaban lombrices. Yo agarro mi fusil y me voy a la verga. No lo espero dos veces. Ni tres. Ni necesitan convencerme mucho.

–Hoy la está viviendo.

–La estoy viviendo. En carne propia. Si algún día yo pudiera hacer algo por esa gente lo hago. Aún tomar las armas.

–Cómo da vueltas la vida.

–Ha dado vuelta mi vida. Terriblemente. Y he sufrido a la par de esa gente: que no hay maíz. Vayan a cortar guineos pues. En veces hay maíz y no hay con qué. Entonces a la tortilla hay que echarle sal. Entonces se come con sal. Y en veces no hay. Yo tengo una familia enfrente. A veces me dejan unas cuatro tortillas. Y si eso es ser comunista… Es comunista. En aquel tiempo para todos los que estaban es comunista. Que lo saca, lo trompea de la casa y decirle hijueputa vos andás con la guerrilla. Cambia la vida. Esto no es vida.

 

***

 

Debajo de la cama de Álex “El Ñoño” Cáceres hay dos botellas de whisky y tres de champán. Las esconde cada vez que se va de viaje, pero sus inquilinos saben perfectamente dónde encontrarlas. En esta casa de la colonia San Benito, los hombres que conforman el equipo de seguridad de Roberto D’Aubuisson pasan algunas noches aprovechando que el propietario vive en Miami.

Fernando “el Negro” Sagrera y el capitán Saravia destapan una botella de whisky y comienzan su propia fiesta. Su jefe se ha ido a San Miguel todo el fin de semana, a la casa de unos amigos. Aún no ha vuelto.

Afuera, en el parqueo y la caseta de seguridad de la casa, hay al menos 12 hombres esperando instrucciones. Es domingo, un día tranquilo para la fiesta pero agitado para la política porque es el día en que el arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero, celebra misa en catedral y aprovecha la homilía para hablar sobre la situación del país. “Se hablaba de que la homilía de Romero, que era un hombre que estaba alebrestando a la gente… Eso era comidilla del día en todos lados, la homilía de Romero”, recordará después el capitán Saravia.

Este domingo, 23 de marzo de 1980, monseñor Romero ha dicho unas cosas tremendas. Le habló a los soldados, a los guardias nacionales, a los policías… a todos los cuerpos de seguridad, para decirles que no deben matar a sus hermanos campesinos. Les dijo que la ley de Dios prohíbe matar y que esa ley prevalece sobre cualquier otra. Que no deben obedecer ninguna orden de matar a nadie. “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno, en nombre de Dios: cese la represión!”.

Para el grupo al que pertenecen los dos que ahora beben whisky escocés, estas palabras solo pueden provenir de un comunista. Y el comunista es el enemigo. Es hora de matarlo. Pronto. Aún hay whisky para rato, cortesía de Álex Cáceres.

 

***

 

Temprano en la mañana del 24 de marzo de 1980, el capitán Eduardo Ávila Ávila entra a la casa de Álex “El Ñoño” Cáceres y despierta a Fernando Sagrera y al capitán Saravia. Lleva en la mano un ejemplar de “La Prensa Gráfica”, abierto en la página 20, como prueba de que hoy es un buen día para matar al arzobispo. Esa página repite varias veces los dos apellidos del capitán Ávila Ávila. El periódico anuncia una misa conmemorando el primer aniversario de la muerte de la señora Sara Meardi de Pinto. Su hijo, Jorge Pinto; sus nietos y las familias Kriete-Ávila, Quiñónez-Ávila, González-Ávila, Ávila-Meardi, Aguilar-Ávila y Ávila-Ávila, entre otras, invitan “a la santa misa que oficiará el Arzobispo de San Salvador, en la Iglesia del Hospital de la Divina Providencia, a las 18 horas de este día”.

El capitán Eduardo Ávila Ávila les informa el plan: en esa misa será asesinado monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez. Ya todo ha sido coordinado con Mario Molina y Roberto D’Aubuisson.

D’Aubuisson no está en esa casa. Se ha ido el fin de semana para San Miguel, a descansar a la casa de la familia García Prieto. Les dará las órdenes por teléfono. Ávila les notifica primero que ya tiene al tirador: un miembro del equipo de seguridad de Mario Molina; sólo necesita un vehículo. Eso les toca a ellos. “Mario Molina nos mandaba a pedir un carro… que había que contactar a Roberto (D’Aubuisson). “El Negro” Sagrera se puso a hacer unas llamadas y averiguó dónde se encontraba. Le hablamos por teléfono. “El Negro” Sagrera me dijo: ‘Quiere hablar contigo’ . Le dije, ‘mire, mayor, ¿y de qué se trata esto? A mí me parece raro que nos vengan a pedir un carro’. Las palabras de él fueron: ‘¡Hacete cargo!’. Bueno, está bien, mayor, lo vamos a hacer. Pah. ‘Sí, ahí te lo voy a llevar, ¿a qué horas nos podemos juntar para darte el carro, pues?’, le dije (a Ávila). ‘Mirá –me dijo–, si con seguridad nos vemos unos... pongámosle una hora antes de la muerte de Romero’”. A las 5 de la tarde, en el estacionamiento del hotel Camino Real.

 

 ***

 

Mario Ernesto Molina Contreras nació en cuna de oro. Así se refieren a él y su familia oficiales activos y retirados del Ejército. Hijo del coronel Arturo Armando Molina, uno de los militares más poderosos en El Salvador del siglo XX y que presidió el país entre 1972 y 1977, Mario Molina creció con las comodidades con las que crece el hijo de un presidente militar salvadoreño del siglo XX: con seguridad, impunidad y dinero asegurado; con el sello de nobleza militar; con viajes al extranjero; con los beneficios de ser la parte más alta de la escala social de los uniformados.

Hijo del coronel Molina y hermano del general Jorge Molina Contreras, que fue ministro de Defensa del presidente Antonio Saca, Mario llevó una vida privada y apartada de la disciplina militar.

En la Casa Presidencial de su papá conoció a dos hombres con los que pocos años después coincidió en los movimientos ultraderechistas y que terminaron también involucrados en el asesinato de monseñor Romero: Roberto D’Aubuisson revisaba y ordenaba los archivos de inteligencia y Álvaro Rafael Saravia formaba parte del equipo de seguridad de avanzada del presidente Molina.

En esa Casa Presidencial, según Saravia, se reunió un grupo de guardias nacionales que posteriormente conformaron el equipo de seguridad privado de Mario Molina y de donde salió el hombre que terminó con la vida de monseñor Romero. “Eran miembros numerarios de la Guardia Nacional que le daba protección al Presidente de la República. Ahí estaba gente civil. No andaban uniformados. Acompañaban al Presidente en las giras. Entonces Mario Molina era el hijo menor de ellos. Ya le quedaron específicamente a él de seguridad porque ya los conocía”.

Molina, mencionado en el informe de la Comisión de la Verdad y en el de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ha logrado mantener un bajo perfil durante todos estos años, alejado de la vida pública.

Su hermano Jorge, el ex ministro de Defensa, ni siquiera está seguro de que el hombre mencionado en el informe de la Comisión de la Verdad sea su hermano: “¿No será otro Mario Molina? Hay muchos que se llaman así”. El general informa que su hermano Mario se encuentra fuera del país.

Pocos de los involucrados han dado alguna vez su versión de los hechos. El capitán Ávila Ávila se pegó un balazo pocos años después; el mayor D´Aubuisson murió de cáncer y Mario Molina nunca ha contado su historia. Ahora habla Saravia, el lugarteniente de Roberto D’Aubuisson, quien confiesa su participación en el crimen y el involucramiento de su jefe.

 

***

 

La casa del empresario Roberto Daglio es, como varias de las casas de seguridad, un centro de diversión para algunos de los hombres que rodean al mayor D’Aubuisson. Aquí se realizan entregas de drogas, por las noches llegan camionetas con prostitutas y corren el alcohol y la cocaína. La seguridad hecha fiesta para treintañeros casados, armados y en plena fiebre anticomunista.

El dueño casi nunca está. Roberto “Bobby” Daglio, un hombre de negocios y piloto aviador, pasa la mayor parte del tiempo en Miami, Florida. Abrir su casa a los grupos ultraderechistas es solo una de sus muchas maneras de apoyar la lucha anticomunista desde la distancia.

Según documentos desclasificados del Departamento de Estado de Estados Unidos, Daglio pasó los primeros años de la década de los ochenta reuniéndose en Miami con otros empresarios ultraderechistas en un grupo denominado “Miami Six”, que financiaba operaciones ilegales del grupo de D’Aubuisson. Ese grupo se dedicaba al terrorismo: ordenaba asesinatos, secuestros y la colocación de artefactos explosivos, financiaba a los escuadrones de la muerte y tenía como objetivo destruir cualquier intento de reforma en El Salvador y acabar con todos los comunistas.

