Es gracioso constatar cómo hay gente con una selectividad bastante miope respecto a la percepción de algunos hechos, fijándose tan sólo en la arenilla (ahora que está de moda) de la realidad y no en las piedras y rocas que nos tapan el camino.
El otro día hubo un par de lectores que se escandalizaron por la publicación en este diario de un reportaje sobre una Playboy guatemalteca que ha triunfado en México enseñando sus curvilíneas y nada sutiles inteligencias. Uno de ellos exige que ElPeriódico pida perdón a los lectores por tal agresión a la moral pública y otro afirma que “es imprevisible el efecto corruptor que fotografías tan indecentes puedan causar en los lectores, especialmente niños, adolescentes y jóvenes”.
Yo respeto la sensibilidad puritana de estos lectores, que tienen derecho a molestarse por esas publicaciones. Lo que me parece, sin embargo, una impostura y un rasgo más de nuestra internacionalmente conocida hipocresía, practicada y al mismo tiempo negada por el 87.6 por ciento de la población, es que hay otros aspectos de la realidad mucho más graves y perniciosos para los niños; pero a juzgar por la ausencia de cartas de protesta, no suscitan ningún escozor en la conciencia de nuestros talibanes de la moral.
A ver: ¿Se imaginan ustedes qué efecto corruptor imprevisible tendrá en la conciencia de los niños vivir toda una vida dentro de nuestra sociedad? Es decir, en medio de la violencia, la ignorancia, la mentira, las desigualdades, los discursos y la falta de horizontes? ¿Se lo imaginan?
Veámoslo de este modo: para un ciudadano pícaro y cobarde, ¿qué lo habrá deformado más? ¿Haber visto de niño a una chica en pelotas, o vivir en un país donde la corrupción es tan natural como el aire que se respira?
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