Nuevamente, las incontenibles y devastadoras fuerzas de la naturaleza se desataron en todo el territorio nacional, provocando lamentables pérdidas humanas y cuantiosos daños materiales.
Lluvias torrenciales y erupciones volcánicas tomaron por sorpresa a una población indefensa y extremadamente vulnerable, que ha reaccionado como ha podido ante los terribles sucesos.
Como siempre, los más perjudicados han resultado ser los que menos tienen, porque sus condiciones de vida son precarias y marginales. Los más pobres lo pierden todo cuando ocurren estas catástrofes naturales, porque están ubicados en zonas desprotegidas y muy propicias a la devastación.
La capacidad de reacción del Estado es siempre insuficiente, ya que jamás se cuenta con los recursos humanos y financieros necesarios, debido a que estos siempre son canalizados y utilizados para satisfacer otras necesidades. Luego, llega la tormenta, el terremoto, la erupción volcánica o el maremoto y la respuesta no es satisfactoria, adecuada ni pertinente.
Por supuesto, cuando se producen los desastres también es cuando la población toma conciencia de lo que no se invirtió en mejorar las condiciones de vida y del costo real de la corrupción y del derroche de recursos públicos.
Afortunadamente, las organizaciones voluntarias nacionales e internacionales siempre están atentas, preparadas y prestas para apoyar a quienes sufren y lo han perdido todo. Asimismo, la enorme capacidad de dar y de servir del guatemalteco se manifiesta de una u otra manera, para enfrentar el infortunio y ayudar al compatriota desvalido.
Al mal tiempo buena cara, dice el refrán. Es época, entonces, de amor, fraternidad y solidaridad. Nuestra Guatemala está herida pero no de muerte, porque estamos seguros que sus hijos sabrán enfrentar la adversidad con fe, esperanza y caridad, dejando de lado las diferencias y las facciones. Hoy debemos demostrar que lo que nos une es más fuerte de lo que nos divide y no escatimar ningún esfuerzo ni sacrificio en función de superar esta nueva prueba que nos pone el destino.
¡Que Dios nos bendiga en estos momentos de zozobra y desazón!
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