Los otros integrantes de este grupo eran, según los documentos del Departamento de Estado que datan de 1981, el propietario de “El Diario de Hoy” (al que identifica en algunos documentos como “Viera Altamirano”, en otros como “Enrique Viera Altamirano” y en otros más simplemente como Enrique Altamirano, quien aún es director de “El Diario de Hoy”, el periódico de la extrema derecha salvadoreña); Luis Escalante; Arturo Muyshondt (en el caso de Muyshondt, el embajador estadounidense en el país, Robert White, admitió en una entrevista con “El Faro” que se había equivocado de nombre. “Estoy seguro de que se refería a su hermano, Roberto Muyshondt”, dijo) y los hermanos Salaverría (Julio y Juan Ricardo).

En Miami, Daglio fundó con Enrique Altamirano la “Freedom Foundation”, o Fundación para la Libertad. Contrataron a la consultora Fraser para hacer lobby en Washington. Fraser se comprometió a cambiar la percepción estadounidense sobre El Salvador, influenciada por “periodistas amarillistas” que titulaban sus notas sobre El Salvador con “el asesinato de monjas estadounidenses y fotos de militares salvadoreños cometiendo excesos”, y no por el “significante esfuerzo del sector privado por responder a las legítimas aspiraciones y deseos del pueblo salvadoreño”.

El 24 de marzo de 1980, en la casa de Daglio, en San Salvador, Saravia coordina la entrega del automóvil desde el cual se disparará contra el arzobispo. Es un Volkswagen Passat, rojo, cuatro puertas, donado a D’Aubuisson meses atrás por Roberto Mathies Regalado, propietario de la agencia Volkswagen, como un apoyo a la lucha anticomunista. Nadie recuerda a nombre de quién estaba matriculado ese vehículo. Sarava también tiene que localizar a Amado Garay, su chofer, para que conduzca el carro.

“Tenía que localizar a Garay, tenía que localizar en qué carro iba a ir… Y desgraciadamente fue en ese carro rojo. O el carro que hubiera sido se hubiera sabido. No sabíamos la planificación. Íbamos a entregar un carro. Claro, sabíamos para qué se iba a ocupar el carro”, recuerda Saravia.

A las 4:30 de la tarde, en el estacionamiento de la casa de Daglio, Amado Garay espera paciente indicaciones de su jefe. Una empleada doméstica se asoma por una puerta de servicio para ofrecerle un pan y un refresco. Saravia y Sagrera están adentro de la casa.

Pocos minutos después, Saravia le ordena que conduzca el Passat hasta el estacionamiento del Hotel Camino Real. Pero antes de que Garay se suba al carro, entra a la casa un hombre fornido, bajo y con voz ronca. Es amigo de Sagrera, pero ha llegado a recoger un encargo. Este es, probablemente, el momento más estúpido en la vida de Gabriel Montenegro. El momento más equivocado, en el lugar más equivocado y con el vicio más equivocado. Una torpeza que va a lamentar el resto de su vida.

Aquí interviene, entonces, su amigo Fernando Sagrera. Le pide que los lleve a entregar el carro. Y se van, los tres, detrás de Garay, al estacionamiento del Camino Real.

No hay mucha vigilancia en el estacionamiento del Camino Real. Es un lugar movido, pero en el que a nadie le extraña ver a hombres armados en marzo de 1980. No hay restricciones de ingreso y está bien ubicado. A veces, algunos desconocidos pasan arrojando cadáveres a la entrada del hotel, pero los tiran afuera, en la calle. No entran.

Ambos carros se estacionan. Garay se queda en el Passat rojo y Montenegro en la Dodge Lancer blanca. El capitán Saravia y “El Negro” Sagrera se bajan a encontrarse con cinco hombres que ya están ahí, en una camioneta blanca. Un hombre alto, delgado, barbado, se sube en el asiento trasero del Passat rojo. Lleva un fusil.

 

–Lo metieron al carro y ahí les dije: ‘Bueno, sacate al motorista porque el motorista lo voy a llevar yo’. No, pero es que no tenemos, que tiene que manejar, porque el carro pidieron ustedes, no, que no sé qué. Entonces se metió “el Negro” Sagrera, como siempre, en esa mierda… ‘Mirá, hombre, dale, que no sé qué, que ya están en esto, que no puede fallar este asunto’. Por último, ¡otra vez vuelvo a meter las patas yo! Al ver que iba a fallar todo… ¡Andate, pues! Entonces viene Garay y se va. Se van para la iglesia.

–¿Y usted se queda ahí?

–No. Nosotros nos vamos a buscar la iglesia. Porque no conocía ni el Negro ni el Bibi ni yo dónde quedaba.

–¿Quiénes van a buscar la iglesia?

–Los tres que estábamos en el carro. Encontramos la iglesia después de un rato y nos parqueamos enfrente. No enfrente, aquí (a un costado de la entrada).

–Y no lo habían matado todavía.

–No. Ahí estábamos parqueados nosotros, no habíamos pasado ni cinco minutos cuando se oyó el disparo. Si es que esos fueron llegando y matándolo.

–¡O sea que usted estaba enfrente de la iglesia cuando lo mataron!

–Sí, estábamos nosotros. Ahí estaba “el Negro” Sagrera, Bibi Montenegro y yo en la parte de atrás del asiento del carro.

–¿Y veía?

–No, no, no. Solo la entrada se miraba. Y el carro estaba parqueado, ese Volkswagen. El carro salió para abajo y dobló a donde estábamos nosotros. De ahí se perdió y nosotros dijimos vámonos.

–¿Y por qué decidieron ir?

–Bueno, nosotros fuimos… hasta imbécil parece ser tal vez… Por saber, por curiosidad, por ir a ver. Ridículo, ¿verdad? Ridículo.

 

Se presenta como un fascista. Lleva una gorra que dice “KGB. We are still watching you”, jeans y una camisa de leñador. Porta un bigote blanco y tupido, cuyos extremos rozan la barbilla, en un estilo que los expertos llaman “camionero” o “trailero”. Gabriel Montenegro, un hombre que lleva casi 30 años viviendo en Norteamérica, acude a la entrevista sin saber exactamente de qué vamos a hablar. “No soy nazi, soy fascista, que es distinto”, dice, para abrir el encuentro. “Creo en las organizaciones de los gremios, y controladas desde arriba. Como en los tiempos de mi general Maximiliano Hernández, que no había mareros. A los ladrones la primera vez el primer dedo. La segunda vez el otro, y así hasta la mano. A los violadores los castraban y a los asesinos les aplicaban la ley fuga”.

Cuando le digo que sé dónde estuvo él el 24 de marzo de 1980, su primera reacción es negarlo. “Eso es falso”, dice. Después pide acogerse a “la Quinta Enmienda”, una provisión estadounidense que da derecho a guardar silencio para no autoincriminarse. Comienza a ver nerviosamente a su alrededor. Con una paranoia que se contagia. Yo también comienzo a ver alrededor, buscando entre las mesas de esta cafetería una mirada torva ocultándose detrás de un periódico o alguien hablando solo, con la boca torcida y un alambre discreto alrededor de su oreja. No encuentro nada. Sigo la mirada de Montenegro, como quien busca algo en el cielo sólo porque la persona de al lado dirige su mirada hacia arriba. En una mesa contigua hay dos chicas que recién estrenan la mayoría de edad. Una lleva falda escocesa a cuadros y una camisa manga corta, blanca. La otra parece recién bañada, lleva jeans y una camiseta amarilla. Toman café y conversan como conversan todas las chicas de esa edad, con una seguridad adulta, madura para sostener el cigarrillo y darle una bocanada, pero con la sonrisa naïf que devela que aún no han terminado de desarrollarse. Montenegro les fija el reojo. Las observa, intentando que ellas no vean que él las está viendo. A mí no me parecen agentes de nada, pero él sabe más que yo de estas cosas. Las colegialas se han convertido ya en sospechosas.

Montenegro enciende su tercer cigarro en 15 minutos, y yo comienzo a leerle el testimonio de Saravia. Da un trago a su botella de agua, observa con dureza a las agentes de la mesa contigua y fuma con intensidad. Le tiembla la quijada. Cuando termino, la sangre se le ha subido a la cabeza y parece que va a estallar en cualquier momento. “Llevo 30 años huyendo de ese día”, dice. En eso se parece al capitán Saravia. “Ni siquiera mi familia sabe que yo estuve ahí. Pero no le voy a dar declaraciones”. Nos despedimos con su confesión sin narración. Al siguiente día, Bibi Montenegro llega al mismo café, pero dispuesto a contarme su 24 de marzo de 1980.

“Yo llegué a esa casa a recoger ciertas cosas que eran para mi consumo, ellos me pidieron un ride y yo se los di. Les dije hay que esperar a esta persona, me dijeron no te preocupés, aquí tenemos nosotros un poco, venite, danos el ride”.

Bibi Montenegro conduce su camioneta Dodge Lancer blanca hasta el estacionamiento del Camino Real. Anda armado con una Colt 45, y cargado con su medicina. A su lado, Fernando Sagrera. Ha traído un arma automática, una subametralladora Hechler & Koch MP 5. Atrás, un hombre del que Bibi Montenegro había escuchado muchas historias, pero al que mira por primera vez: Álvaro “el Chele” Saravia. Este lleva las dos pistolas que siempre carga: una en la cintura, 45 gold K, y otra en el tobillo, la 380. Cuando llegan al estacionamiento del hotel, Montenegro estaciona su camioneta muy cerca del Volkswagen Passat que conduce Amado Garay, y sus dos acompañantes se bajan a discutir con otros hombres. Bibi se queda en el carro, inspeccionando su medicina. Alcanza a ver a un hombre alto y barbado, con un rifle, meterse al Passat, y cuando Saravia y Sagrera regresan, el Passat arranca y se va. Montenegro y sus acompañantes deciden ir también a la Divina Providencia. 

 

–Yo creí que se iban a dar verga con algún militar o algún hijueputa que lo cuidaban. Yo andaba preocupado por mi asunto que fui a traer y nada más –dice Montenegro.

 

Partieron a la colonia Miramonte y se detuvieron dos veces en el camino para preguntar dónde quedaba la iglesia. Cuando la encontraron, se estacionaron a unos 50 metros de la entrada, sobre la calle.

 

–Me miraban a mí bastante nervioso y yo les decía: ¡Puta, miren, aquí nos puede agarrar la policía con estas cosas y va a ser un problema!

 

Saravia y Sagrera volvieron a bajarse del carro. No llegaron hasta la puerta de la iglesia. A casi una cuadra de distancia, esperaron apenas unos segundos hasta que se escuchó el disparo que mató a monseñor Romero. Uno solo. Un estruendo que algunos de los presentes en la misa recuerdan como un bombazo. Una explosión potente, sin silenciador. Un estallido que Gabriel “Bibi” Montenegro no alcanzó a escuchar. Él seguía adentro del carro, concentrado en su medicina.

Saravia y Sagrera se subieron y la Dodge Lancer blanca, con Gabriel Montenegro al timón, partió de regreso a la casa de Roberto Daglio. El conductor no recuerda la conversación en el carro. “Yo iba tan fuera de mí, porque yo había estado tomando mi medicina, que yo no iba poniéndole atención a eso. Yo iba poniéndole atención a que no hubiera un retén. Y yo todavía pregunté: ‘¿Qué pasó?’ ‘No, nada, dale. Andá a dejarnos’. ‘¿Y ahí va a estar la persona?’ ‘Sí, hombre, no te preocupés, quedate con lo que te dimos.’ ‘Ah, vaya, vergón pues’”.

Tres décadas y ocho operaciones de corazón después, Gabriel Montenegro enciende otro cigarrillo. Suspira y los ojos se le humedecen. Le tiemblan la quijada y el bigote. Aprieta los dientes. El cigarro parece sostenido por una mano con Parkinson. Tiene cólera, dice, contra los que le cambiaron la vida ese día. “Si yo hubiera sabido a qué íbamos, quizás no hubiera pasado. Hubieran sido otros los dos muertos”. Otros dos, en un carro en el que iban tres. “Hubiera hecho lo imposible por evitarlo. Sin embargo, como me tuvieron a mi de pendejo ahí, a un pobre adicto dándole su droga. Pero ahora tengo 27 años de estar limpio, gracias a Dios y de los amigos que están allá arriba”.

Según él, hasta el siguiente día se enteró de dónde había estado la tarde anterior. Supo que había ido a matar a monseñor Romero y se alejó para siempre de aquel círculo de salvadores de la patria, de drogas y prostitutas.

Le pregunto si alguna vez le reclamó a D’Aubuisson y a su gente por el crimen. “Sí. Se los reclamé. Y me recordaron que todos los días aparecía gente en las calles. Después en las noticias salió de un carro blanco. Entonces yo le hablé a una amistad y le dije ‘¡Puta, mi carro es blanco, cabrón!’… ‘Deshacete de ese carro y te damos otro’, me dijo. Y ahí cambió mi vida, pues”.

 

***

 

Fernando Sagrera y Álvaro Rafael Saravia eran inseparables. Así los recuerda Marissa D’Aubuisson, hermana de Roberto y creadora de la Fundación Romero. “A todos lados iban juntos, siempre los veía con Roberto”, dice. Saravia en el asiento de adelante, junto al mayor. Sagrera en el de atrás.

Una vez, coincidió con su hermano en la casa de su mamá. Afuera, en una camioneta Cherokee, Saravia vigilaba. Marissa se acercó a hablar con él. “Le dije que si estaba blindada y me dijo que sí, pero que la mayor protección era la pintura. ¿Por qué?, le pregunté. ¿Es antibalas? No, me dijo. Pero tiene tantas capas de pintura que ya resiste todo. Un día es gris y al otro día negra”.

Otro día, su hermano insistió en llevarla a su casa. Ella se negó, porque no creyó muy conveniente para su seguridad personal que los vecinos se enteraran del parentesco con el mayor. Pero ante la insistencia de su hermano, se subió a la camioneta. “No se podían poner bien los pies, porque venía forrada de armas”, dice.

Estacionaron el carro a varias cuadras. Sagrera y Saravia se bajaron, y caminaron con ella hasta su casa. En esos días los dos estaban gordos. El Chele y el Negro. “Es que Roberto no podía dar un paso sin que anduvieran estos dos atrás. Para todos lados iban juntos”.

 

***

 

Fernando Sagrera siempre ha sido hombre de llegar temprano a casa. A las 7 u 8 de la noche. No sabe qué hacían sus amigos después de esa hora, pero él, dice, jamás se metió en nada. Por eso le extraña que tres personas distintas –Amado Garay; el capitán Saravia y Bibi Montenegro– lo involucren con los hechos. “Yo no tengo nada que ver”.

Le extraña más aún el hecho de que estas tres personas no tienen comunicación entre sí, y que dos de ellas coincidan en su versión “difamatoria” justo 30 años después. Le extraña tanto, dice, como cuando lo interrogaron de la Comisión de la Verdad por este mismo crimen, y él les aclaró que no había tenido nada que ver, y aún así lo mencionaron en su informe. O enterarse, justo ahora, de que también es señalado en el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Pero todas estas acusaciones son falsas. ¿Dónde estaba, entonces, Fernando Sagrera, el 24 de marzo de 1980? “No me acuerdo. Si para mí es un día común y corriente. ¿Cómo me voy a estar fijando qué pasó?”.

De Saravia nunca fue amigo, “porque estaba loco. Ese es un alcohólico demente”. Fue, eso sí, amigo de Roberto D’Aubuisson. Muy amigo. “Ese es mi pecado. A Saravia solo lo veía cuando me daban ride a algún lado”.

Tampoco ha matado a nadie, ni participó en operaciones clandestinas. “Fui borracho y pendenciero, eso sí. Pendenciero de esos de darse verga. Pero nada más”.

Sagrera tiene un rostro que no debió haber parecido inocente ni siquiera cuando era un bebé. El ceño fruncido, dos bolsas oscuras debajo de los ojos y un bigote cano componen la fachada de un hombre que durante toda su vida fue conocido como rudo, malencarado y poco sofisticado. “Siempre fue rústico”, dice un amigo suyo.

En 1979, cuando abrieron la pista de carreras de El Jabalí, Fernando Sagrera se asoció con Elías Hasbún y juntos formaron un equipo de autoracing que competía con un Aston Martin propiedad del terrateniente Juan Wright. El carro era ligero, y para llevarlo a la meta de salida Sagrera lo halaba con una cuerda y se paseaba frente a los pits de los demás corredores, amedrentándolos con el Aston Martin a cuestas. A su equipo de carreras, los demás competidores lo bautizaron como los “Really Rotten”, los verdaderamente podridos.

Tiene el cuerpo marcado por las huellas de una quemada. Cuando Napoleón Duarte ganó la presidencia sobre el candidato de ARENA, que era Roberto D’Aubuisson, en 1984, Sagrera intentó hacer una barbacoa de documentos de la campaña, y el fuego se le vino encima. Tuvieron que llevarlo a Estados Unidos, a un hospital militar, a curarlo, a pesar de que él no era estadounidense y de que ni siquiera tenía visa de ese país. Lo metieron por el sistema militar.

Mientras estaba postrado, recuperándose, lo vinieron a interrogar hombres que, cree él, eran de la CIA. “Más que todo andaban detrás de las armas que entraban aquí a El Salvador, (creían) que yo las traía y yo las financiaba”. Ante la presión de los interrogatorios, dice, se fugó del hospital. “Para salirme del hospital me hice chero de un gringo, me fui a las 9 de la mañana y él me tuvo en su casa. Y me obligaron a venirme clandestinamente”.

Sagrera fue, según el capitán Saravia, “la única baja que tuvimos durante toda la guerra”. Además de la quemadura, Sagrera recibió un balazo que él mismo se pegó, sentado en una camioneta.

Sobre el asesinato de monseñor, Sagrera no recuerda mucho. A pesar de que antes ya ha dicho que le extraña haber visto su nombre en el informe de la Comisión de la Verdad, ahora dice que ni siquiera sabía que su nombre aparece en el informe de la Comisión de la Verdad. Porque no lo ha visto. “¿A usted no le sucede que cuando usted no tiene en algo que ver, usted no ocupa la palabra ‘a mí me vale verga porque yo no tengo nada que ver en eso?’”.

De Bibi Montenegro tampoco fue amigo. Le digo que yo sé que el 24 de marzo él iba en una Dodge Lancer blanca, rumbo a la iglesia de la Divina Providencia.

 

–Fíjese que no me cuadra. No me acuerdo, no tengo... no sé.

–Había una tercera persona en ese carro, un amigo suyo. ¿Lo recuerda?

–No.

–Bibi Montenegro.

–¿Este Montenegro de cuáles Montenegros?

–Bibi Montenegro, su amigo.

–Vaya le negaría que no... hoy ya me hizo clic, ¿veá? Sí lo conozco, pero no somos ni amigos ni nada. Yo lo he visto cinco veces en mi vida... tal vez, cuatro.

 

Elías Hasbún recuerda con mucho entusiasmo los días de los “Really Rotten” en El Jabalí. Él y Sagrera, corriendo juntos, y el tercer amigo en el apoyo: Gabriel “Bibi” Montenegro. “Siempre llegaba, como éramos muy amigos, llegaba con su esposa a todas las carreras. El Bibi era como el fan del equipo, después nos íbamos juntos todos”.

Hasbún, conocido como “Urly” en el mundo de los automóviles, todavía corre y todavía, también, mantiene un tallercito especializado en autos de carrera. En 1980 el taller Voglione ocupaba un local alquilado en la colonia La Rábida de San Salvador, a una cuadra de la embotelladora Canada Dry. Ahí varios talleres operaban en el mismo espacio, abierto. Hoy ese edificio es la ampliación de la fábrica de plásticos Mondini. Ahí, asegura el capitán Saravia, llevaron el Passat rojo cuatro puertas desde el que fue asesinado monseñor Romero: “Se le dio la misión “al Negro” Sagrera, de decirle mirá que ese carro hijueputa que no… Que se bote, que se queme. Detrás de la Canada Dry hay una calle. En esa calle hay un taller. “El Negro” Sagrera dice que a ese se lo llevó. Que a esta persona de aquí se lo llevó para que lo destruyera”.

Hasbún dice que no recuerda quién llevó ese carro. “Sí me acuerdo que lo vi ahí, un Passat rojo. Nuevito. Un día llegó y después me enteré que estaba metido en lo de monseñor Romero, pero ya no pregunté más porque en esos días era peligroso andar averiguando. Me quedé calladito”. El carro, dice Hasbún, permaneció casi un mes en ese taller, hasta que un día desapareció y no supo nada más.

 

 ***

 

Dos o tres días después del asesinato de monseñor Romero, el grupo de D’Aubuisson sostiene una reunión en la casa de Eduardo Lemus O’byrne. Saravia conoce de esta reunión, porque él mismo, saliendo de ahí, fue a pagarle al hombre que disparó contra monseñor Romero. Fue a pagarle por sus servicios.

“Yo no conocía al tirador. Ese día lo vi yo en el carro, meterse al carro de barba. Y después le fui a entregar yo personalmente los mil colones que le entregó, que los pidió prestados D’Aubuisson a Eduardo Lemus O’byrne. En la casa de él estábamos nosotros cuando llegaron a decirle que… ¡A cobrar! Y Roberto D’Aubuisson jamás manejaba dinero. Le prestó mil colones a este para entregárselos”.

Eduardo Lemus O’byrne es un conocido empresario salvadoreño. Ha sido presidente de la Asociación Nacional de la Empresa Privada, propietario de granjas avícolas y un hombre muy conocido en los círculos empresariales centroamericanos.

Fue un acérrimo enemigo de la reforma agraria, desde los tiempos del coronel Molina, y se acercó, casi de manera natural, al grupo de D’Aubuisson. De Saravia y Sagrera dice: “Esos eran unos matarifes. Yo con ellos nunca tuve nada que ver. Yo defiendo principios, pero estos se habían vuelto guerreros y mafiosos”. Asegura que nunca, nunca le dio dinero a D’Aubuisson y que, si le hubiera pedido mil colones para dárselos al asesino de Romero, sin duda lo recordaría. “Y no, no recuerdo esa reunión. Esa reunión nunca pasó”.

Lemus O’byrne se separó de D’Aubuisson y los fundadores de ARENA poco después. El 14 de septiembre de 1982, su cuñado, Julio Vega, piloto aviador, desapareció en una pista aérea en Guatemala. “Creo que lo eliminaron porque andaba traficando armas para el FAN”, dice Lemus. El FAN era el Frente Amplio Nacional, un movimiento paramilitar dirigido por D’Aubuisson que sentó las bases de ARENA.

La viuda de Vega se casó poco después con D’Aubuisson, y Eduardo Lemus O’byrne aún no descarta que haya alguna relación entre el homicidio y la relación amorosa. Solo eso explica que, cuando uno de sus amigos comenzó a investigar el crimen, pronto fue amenazada su vida: “Lo trató de matar el grupo de D’Aubuisson, Sagrera y Saravia. Entonces yo le dije a Roberto: conmigo no estés jodiendo, que yo sí te voy a quebrar el culo”.

El capitán Saravia insiste en que el dinero lo puso Lemus O’byrne. “Dio los mil pesitos. Yo mismo se lo fui a entregar. Llegué donde él y le dije, mirá, dice Roberto D’Aubuisson que no quiere saber ni mierda de vos, que te arreglés con tu jefe”.

El dinero se lo fue a entregar al estacionamiento de un pequeño centro comercial en el oeste de San Salvador, llamado Balam Quitzé. Ahí lo esperaba el tirador, ya sin barba, acompañado de Walter “Musa” Álvarez, un extraño hombre que murió asesinado poco después.

“Dio el pisto. Dio los mil pesitos, se los fui a dejar yo y le dije lo siguiente. ¡De ahí yo jamás! De ahí lo empecé a ver a este, a cómo se llama, al, al… llegaba a las oficinas de Daglio, así pasaba. Y (Jorge) “el Chivo” Velado ya era un hombre de edad, andaba con él exhibiéndose. El tipo en la calle y él manejando. Y no sólo lo vi yo, pues. Y le ha de haber dicho a la gente “este fue el que lo mató”. Él sabe los movimientos correctos de él”.

Jorge Velado es ya un hombre mayor. Fue fundador de ARENA y trabajó al lado de D’Aubuisson durante muchos años. Pero eso, dice Velado, nada tiene que ver con el asesinato de monseñor Romero. Solo después de varias semanas de intentos de hablar con él, Velado acepta hacerlo brevemente y por teléfono. “Yo no conocí a ese Saravia, y no me anduve paseando con nadie nunca. Yo de eso no tengo nada que decir”.

 

***

 

Marissa D’Aubuisson recuerda otra escena: pocos días después de la muerte de monseñor Romero, comenzaron a circular los rumores de que Roberto D’Aubuisson había ordenado el asesinato.

Su hermana mayor decidió averiguarlo y confrontó al hermano paramilitar. “Roberto, dicen por ahí que vos tuviste algo que ver con la muerte de Romero”. El mayor D’Aubuisson respondió: “Mirá, mejor callate si no sabés, porque al que mató a ese hijueputa le van a hacer un monumento”.

El asesinato, y los rumores del involucramiento de D’Aubuisson en los escuadrones de la muerte, ayudaron a consolidar su liderazgo entre las filas de la extrema derecha salvadoreña, y lo convirtieron en ícono de la lucha anticomunista.

Algunos años después de participar en el asesinato de monseñor Romero, el mayor Roberto D’Aubuisson se convirtió en candidato presidencial, presidente de la Asamblea Constituyente de 1985 y figura mítica, padre y guía de la derecha salvadoreña. El partido que fundó, ARENA, gobernó El Salvador durante 20 años, hasta que en marzo de 2009 fue derrotado en las urnas por la ex guerrilla, el FMLN.

Saravia, trastornado por el giro que ha dado su vida y su contacto directo con la pobreza y la marginalidad, ha cambiado ya también su manera de ver el mundo. Ahora quisiera fusilar al mismo hombre al que él le entregó mil colones. “¡Que lo fusilen!… Porque no hay pena de muerte en El Salvador, pero merece la muerte. Quisiera creerlo así y quisiera confrontarlo. Porque él sabe. Y si está vivo, ¿qué mejor que agarrarlo?”

Sobre la participación de Roberto D’Aubuisson: “Me dijo: ‘Hacete cargo’. Hacete cargo de entregar el carro, pues. ¿verdad? Ahora, que a la larga, ¿sabe qué pensé yo? Esa fue una orden de matar, pues. ¿Verdad? Yo lo pensé. Yo lo pensé. Yo no sé ciertamente si D’Aubuisson se metió en ese asunto y el pendejo fui yo, que en todo estoy yo, sabiendo lo que sé y lo que le estoy contando quiero saberlo también, y si no me cago en la madre de D’Aubuisson yo. ¿Ah? Por lo menos tengo más…”.

El padre Jesús Delgado, biógrafo de monseñor Romero y quien desde hace años promete que algún día, en un libro, revelará quiénes ordenaron el asesinato del arzobispo, asegura que el mayor Roberto D’Aubuisson fue solo una pieza operativa, no el autor intelectual del asesinato. “A Duarte se le hizo muy fácil descargar toda la responsabilidad en una sola persona. D’Aubuisson sí participó, pero no lo ordenó”, dice.

Con el capitán Saravia pactamos un nuevo encuentro en una cafetería de pueblo. Cuando él llegó, me encontró sentado a una mesa justo debajo de un cuadro que representaba “La Última Cena”. Se detuvo a verla.

 

–¿Por qué se vino a sentar aquí?

–Era la única mesa que quedaba libre, capitán.

–¿Ya vio? Se vino a sentar debajo de “La Última Cena”. Eso tiene que ser una señal.

 

Me dijo que quería una foto bajo “La Última Cena”, y se la tomé con un celular. Abusé y le pedí que posara frente al cartel de “Se Busca” en el que aparecía su foto, y aceptó. Ya en esas, le dije que la próxima vez vendría con un fotógrafo, y aceptó también.

La última vez que nos reunimos, recién había terminado una labor agrícola que le dejó unos cuantos reales machete en mano. Lo encontramos rasurado, con el cabello recién cortado y unas gafas nuevas. “Ahora sí, tómenme las fotos que quieran”. 

Aprovecho para ponerle la grabación de la última misa de monseñor Romero. El capitán frunce el ceño, y escucha atento. Monseñor dice sus últimas palabras: “Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza, a este momento de oración por doña Sarita y por nosotros”.

Se escucha una explosión y el capitán Saravia se estremece. Da un pequeño brinco en la silla. Una corriente eléctrica recorre su cuerpo y se detiene en sus ojos, que ahora sí se abren completamente detrás de sus gafas nuevas y se humedecen. Me mira fijamente sin decir nada por un par de segundos. Respira profundamente.

 

–¿Ese es el disparo?

–Sí, capitán. Ese es el disparo.

Imprimir
Enviar nota
Corregir
Facebook
Twitter
Untitled Document
50% de Descuento, Hospedaje + Desayuno en Palacio de Doña Leonor, Sigue Disfrutando de Antigua Guatemala
Q.760
50%

Descuento

Q.1520

Valor

Agregar comentario:

captcha

Reglas para comentar en el foro

Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.

Se prohíben mensajes que contengan:

  • Ataques personales, insultos, acusaciones o faltas de respeto
  • Mensajes incoherentes, sin objeto alguno o comerciales
  • Mensajes con spam, lenguaje sms o escrito todo en mayúsculas
  • Mensajes con contenido racista, sexista, o cualquiera que discrimine
  • Mensajes de contenido pornográfico
  • Piratería, o mensajes que permitan el uso ilícito de material con derechos de autor

Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.


Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.

35 comentarios:

  1. Mercedes Tobar: (2010-12-29 05:13:49 horas)
    Lástima Carlos que te perdiste el tiempo en buscarlo y entrevistarlo. Qué quiere? causar lástima? sólo con relacionarle con el 'Mayor' asesino-déspota que ha nacido en El Salvador y seguirle su juego, ya no merece ningún respeto. Que vive en la pobreza? pues quizá él sí se lo merece, no la gente que ahora vive a su alrededor. Ahora va a venir a decir que él no escribió en su agenda, que fue el otro. Lo cierto es que él escribió su vida y ahora recibe solo un poquito de lo que se merece, porque ya luego volverán a verse la cara con su 'mayor' ya se sabe dónde. Que falta de respeto con todos los lectores, al ofrecerles una historia que quiere dar lástima... Y qué pasa con todos los asesinados por los escuadrones de la muerte, quién tuvo lástima de ellos? Vaya gringo Saravia, felicidades por el destino que has cosechado. Mercedes
  2. Juan Quiyuch: (2010-06-16 20:21:26 horas)
    Se logra evidenciar que las personas entrevistadas y que supuestamente dierón su testimonio no quiere revelar los nombres de las personas que participarón en tan horrendo crimén, como siempre, como lo saben hacer muy bien es levantar una cortina de humo, ya que estan entrenados para eso.
  3. Alan Cosillo: (2010-06-06 20:47:31 horas)
    Este estilo novelado, al estilo de la peor pulp fiction es difícil de leer. Aguanté cuartilla y media, lástima que no tengan un mejor estilo para escribir esto.
  4. Marvin: (2010-06-06 10:33:26 horas)
    mas que el articulo los comentarios son interesantes, felicito a la mayoria porque son gente pensante. Ya no nos engañan con el cuento de los comunistas, aqui el punto es que los ejercitos de latinoamerica de la mano de la oligarquia y EEUU ASESINARON a miles. La URNG no era una institucion formal como el ejercito, la URNG era la propia poblacion civil cansada de la pobreza, la explotacion, la miseria. Ya no nos engañan, no porque seamos comunistas, que seria lo mejor, sino porque estamos aprendiendo a pensar los guatemaltecos.
  5. julio obregon: (2010-06-04 11:15:44 horas)
    Si los pollitos pian y piden -los ricos dicen que quieren todo gratis- Si los pollitos gritan -son rebeldes. Si los pollitos estudian y salen intelegentes -son comunistas. Si los pollitos -agarran las armas -son guerrilleros. Ahora los ricos ya tienen sus pequeños ejercitos de mas de 2,000 hombres ¡Esque el ejército ya no mucho les hace caso!. y los chafas de rango y hambrientos quieren el poder (el pisto), siendo presidentes. ¡HAY PATRIA! Ya me canse de llevar tus lagrimas conmigo.
  6. mauricio menjivar: (2010-06-02 09:35:09 horas)
    No vivia yo en El Salvador cuando mataron a Mons Romero y nunca habia leido algo con el detalle de este articulo. Lo felicito y agradezco que finalmente me siento informado...
  7. Valeria Alvarez: (2010-06-01 20:55:02 horas)
    Es una pena e ignorancia la que demuestran a estas alturas muchos que opinan aquí. Todavía quieren seguir tapando el sol con un dedo. Quieren por fuerza que no creamos lo que “supuestamente” los diarios, libros, testigos, e investigaciones nos dicen sobre nuestras propias guerras en Latinoamérica. No sigamos siendo ignorantes, pues el querer esconder la verdad simplemente nos hace mas ignorantes, o mejor dicho, deshonestos. Muchos guatemaltecos y latinoamericanos ya hemos despertado y gracias a Dios sabemos leer para que no nos sigan engañando los mismos de siempre. Es que no es que seamos comunistas, izquierdosos, o rojos, sino gente educada que sabe como analizar, entender, y aceptar que ha habido muchas guerras en Latinoamérica donde muchos chafas fueron usados por la oligarquía, o por los intereses de unos pocos. Sí, así como lo digo, fueron usados, porque al final han terminado como el entrevistado aquí por el señor Carlos Dada. Entonces, despierten chafas que ante la justicia Divina nadie se esconde, y al final terminaran mal, no porque nosotros los que queremos justicia lo queramos sino porque así es la ley de la vida. ¡NO HAY MAY QUE DURE 100 AÑOS NI CUERPO QUE LO RESISTA! Ustedes chafas ya no tienen de otra que decir la verdad, o ¿qué pasa que todavía su rey Rios Mont los tiene bajo su poder? ¿Todavía Rios Mont es su cerebro? ¡QUE VERGÜENZA! ¡Ustedes nunca han podido pensar por ustedes mismos! ¡QUE LACRA!
  8. César Fuente: (2010-06-01 00:01:00 horas)
    Medias verdades. Detenidamente leo una descripción subjetiva y cuentera para condenar con la opinión de los que opínan no con inteligencia sino por aprovechar ideológicamente el caso en mensión. Blogueros que opinan, ¡leyeron bien, analizaron! Nunca leeremos algo, a no ser para reforzar las mentiras contadas por los de las "comisiones de la verdad", escritas por comunistas o sus achichincles. Cuando habrá algo real del caso ejemplar del plan "Subida" en la embajada de España lideradas y perpetuadas por terroristras de URNG y apoyadas por curas en Cotzal, Quiché o la muerte de Isidoro Zarco o de las masacres del Aguacate, Chacalté, Uspantan, etc, etc, o de el éxodo forzoso hacia Méxido que propiaciaron los curas de la teología de la revolución donde murieron o mataron a los que se opusieron, eso es historia real, no cuentos sacados de la manga, lo que pasa es que cuando se tiene lavado el cerebro y se ha vivido de la división del país, entonces se aprovechan estos casos, que realmente nunca fueron bien investigados y solo cuentan los cuentos y novelas bien escritos. Quieren ser marxistas o similares, pero no se animan a ir a Cuba porque seguro ni allí los querran, porque son chambones. Pero no es que apoye asesinatos, lo que no apoyo son historietas de lobos con piel de obeja y para exculpar a los que asesinaron en nombre del oprobioso marxismo.
  9. Salvador del Cid: (2010-05-31 16:56:56 horas)
    Dos ejecuciones a mansalva y una de ellas (+AFM) a escasos metros de la antigua Escuela Politécnica, siendo la otra (+MCA) directamente supervisada y dirigida por el jefe del Estado Mayor del Ejército general David Cancinos, ejecutadas con conocimiento absoluto del poder ejecutivo (General de división: Fernando Romeo Lucas Garcia) incluido el tristemente glorioso ejército de Guatemala, y el Poder Económico que fueron los verdaderos directores de la política gubernamental. ___________________________________ """EL ASESINATO A MANSALVA DE ALBERTO FUENTES MOHR: El 25 de enero de 1979, hacia la una y media de la tarde, después de haber participado en una sesión ordinaria del Congreso, Alberto Fuentes Mohr se dirigía en su automóvil hacia la casa del vicepresidente de la República, Francisco Villagrán Kramer, ubicada en la zona 14 de la capital, donde sostendrían una reunión junto al secretario adjunto de la OEA, licenciado Jorge Luis Zelaya Coronado. Se trataba de una reunión rutinaria con un representante del Gobierno, para discutir sobre el contexto político en general. "Era para discutir algunas de las actividades vinculadas con la visita previa de Alberto a Washington, donde él había tenido una serie de reuniones, precisamente advirtiendo sobre la polarización que se estaba dando en Guatemala". El vehículo conducido por Fuentes Mohr avanzaba sobre la avenida La Reforma en dirección norte-sur cuando, al llegar a la intersección de esa avenida con la 1a. calle, a pocos metros de la antigua Escuela Politécnica, fue interceptado. Desde un vehículo y dos motocicletas se abrió fuego cruzado y cerrado. La víctima cayó acribillada. La necropsia reportó un total de veintitrés impactos de bala en su cuerpo, correspondientes a armas de fuego de munición calibre 45. Fuentes periodísticas, sobre la base de testimonios recibidos in situ, aseguraron que el ataque tardó treinta segundos y que, después, los autores se dieron a la fuga tomando distintas direcciones a bordo de los vehículos que tripulaban. Junto al vehículo conducido por Fuentes Mohr, circulaba un automóvil marca Toyota tripulado por Ana María Méndez de Rodríguez, quien también fue alcanzada por dos impactos de bala y resultó herida en el cuello. El Organismo Judicial ordenó instruir la correspondiente investigación sumaria de los hechos. Sin embargo, ésta concluyó sólo trece días después, sin resultado alguno. Igual que en otros casos similares, la última diligencia efectuada en el proceso consistió en la devolución del vehículo en que se movilizaba la víctima.7 No constan más diligencias y el expediente fue archivado. Existen dos partes policiales: uno procedía del Tercer Cuerpo de la Policía Nacional y otro de la Sección de Detectives de la misma Policía, los cuales no sólo no guardan armonía entre sí, sino que son claramente contradictorios, resaltando una evidente ligereza en el registro de la información. EL ASESINATO A MANSALVA DE MANUEL COLOM ARGUETA: El 22 de marzo de 1979, desde temprano, fueron vistos agentes de seguridad en los lugares que Colom Argueta frecuentaba y en las cercanías de su bufete profesional. La víctima salió de su oficina, ubicada a poca distancia de la embajada de Estados Unidos, en la 6¦ calle, 7-55 de la zona 9, con rumbo a la Universidad de San Carlos. Conducía su vehículo marca Toyota color rojo y era escoltado por un Mercedes Benz color azul, en el que viajaban sus dos guardaespaldas, Héctor Barillas Zelada e Hilario Hernández Quiñonez. Aproximadamente a las once de la mañana el automóvil Mercedes Benz fue atacado por los ocupantes de otro vehículo de color verde y blanco, quienes comenzaron a disparar. Posteriormente, se agregó otro automóvil color negro; los dos eran de fabricación americana. Los guardaespaldas de Colom Argueta fueron alcanzados por una decena de proyectiles cada uno. Todos los disparos fueron dirigidos hacia la cabeza. En los informes forenses se concluye que la muerte de ambos fue ocasionada por las "heridas penetrantes en el cráneo producidas por arma de fuego".16 A consecuencia del ataque, el vehículo Mercedes Benz tripulado por los escoltas se estrelló contra una casa. Eliminados los guardaespaldas, un automóvil de color rojo y dos motocicletas comenzaron la persecución de Colom Argueta, quien intentó huir del lugar donde se había producido el tiroteo, para ser interceptado a la altura de la 3¦ avenida y 5¦ calle de la zona 9, donde fue ametrallado. Informaciones vertidas por testigos presenciales y recogidas por familiares de la víctima, señalaron que desde el vehículo de color rojo fueron disparadas varias ráfagas sobre el lado derecho del automóvil, mientras que, por el lado izquierdo, Colom fue atacado por los ocupantes de una de las motocicletas, de la cual descendió un sujeto joven y corpulento portando una subametralladora, quien remató a la víctima. Ejecutada la acción, los autores huyeron rápidamente por las calles próximas, en los mismos vehículos utilizados en el ataque. Manuel Colom recibió el impacto de 24 proyectiles calibre 45 milímetros. La mayor parte de las heridas de bala se concentró en el cráneo, la cara y el tórax.""" ___________________________________ A MANERA DE EPITAFIO PARA ESTOS DOS GRANDES, AUTENTICOS Y GENUINOS LIDERES ASESINADOS A MANSALVA: Ahora estos dos Angeles guardianes, nos acompañan desde el más allá para que porfín logremos desarrollarnos social, económica y políticamente los casi 14 millones de guatemaltecas y guatemaltecos; LOOR A ALBERTO Y MEME. Y que un día de estos muestren osadía sus sicarios, tal como lo a hecho este ex-militar salvadoreño, con fechas, nombres, claro y pelado.
  10. Brenda Morales: (2010-05-31 15:00:18 horas)
    Excelente relato, no cabe duda que en la fotos este señor Saravia si ha cambiado mucho y esta viviendo en carne propia la paga del pecado y si algo es cierto es que "LA JUSTICIA DIVINA SIEMPRE LLEGA" como dice el dicho, "Dios tarda per no olvida". Ojala aca en Guatemala se investigue mas a los asesinos de Monseñor Gerardi y se llegue a dar con ellos, podran escapar de la justicia del hombre pero no de la divina... y mas cuando son estos martires quienes dieron su vida por su pueblo asi como Jesus las dio por nosotros.
  11. Salvador del Cid: (2010-05-31 13:43:21 horas)
    Desafortunadamente, en elPeriodico no publican los comentarios que aporto para criticar algo mas que conocido por la población guatemalteca, al respecto de una institución legalmente constituida como lo es el ejercito de Guatemala, que nunca debió cometer los excesos, bajo ninguna excusa porque supuestamente debió actuar dentro de la legalidad que ostentó, ostenta y ostentará, por ser una institución legalmente constituida y que sus limites estan claramente establecidos, así es que pudieramos pensar que en elPeriodico sesgan ciertos comentarios del público que los lee a los del elPeriodico, y solo ellos saben el motivo de sesgar ciertos comentarios que estan dentro de los limites que dictan sus propias reglas para comentar en el foro. Que según entiendo y atiendo, el foro es una reunión para discutir asuntos de interés actual ante un auditorio que a veces interviene en la discusión. Así pues, ojalá publicaran mis anteriores comentarios que hice el dia de ayer domingo 30 de Mayo de 2010.
  12. correo no contestar: (2010-05-31 11:29:22 horas)
    Sólo la verdad interesa, esa cruda verdad, los hombres desde el principio del mundo esconden la verdad y buscan el poder, pero al final, hay hombres que al morir dejan bierta la puerta a una sociedad tan distinta la cultura de solidaridad. Loor a Mon. Romero.
  13. edelmira ponciano: (2010-05-31 09:35:04 horas)
    Que lastima que el autor no revela con quien venian a reunirse los Dabouzooooon y CIA aqui en Izabal, eso daria luces al caso de los muertos del parlacen y tendriamos elementos para unir a las mafias que estan detras de las muertes de los chontes que mataron en el boqueron.
  14. edelmira ponciano: (2010-05-31 09:33:59 horas)
    Que lastima que el autor no revela con quien venian a reunirse los Dabouzooooon y CIA aqui en Izabal, eso daria luces al caso de los muertos del parlacen y tendriamos elementos para unir a las mafias que estan detras de las muertes de los chontes que mataron en el boqueron.
  15. Jeffrey Landis: (2010-05-31 02:08:50 horas)
    Senor Daniel Cifuentes: Eso es cierto, que la guerrilla cometio algunos casos de violaciones de derechos humanos. Pero no se puede disminuar el nivel de maldad del Ejercito durante la guerra, sencillamente a traves de decir que tambien la guerrilla hizo lo mismo. En primer lugar, eran tan pocos estos casos de la guerrilla, que es imposible para tratar de comparar lo que cometio la guerrilla con lo que cometio el Ejercito de Guatemala. No hay NADA similar entre los magnitudes de los niveles de violaciones de derechos humanos de los dos lados. El ejercito cometio mas que 95% de los casos de violaciones de derechos humanos. En segundo lugar, habian algunos guerrilleros quienes si, dieron sus reconocimientos de sus fechorias. Como dije, ni un oficial Guatemalteco ha hecho eso, nunca. Es muy dificil para hacer comparasiones entre los dos lados con esa verdad. Finalmente, en tercer lugar y aun mas importante, NUNCA fue la politica oficial y general del URNG para crear terror en los civiles a traves torturas, masacres y cadaveres, para lograr sus objetivos politicos militares. Pero si, terror del estado fue la politica oficial y general de los gobiernos Guatemaltecos - y entonces del Ejercito - durante los 1970s y 1980s. Esa politica esta escrito en documentos personales y oficiales. Mas que 250,000 civiles murieron por eso. Entonces Sr. Cifuentes, es cierto hay que mencionar que tambien la guerrilla cometio sus errores y hay que lograr justica donde se necesita. Pero para insinuar que la guerrilla y el Ejercito tienen la MISMA culpabilidad, y entonces representan la MISMA nivel de maldad, es historicamente muy equivocado y demuestra un gran falta de investigacion de los testimonios y de los archivos y estudios internacionales y nacionales sobre este asunto. Tu analisis y sus concluciones pueden ser muy peligrosos. Gracias, Jeffrey Landis
  16. Manuerl Aler: (2010-05-31 00:04:22 horas)
    Interesante testimonio de uno de los miles de sicarios que sirvieron a los due;os de las finconas cventroamericanas, de los que les cuidaron las porpiedades y mataban por deporte y por aburrimiento mientras sus amos chupaban y snifeaban en Miami o Houston. Mas claro, ni el agua ozonizada. Pero por ah'i siempre surge una voz llamando a la teoria de "Los dos demonios", quieriendo diluir culpas, tras una aparente "neutralidad" o "imparcialidad. Al pan, pan y al vino, vino. Aqu'i se trata de una entrevista con uno de los asesinos de Mons. Romero, quien revela nombres y lugares; no es un juicio o un debate. Es solo el trestimonio de un chafarote arrepentido que cuando vio las condiciones en que vive mucha gente en A.L., le dio la razon a la gente que tomo las armas para tratar de cambiar la injusticia que sigue siendo la nana de la desigualdada en nuestros paises.
  17. José Victor Ortiz: (2010-05-30 22:50:41 horas)
    Desgraciadamente todos los que participan en este tipo de crímenes,hablan hasta cuando se sienten solo y ya varios de sus compañeros han muerto por u otra razón, sabiendo que antes se creía que eran buenos ejemplos ante la sociedad, recuerden que hoy mismo siguen existiendo ese mismo fenómeno en nuestro paises, ya que los meros matones son del mismo gobierno, (narcotráfico, asesinatos, etc, en unos años mas hablará alguien mas algo similar. RECUERDEN.
  18. Roberto Mendez: (2010-05-30 22:13:12 horas)
    Que tristeza que en latinoamerica estos imbeciles hicieron desgracia los paises dejandolos sin gente pensante solo por pensar que eran comunistas, y aun existen muchos imbeciles columnistas de muchos medios escritos nacionales, otros con programas de radio y de television que apoyan sin sentido estas atrocidades y que es posible que en un futuro lleguen al poder, y ojala los guatemaltecos pensantes no lo dejemos, sobre todo con aquellos que quieren dar la apariencia de querer lo mejor para el pais, duele que en Guatemala en la supuesta era democratica solo gobiernos incompetentes han existido.
  19. Manuel Reyes: (2010-05-30 21:36:40 horas)
    Y que con esto.. acaso tenemos vela los chapines en este entierro... porque no se preocupa El PERIODICO de investigar toda la corrupción que hay en nuestra tierra, acá tenemos otro demonio llamado REY arzu, y a este quien lo investiga, hasya cuando le llegará perder su trono... ACA tenemos peores o no ???
  20. Ismael Cerna: (2010-05-30 21:02:44 horas)
    Lo leí todo. Excelente. Jajaja!! Los militarcitos: todo por dinero solamente. Se están pudriendo en vida y en el INFIERNO se los cobrarán con intereses. Vida más perra, jajajajaja .....
  21. Daniel Cifuentes: (2010-05-30 20:29:21 horas)
    Por cierto señor Landis, que comodo es para usted obviar las barbaridades de la guerrilla. En el caso del ejercito tiene usted razon, yo mismo le apoyo, pero aqui la cosa es señalar a todos los culpables, no solamente a un lado (lease hay que ser imparcial).
  22. Daniel Cifuentes: (2010-05-30 20:26:02 horas)
    Me parece una descripcion bastante realista, de acciones ocurridas a lo largo y ancho de este continente. Por cierto, quiero que a todos los que escribimos opinion en esta edicion digital, no se nos olvide que AMBAS partes cometieron atrocidades. Nadie, pero absolutamente nadie es del todo responsable. La responsabilidad fue tanto de los elementos subversivos y de izquierda, como de los derechistas y pro gobierno o pro usa. Al final de cuentas, los grandes perdedores fuimos nosotros,los ciudadanos, por que inocentes, los mas capaces o simplemente los que estaban en el tiempo y lugar equivocados,murieron, y lo peor todo, murieron por ideologias foraneas, por gente venal que lo unico que querian era poder y al llegar a el simplemente no cambiaron nada (me refiero a los guerrilleros y a los contras, ambas caras de la moneda)
  23. Byron Lopez: (2010-05-30 19:14:41 horas)
    Me llama la atencion que el fundador del ultraderechista y ultraconservador partido ARENA de El Salvador, haya sido el mayor Roberto Dabuison el asesino intelectual de Monseñor Romero. pero mas preocupantes aun son los lazos comunicantes y que ademas sean financistas del Partido Patriota de Guatemala y del chafarote mano dura su maximo lider.... No cabe duda que asesinos y sicarios impunes se unen en America Central y los que critiquen este articulo seguramente tambien son sicarios del narcotrafico y del a oligarquia oportunista. Porque no puede ser que un asesino quede despues impunemente formando partidos politicos,esto es lo que ha pasado en El Salvador y en Guatemala???? Bien gracias y uste???
  24. Jose Calderon: (2010-05-30 15:50:53 horas)
    Excelente reportaje. Esclarecedor y con el valor agregado de desnudar una realidad que va más allá del asesinato de Monseñor.
  25. Rigoberto Lopez : (2010-05-30 15:46:33 horas)
    Seguramente ese cuate está mas loco que una cabra, y recurre a lo único que le da de comer: hablar babosadas.. Ojalá ahora aparezca un guerrillero y cuente las verdades de ese lado...
  26. Jeffrey Landis: (2010-05-30 15:09:07 horas)
    Yo he trabajado en asuntos de derechos humanos en Guatemala durante los 1980s y 1990s, sacando entrevistas de testigos de las violaciones de derechos humanos. Que bueno que haya por los menos un oficial, un soldado de El Salvador que habla la verdad sobre las fechorias que cometio el ejercito contra la poblacion civil. Que verguenza que en Guatemala, un pais donde el ejercito asesino muchas, pero muchas mas civiles, ni hay un soldado, un oficial que tiene el valor, la etica, el coraje para pararse y reconocer las fechorias - masacres, asesinatos, secuestros, violaciones - que cometio el ejercito contra los indefensos. Que falta de etica y morales en los rangos del ejercito Guatemalteco, pues NADIE de ellos han reconocidos sus errores publicamente como Capitan Saravia. Pues, despues de pensar, no me sorprende - que mas esperamos de una institucion gobernamental que sufre un enorme falta SIN FIN de principios basicos de humanidad....... Jeffrey Landis
  27. anibal perez: (2010-05-30 14:03:55 horas)
    Delirante y truculento relato que trae a la luz pública el horrendo, sucio y tenso mundo de los criminales con uniforme!. Vivir embriagados, drogados, entre reyertas y negaciones atroces de sí mismos, de la sociedad, de las ideas; vivir hundidos en los instintos bestiales de sobrevivencia y negación perpetua del derecho de los otros es vivir en puririto infierno que se hace palpable con el paso de los años. Este capitancito, ni modo, nulo para pensar, nulo para sentir, se deshace en una cínica y tardía expiación de "errores" via esta catarsis espantosa que nos trae, sin tregua, remembranzas del bajísimo y oscuro mundo de los milicos reaccionarios y matones que "tuvimos" escamoteándonos el derecho a la vida!. De veras, para cerrar mi comentario, delirante relato que nunca dejó de pararme los pelos de la espalda!.
  28. Osman Menfil Mérida: (2010-05-30 13:47:55 horas)
    A ver cuándo los sicarios Lima Oliva y Lima Estrada publican su crónica de cómo fecundar las conciencias con la sangre viva de los mártires del pueblo. ¡Viva Monseñor Gerardi!
  29. Dennis Recinos: (2010-05-30 12:31:10 horas)
    Pero en Guatemala anda tranquilitos e impunes y otros se dan el lujo de escribir en los periódicos, que participaron en asesinatos y masacres tan sonados y cobardes como el asesinato de Colom Argueta
  30. arturo lopez: (2010-05-30 12:30:20 horas)
    bueno el periodista esconde a un criminal buscado por violar derechos humanos. como se llama eso obstruccion, oencubrimiento o que?falta la segunda parte ????? ni modo .......dos cosas; primero; si lA menchu,(dra honoris causa) gano el nobel de la paz CON SU "ASI ME NACIO LA CONCIENCIA" dando su Testimonio de ex fascinerosa, de izquierda y escrita por una gringa, porque no este y su escritor????? de derecha si lo que quiere es plata. segundo. la existencia, la vida , es un circulo, vicioso....."UN GALLINERO". Hoy eStamos encima y luego abajo pero manana otra vez subiremos o nos quedamos en medio. Si no miremos ahorita los exterroristas. asesinos, criminales, extrosionadores, secuestradores, saboteadores de hace cuarenta y tantos años, etc etc, hoy amnistiados por decreto, unilateralmente;hoy por hoy nos gobiernan.electos popularmente. antes peleaban por la miseria por la pobreza, por las humillaciones, etc. mismas que hoy alimentan desde el poder con la desmedida y avorazada corrupcion producto de la espera de mas de cuarenta anos para la toma del poder. Hoy por hoy se dan cuenta estos ex terroristas secuestradores, extorsinadores y asesinos, amen de saboteadores, "amnistiados", que Los gobiernos corruptos y obscurantistas que combatieron tenian la razon ....razon que hoy imitan con creces, ya que "LA OPOTUNIDAD LLEGA UN DIA Y HAY QUE APROVECHARLA PORQUE NO REGRESA" a la prueba me remito, el tamano del presupuesto, y la miseria sigue campeando como cuando estuvieron alzados, en armas o peor aun ;.....y hoy tiene la oportunidad de realizar sus fantasias de jovenes , pero se dan cuenta que de adultos las cosas se miran desde otro cristal y decidieron al igual que los del pasado llenar sus bolsas primero y hacer que sus familias progresen. o en su defecto hacer fondos para una campana que les permita eternizarse en el poder; inclusive ya el preisdente hablo de reformar la constitucion para hecerse efectivas en el otro gobierno que suponen seran los mismos ellos, en una burda imitacion estilo bolivia, venezuela ecuador y nicaragua. y demas adminiculos SATELITES DE CHAVEZ. este ingrato nuestro gobierno es mas corrupto y ha "MANEJADO mas recursos que los gobiernos de los generales mas no de los militares. amen de los gobiernos de civiles desde el 85 para aca con quienes se dan a tacos peleandose el puesto de mas nefasto. el gobierno de lo licenciados ( cerezo), el gobierno de los ingenieros (serrano)el de los derechos humanos( deleon carpio) de los bachilleres( arzu), el de los licenciados asesinos (portillo quien es el unico preso por chingar a los ricos de la cerveza, de los fertilizantes, azucareros etc y a los gringos al no aprobarle sus leyes de proteccion de sus intereses y que el empleado menos, mandadero de esa epoca mc farland llevaba por encargo de su jefa), el gobierno de los empresarios con los comunistas (berger y stein, companeros de colegio, y que nos lego al egocentico y arrogante hijo de la madre...... patria superman castresana) y este de maquileros con terroristas. al final la misma..... cuanto tardara el circulo en dar vueltas otra vez....?????? lastima mi pais graciasa dios no lo veran mis ojos.
  31. Mario Paredes: (2010-05-30 12:28:59 horas)
    El cabeza pensante murio con la lengua podrida de cancer y años mas tarde le asesinan a un hijo. Este peon de la muerte vive solo, abandonado hasta por su familia, perseguido y trabajando como mulo siendo un viejo. Ironias verdad?
  32. Mario Morales: (2010-05-30 11:03:34 horas)
    Esta frase es casi dueña de todos los conflictos en america "He aprendido a vivir con lo que tengo. He vivido con la gente que realmente sufre. Pero sufre una calamidad espantosa. ¡La peor desgracia del mundo! ¡La pobreza! ¿Cómo no iba a ser guerrillero el hombre si estaba viendo que sus hijos se estaban muriendo de hambre? Y cuando iban a cagar cagaban lombrices. Yo agarro mi fusil y me voy a la verga. No lo espero dos veces. Ni tres. Ni necesitan convencerme mucho."
  33. Mario Morales: (2010-05-30 10:49:58 horas)
    Esta frase es casi dueña de todos los conflictos en america "He aprendido a vivir con lo que tengo. He vivido con la gente que realmente sufre. Pero sufre una calamidad espantosa. ¡La peor desgracia del mundo! ¡La pobreza! ¿Cómo no iba a ser guerrillero el hombre si estaba viendo que sus hijos se estaban muriendo de hambre? Y cuando iban a cagar cagaban lombrices. Yo agarro mi fusil y me voy a la verga. No lo espero dos veces. Ni tres. Ni necesitan convencerme mucho."
  34. RODOLFO SANTIZO: (2010-05-30 09:12:44 horas)
    No cabe duda que la peor maldición de un criminal es el castigo de la conciencia, la intranquilidad y la falta de paz, no cabe duda que aquellos valientes "militares" tanto en el EL SALVADOR COMO AQUI EN GUATEMALA, ahora huyen como cobardes ante la sombra inexorable de la JUSTICIA Y DE LA VERDAD. AUN ASI AQUI ESCRIBIEN MUCHO FANS DE LOS ASESINOS MILITARES CONFESOS, QUE COMO QUEDA DEMOSTRADO jamás actuaron con apego al HONOR, AL VALOR Y LEALTAD que según ellos son sus principios éticos, debiera ser suficiente para cancelar una INSTITUCION MILITAR QUE SOLO HA SIDO CUNA DE MATONES Y LADRONES e invertir ese dinero en el AREA DE SALUD Y DE EDUCACION. CUANTOS CHAFAS GUATEMALTECOS ANDARAN HUYENDO O BUSCANDO REFUGIO EN EL LICOR O LAS DROGAS PARA CALMAR LA ANGUSTIA DE SABER QUE FUERON SOLAMENTE ASESINOS CON UNIFORME.
  35. sergio santos: (2010-05-30 02:39:53 horas)
    me da risa....los gatos la estàn pagando, los jefes escribiendo artìculos de opiniòn, siempre los pobres pagan los platos rotos....mas tarde continùo leyendo.
subirSUBIR
  • Contacto
  • Aviso Legal
  • Ayuda
  • Nuestra Redacción

ElPeriódico de Guatemala
15 avenida 24-51 zona 13, Guatemala, Guatemala PBX: (502) 2427-2300
Suscripciones: (502) 2427-2323 / 1-801-00-GUATE / suscripciones@elperiodico.com.gt

Marca Registrada © Aldea Global, S.A. (elPeriódico)

campsite